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viernes, 3 de abril de 2026

EL SANTO SEPULCRO: La tumba vacía de Jesucristo

Cuando se llega a Jerusalén en busca del santuario más importante de la Cristiandad, se esperaría encontrar un edificio claramente delimitado. Sin embargo, la iglesia del Santo Sepulcro aparece como una amalgama de estructuras adosadas, de aspecto caótico y oscuro, recorridas por innumerables peregrinos y visitantes de todo tipo. Sólo si se considera la larga y tormentosa historia de los cristianos en Jerusalén, puede comprenderse este monumento, producto de constantes construcciones y reconstrucciones, desde tiempos del Imperio Romano hasta la época contemporánea. Cada período ha dejado su huella en la arquitectura del edificio, al igual que en la organización de sus espacios rituales, repartidos al milímetro entre los diversos cristianismos que históricamente han confluido en Jerusalén: católicos, ortodoxos, armenios, coptos, sirios y etíopes, más dos familias musulmanas originarias de Jerusalén, la familia Nuseibeh - que custodia la llave de la puerta - y la familia Joudeh Al-Goudia, que es la encargada de abrir y cerrar la puerta diariamente desde hace ocho siglos, desde el 1187, de manera ininterrumpida. Alberga además la sede del patriarca ortodoxo griego de Jerusalén y es la catedral del Patriarcado latino de Jerusalén. El origen del Santo Sepulcro se remonta a principios del siglo IV, a los años de expansión de la Iglesia cristiana bajo el patrocinio del emperador Constantino. Aprovechando la celebración del concilio de Nicea en el año 325, Macario, el obispo de Jerusalén, pidió al emperador que ordenara exhumar la tumba de Jesús, la cual, según la tradición, se encontraba en un lugar extramuros de la antigua Jerusalén. Ello obligó a demoler dos templos romanos que se habían erigido justo encima: el de Júpiter Capitolino y, principalmente, el de Venus. Sin oposición alguna, y según el testimonio vivo de Eusebio de Cesarea, biógrafo de Constantino, se comenzó la tarea con precisión, determinación y máximo cuidado, ya que la solidez de las técnicas de construcción romanas complicaba mucho la tarea de desmontar un templo consolidado sobre el terreno por medio de un podio. Al poco tiempo se anunció la localización del ansiado sepulcro de Cristo, excavado en la roca debajo de la plataforma del antiguo templo de Venus. Casi al mismo tiempo se anunció el hallazgo del Gólgota, el montículo rocoso con forma de cráneo (de ahí su nombre hebraico, así como el latino: Calvario) en el que fue crucificado Jesucristo. Informado del hallazgo de la tumba, Constantino ordenó a Macario que erigiera en el mismo lugar, en el menor plazo posible y sin reparar en gastos, una espléndida iglesia, de forma que «todo lo que pueda haber de eximia belleza en cualesquiera urbes sea derrotado en parangón con esta construcción». La iglesia empezó a erigirse en el año 326 y fue dedicada el 17 de septiembre de 335, aunque las obras terminaron medio siglo más tarde. El complejo estaba compuesto por una serie de espacios que se extendían de este a oeste y configuraban una especie de vía procesional. La entrada al complejo se realizaba desde el antiguo cardo máximo, la avenida que articulaba la Jerusalén romana de norte a sur. Lo primero que se encontraba era un atrio, para cuya construcción se aprovechó parte del témenos o gran patio del templo de Venus construido en época
de Adriano. Representaba un primer espacio de meditación que permitía a los fieles dejar atrás el bullicio de las calles. A continuación, se pasaba a la basílica, edificio alargado característico de la arquitectura civil romana que los cristianos adoptaron para sus primeras grandes iglesias. Aunque esta basílica fue destruida en el siglo XI por los persas, se han hallado algunos restos que permiten imaginar cómo era originalmente. En efecto, tras un muro de la actual capilla de Santa Elena se han identificado otros muros de varias decenas de metros de longitud y casi tres de grosor que pueden atribuirse a una parte de la basílica constantiniana. Se ha averiguado que para la construcción de este edificio se utilizaron sillares provenientes del templo de Venus, que a su vez procedían del Segundo Templo tal como fue reconstruido por Herodes el Grande a finales del siglo I a.C. Debido a su gran calidad, estas piedras se emplearon para los muros subestructurales importantes, pero no para la cimentación menor. Se cree que las dimensiones de la basílica del Santo Sepulcro eran relativamente modestas: 46 metros de largo – apenas una tercera parte de la basílica de San Juan de Letrán en Roma, por ejemplo – y 38 de ancho. Los testimonios de la época, sin embargo, destacan su suntuosa decoración. Eusebio de Cesarea, que la visitó luego de su inauguración, comenta que «su interior estaba revestido de lajas de diferentes clases de mármol» y el techo estaba cubierto por un «artesonado con placas de cuarterones cabalmente acoplados que se extendían como un imponente piélago por toda la basílica [...] y como todo él estaba revestido de esplendente oro, hacía que el templo todo resplandeciese como con rayos de luz». Dos galerías laterales daban paso al tercer espacio que configuraba el complejo del Santo Sepulcro: el Jardín Sagrado. Llamado así porque evocaba el huerto en el que fue visto Jesús tras la Resurrección, formaba un cuadrado a cielo abierto de unos 28 metros de largo por 40 de ancho. Era allí donde se encontraba parte de la roca madre venerada como el Gólgota. La roca estaba modelada y decorada con piedras preciosas para acoger la cruz, cubierta con un ciborio (especie de baldaquino) para protegerla. Por último, se llegaba al edificio que daba sentido a todo el conjunto: la rotonda que cubría el lugar de la resurrección de Cristo, llamada por ello Rotonda de la Anastasis o de la Resurrección. También esta construcción fue destruida por los musulmanes, pero se conservaron los muros fundacionales, por lo que es posible conocer sus dimensiones y estructura. Se trataba de un elemento circular, según la tradición del mausoleo romano, de 36,50 metros de diámetro, al que se accedía a través de un pórtico columnado. El cilindro inferior se apoyaba sobre una base octogonal y el superior tenía ocho ventanas para aligerar el peso de la bóveda que cubría los espacios de enterramiento en su interior. En la cúspide había un óculo por el que penetraba la luz, igual que en el Panteón de Roma. Así, un testimonio del año 530 explicaba: «La tumba, que tiene la forma de un cono, está cubierta de plata y tiene un altar colocado delante de la tumba bajo los rayos dorados del sol». En el centro de la Rotonda, exactamente en el lugar donde se había encontrado la tumba de Cristo, se construyó un pequeño edificio de mármol, el llamado Edículo. Estaba compuesto de dos estancias: una antecámara de uso devocional y la cámara funeraria, sobre el lugar en que habría reposado el cuerpo de Cristo según la
tradición. En el año 614, los persas sasánidas se establecieron brevemente en Palestina y ocuparon Jerusalén. La iglesia del Santo Sepulcro fue saqueada e incendiada, aunque no totalmente destruida. El fuego consumió el contenido de la iglesia y sus partes de madera, incluido el techo, pero la estructura se mantuvo esencialmente intacta. A los pocos años, bajo el patriarca Modesto, se emprendió la restauración del conjunto, pero la gloria original no pudo recuperarse. En 628, las fuerzas del Imperio bizantino lograron expulsar a los persas y una vez más recuperaron el control del país, pero sólo brevemente, pues apenas diez años más tarde los árabes musulmanes ocupaban Tierra Santa. Bajo el dominio musulmán, los cristianos de Jerusalén disfrutaron de una relativa tolerancia religiosa, y el Santo Sepulcro siguió abierto al culto y a la multitud de peregrinos que llegaban de toda la Cristiandad. Todo cambió radicalmente en 1009, cuando el califa fatimí al-Hakim, como represalia contra ciertas actuaciones del emperador bizantino, ordenó destruir totalmente el Santo Sepulcro, «hasta que desaparezca todo rastro suyo y se arranquen hasta sus fundamentos». La orden se llevó a efecto: la basílica fue totalmente arrasada y de la Rotonda sólo resistió una parte de los muros fundacionales. La comunidad cristiana de Jerusalén no se resignó a la destrucción, y ya en 1012 emprendió una restauración a pequeña escala del monumento. A la muerte de al-Hakim, su sucesor llegó a un acuerdo con Bizancio por el que el gobierno de Constantinopla obtenía el derecho de reconstruir el Santo Sepulcro. Tras su acceso al trono en 1042, Constantino IX Monómaco asignó fondos imperiales para culminar el proyecto, que duró seis años. Las dimensiones del nuevo complejo se redujeron notablemente, ya que no se reconstruyó la antigua basílica. Monómaco debió limitarse a rehacer la Rotonda y su cúpula. En su recreación de la Rotonda, los ingenieros del emperador bizantino utilizaron piezas rescatadas de la iglesia en ruinas de Constantino el Grande, lo que se refleja, por ejemplo, en las columnas desproporcionadamente cortas y gruesas que se ven hoy en este espacio. En su lado este, Monómaco levantó un nuevo ábside mientas que en el crucero norte (el área de las capillas franciscanas actuales), el impresionante piso de mármol blanco y negro es una réplica exacta de un pavimento del siglo XI que fue colocado como parte de la restauración de Monómaco. El emperador reemplazó la mampostería del Edículo, ya que la base de la tumba había desaparecido. La siguiente gran transformación del Santo Sepulcro fue resultado de las Cruzadas. Cuando los cruzados liberaron Jerusalén bajo el mando de Godofredo de Bouillon, el 15 de julio de 1099, ejecutaron a numerosos residentes de la ciudad, musulmanes, judíos y cristianos orientales, muchos de los cuales se habían refugiado en la humilde iglesia del Santo Sepulcro. Los clérigos griegos, que habían sido los señores del Santo Sepulcro, se vieron ahora abruptamente desplazados por los religiosos católicos recién llegados. Los nuevos dueños de Jerusalén practicaron varias intervenciones arquitectónicas en el Santo Sepulcro. Así, crearon la capilla subterránea de Santa Elena, ligada con una tradición que se consolidó probablemente en esa misma época: la de que Elena, la madre del emperador Constantino, había hecho un viaje a Jerusalén en el que descubrió el Lignum Crucis, un fragmento de la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Y también erigieron un monasterio para los clérigos agustinos encargados del oficio diario de la iglesia en el rito occidental. En la Rotonda, los cruzados reemplazaron completamente el Edículo. Y alzaron un campanario junto a la fachada del transepto sur. Con todo, el cambio más significativo fue la construcción de una gran estructura de planta cruciforme, que reunía en su interior el antiguo tripórtico y la rotonda de la Anástasis. Los dos espacios quedaron comunicados mediante un gran arco que vino a reemplazar el ábside oriental de la Rotonda erigido por Constantino Monómaco. La nueva fachada con sus portales ahora se localizó en el sur; es el acceso que se utiliza hoy en día. La iglesia terminada es la expresión clásica de la arquitectura francesa medieval, interpretada por el arquitecto de los cruzados, el maestro Jourdain, ejecutada en un estilo que se ha llamado de «transición» entre el románico y el gótico, con un peculiar almohadillado que decoraba los arcos góticos de la fachada. Aunque la evidencia sugiere que la construcción aún no estaba terminada en ese momento, la dedicación oficial de la iglesia se llevó a cabo en la fecha simbólica del 15 de julio de 1149, a cincuenta años de la primera llegada de los cruzados a Jerusalén. Bajo los gobernantes musulmanes que siguieron al dominio cruzado – los ayubíes, los mamelucos y, desde 1517 hasta la primera guerra mundial, los turcos otomanos – la iglesia del Santo Sepulcro fue objeto de continuas reformas y restauraciones. En 1808, un incendio obligó a reconstruir gran parte de la estructura, y en 1927 un terremoto la amenazó de nuevo. Desde la década de 1960 se han desarrollado diversas campañas de restauración. La última data del 2016, y se ha centrado especialmente en el Edículo: los especialistas retiraron la cubierta de mármol que se colocó en el siglo XIX, han revisado la estructura de época de los cruzados y, finalmente, han reparado las grietas en la tumba excavada en la roca que se descubrió en época de Constantino. En efecto, luego de siete décadas sostenida por vigas de acero, la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA) declaró que la estructura del Edículo, visiblemente deteriorado, era inseguro. Se acordó su restauración, que se llevó a cabo entre mayo del 2016 y marzo del 2017.
Gran parte del proyecto, cuyo coste ascendió a 4 millones de dólares, fue financiado por el World Monuments Fund, además de 1,3 millones de dólares aportados por Mica Ertegün y 4 millones de dólares del rey Abdullah II de Jordania. Se confirmó la existencia de las paredes originales de piedra caliza de la cueva dentro del Edículo y se creó una ventana para poder verlas desde el interior. La presencia de humedad llevó al descubrimiento de un pozo subterráneo parecido a un túnel de escape excavado en la roca, que parecía conducir desde la tumba. Por primera vez desde al menos 1555, el 26 de octubre del 2016 se retiró el revestimiento de mármol que protege la tumba de Jesús. Inicialmente, solo se veía una capa de escombros. Al día siguiente se retiró y se descubrió una losa de mármol parcialmente rota con una cruz tallada al estilo de los cruzados. En la noche del 28 de octubre, se comprobó que el lecho funerario original de piedra caliza estaba intacto. La tumba fue sellada de nuevo al poco tiempo. El mortero de la parte superior del lecho funerario fue datado posteriormente a mediados del siglo IV. Bajo el statu quo, las iglesias ortodoxa oriental, católica romana y apostólica armenia tienen derechos sobre el interior de la tumba, y las tres comunidades celebran allí la Divina Liturgia/Santa Misa diariamente. También se utiliza para otras ceremonias en ocasiones especiales, como la ceremonia del Sábado Santo del Fuego Sagrado dirigida por el patriarca ortodoxo griego, con la participación de los patriarcas copto y armenio. En su parte trasera, en la Capilla Copta, construida con celosías de hierro, se encuentra el altar utilizado por los ortodoxos coptos.] Históricamente, los ortodoxos georgianos también conservaron la llave del edículo. A la derecha del sepulcro, en el borde noroeste de la rotonda, se encuentra la Capilla de la Aparición, reservada para uso católico romano. Aunque no se encuentra dentro del recinto de la Iglesia del Santo Sepulcro, directamente adyacente a ella se encuentra la Iglesia del Redentor, que marca la presencia luterana en el lugar. En estos días en lo que se celebra la Semana Santa, la Basílica se encuentra cerrada y sin peregrinos, por orden del régimen sionista que no permite que se celebre ceremonia alguna, por causa de la criminal guerra de agresión que realiza junto con EE.UU. contra Irán. “No hay turistas ni peregrinos, es una ciudad muerta, por lo que no hay nada que festejar. Esperamos que la guerra acabe y vengan días felices” declaro el sacerdote polaco Jakub Bogacki, quien se encuentra atrapado en la zona de conflicto. "Hay que vivir siempre con esperanza y preparado porque como dijo nuestro Señor, no sabemos cuándo nos llega el día y la hora", puntualizó.

viernes, 2 de enero de 2026

ARTABÁN: El cuarto Rey Mago

Cuando se acercan estas fechas cercanas a la Epifanía (también conocido como el Día de Reyes), no son pocas las historias y leyendas que podemos encontrar, señalando que los Reyes Magos que llegaron a Belén para adorar al Niño Jesús podrían haber sido más de los que marca la tradición, si alguno hubiera llegado tiempo al punto de reunión fijado hace más de 2.000 años para seguir la Estrella que marcaba el camino a seguir. Así que, ante la cercanía de la noche más esperada del año, permítannos la licencia de poder recordar a uno de ellos. Concretamente, a Artabán, a quien se le considera como el cuarto Rey Mago, un astrólogo que se perdió por el camino y estuvo toda su vida tras los pasos del Mesías. Cierto es que el Evangelio de San Mateo no lo nombra y que su historia es relativamente reciente - concretamente el cuento The Other Wise Man (El otro Rey Mago) de Henry Van Dyke en 1986 -, pero la tradición, el paso del tiempo y el cariño que siempre adquieren las leyendas, ha situado a este astrónomo junto a Melchor, Gaspar y Baltasar como uno de ellos. La historia es la siguiente: Los cuatro Reyes Magos habían hecho planes para reunirse en Borsippa, una ciudad antigua de Mesopotamia (actual Birs Nimrud, Irak), desde donde iniciarían el viaje. Pero según cuenta la leyenda, Artabán, que viajaba con su cargamento de piedras preciosas - entre ellas un diamante protector de la isla de Méroe, un pedazo de jaspe de Chipre, y un fulgurante rubí de las Sirtes como triple ofrenda - encontró por el camino a un anciano enfermo, cansado y sin dinero, y se vio envuelto en un dilema: ayudar a este hombre o continuar su camino de quedarse con el anciano. Si lo ayudaba, seguro que perdería el tiempo que necesitaba para llegar a Borsippa y los otros reyes lo abandonarían siguiendo su camino, pero obedeciendo a su noble corazón, decidió ayudar a aquel anciano decidido a cumplir su misión. Emprendió su camino sin descansar hasta Belén, aún a sabiendas de que los otros reyes habían iniciado ya la marcha, cargados con el oro, el incienso y la mirra que ofrecerían al recién nacido. Pero cuál fue su sorpresa, que, al llegar al pesebre, el niño ya había nacido y sus padres, José y María, habían huido rumbo a Egipto, escapando así de la matanza que había ordenado el infame rey Herodes. Ni corto, ni perezoso, Artabán emprendió su viaje siguiendo los pasos del Niño. Pero por donde él pasaba, la gente le pedía auxilio, y él, atendiendo siempre a su noble corazón, les ayudaba sin detenerse a pensar que el cargamento de piedras preciosas que portaba poco a poco se reducía sin remedio. Y así fue pasando el tiempo, hasta que, pasado 33 años, viejo, casi ciego y cerca de la muerte, llegó al monte Gólgota para ver la crucifixión de un hombre que decían era el Mesías, enviado por Dios para salvar al mundo, sólo con un rubí en su bolsa y dispuesto a entregar la joya pese a cualquier cosa. Justo en el momento que se encontraba frente a él, se apareció una mujer que era llevada a la plaza para venderla como esclava y pagar la deuda de su padre. Artabán, en vez de entregar la piedra a Jesús, entregó esa piedra preciosa a cambio de la libertad de esa joven que iba a ser esclavizada. Triste y desconsolado, se sentó junto al pórtico de una vieja casa y en ese momento la tierra tembló y una piedra golpeó su cabeza, dejándole moribundo con sus últimas fuerzas. El cuarto Rey Mago imploró perdón por no haber cumplido su misión de adorar al Mesías y, en ese momento, la voz de Jesús se escuchó con fuerza: “Tuve hambre y me distes de comer; tuve sed y me distes de beber; estuve desnudo y me vestiste; estuve enfermo y me curaste; me hicieron prisionero y me liberaste”. Artabán, agotado, preguntó cuándo hizo esas cosas y justo en el momento en que expiraba, la voz de Jesús le dijo: “Todo lo que hiciste por los demás, lo has hecho por mí; por eso hoy estarás conmigo en el Reino de los Cielos”. Y así, Artabán murió en los brazos de Dios. Por ese motivo, y para no desfallecer nunca en la tarea de seguir los pasos de Jesús, ayudando a todo aquel que necesitaba su auxilio por su particular estación de penitencia, las historias y leyendas de la Noche de la Reyes, hacen que Artabán cada vez tenga más seguidores en el Reino de la Ilusión.

viernes, 19 de diciembre de 2025

OSCUROS ORÍGENES DE UNA FESTIVIDAD: ¿Por qué pasaron más de 300 años para celebrar la primera Navidad?

Como sabéis, millones de cristianos celebran este 25 de diciembre la Navidad, pero lo cierto es que en la Biblia -y específicamente los Evangelios, que es donde se narran episodios de su vida - no hay mención a una fecha específica de su nacimiento. De hecho, las primeras comunidades cristianas ni siquiera celebraban el nacimiento de Jesús. Para rastrear las menciones a esta festividad hay que remontarse recién al siglo IV después de Cristo (del año 300 al 400). Los historiadores tienen información certera de que, por entonces, la época en la que el Imperio romano se estaba convirtiendo a la religión cristiana oficialmente, tanto aquellos que creían en Jesús como los paganos - quienes adoraban múltiples dioses - tenían celebraciones en un mismo día: el 25 de diciembre. En esa época los cristianos empiezan a discutir sobre el origen y la humanidad de Jesús, y entonces empieza a tener importancia no solo celebrar la muerte y la crucifixión, sino también el nacimiento. Ya desde el siglo anterior, el III, se estaban haciendo cálculos para determinar cuál habría sido la fecha del nacimiento de Jesús y se habían barajado distintas alternativas correspondientes a los meses de junio, julio y hasta noviembre, entre otros. Posteriormente se fijaron dos fechas que continúan hasta el día de hoy: el 25 de diciembre, la principal, y la que tiene la rama oriental de los ortodoxos que es el 6 de enero, fecha en la cual, por cierto, los católicos celebran la adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús. Entonces comenzaron los señalamientos cruzados entre los cristianos, ya que cada parte defendía que su fecha era la correcta y que la otra rama se había inventado la suya. En el marco de esta disputa, en la Edad Media los ortodoxos, armenios y sirios acusaron a los católicos de que copiar una festividad pagana y que, por ello, no estaban celebrando el verdadero día del nacimiento de Jesús. Cabe precisar que por esas fechas había múltiples fiestas paganas, entre ellas la Saturnalia, en honor a Saturno, que era una de las más populares del Imperio romano. Sin embargo, el fin de esa celebración dedicada al dios de la agricultura y de las cosechas era el 23 de diciembre. Durante esa festividad, tal como explica la Enciclopedia Britannica, “se suspendían todos los trabajos y negocios. Los esclavos tenían libertad temporal para decir y hacer lo que quisieran y se suavizaban ciertas restricciones morales”. Y también durante esa celebración se entregaban regalos, una tradición que tuvo continuidad en la Navidad cristiana. El 25, por su parte, había una celebración importante dedicada al culto solar, un culto que ganó popularidad a finales del Imperio romano como una forma de alabar al emperador. Esta celebración del Sol Invictus era de gran majestuosidad, con festivales públicos en el Circo Romano y carreras de carros. Lo cierto es que los símbolos de ese culto al emperador y del culto cristiano se generaron en una misma cultura y las influencias son notorias. Un ejemplo son las aureolas de los santos, que provienen del culto solar, así como las coronas de los reyes medievales y las alusiones a la luz que existen en la simbología cristiana. La fijación de la fecha del 25 de diciembre podría hundir sus raíces en una cuestión que hoy llamaríamos de sociología pastoral, mediante la cual la Iglesia apropiaba en su favor las costumbres paganas del pueblo, pero revestidas ahora de “un sentido cristiano”. Al respecto, el teólogo y liturgista alemán Joseph Pascher -uno de los expertos que prepararon la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II- ha señalado que la elección de ese día responde a una razón clara y simple: se trata del solsticio de invierno, el día natal del Dios Solar. El Emperador Aureliano había decretado en esa fecha una fiesta en honor del “Sol Invictus”. El culto solar en su variante mitraica (los misterios de Mitra) era la única religión que aun podía competir con el creciente cristianismo en el ecúmene del Imperio Romano. A esta idea mística intentó también aferrarse Juliano el Apóstata, en un intento frustrado por revertir el giro de la historia, echando mano a aquellos ritos solares que, 1.500 años antes, había tratado de imponer en Egipto el faraón Amenophis IV: el Atón del disco solar, dios benéfico y vivificante en la Tierra y ordenador del Cosmos. El día venia elegido, así, con inteligencia y conformaba la psicología popular: en el solsticio invernal, el astro diurno se halla en su punto más bajo, y para la mentalidad primitiva, esa mengua presagia su ocaso, una derrota ante la potencia de las tinieblas. Pero, de a poco, se irán alargando los días, y el sol va ganando fuerza como astro invicto e invencible. Sin embargo, no fue fácil derogar la tradición pagana supérstite en la ciudad de Roma: todavía San León Magno (pontífice entre 440 y 461) dice haber contemplado de qué modo, aún sobre la escalinata de la mismísima basílica de San Pedro, los peregrinos “volvían su rostro al sol e inclinaban su cabeza en señal de reverencia al disco solar”. En suma, ante la falta de una fecha históricamente cierta del nacimiento del Redentor, la Iglesia apeló al simbolismo del Sol Invictus, personificado ahora en Cristo, Sol de Justicia, en una ciudad donde el 25 de diciembre era una festividad solar aceptada por la costumbre de la heliolatría antigua. En cualquier caso, queda muy evidenciado el origen romano de la fiesta. Pero hubo algunas opiniones diferentes acerca de cómo se llegó a esta efemérides natalicia del día 25 de diciembre. El liturgista Duchesne conjeturó que se había partido a la inversa, contando desde la fecha en que se databa la muerte de Jesús, que, según los Evangelios, fue inmediatamente antes de la Pascua judía (aunque los tres sinópticos -Mateo, Marcos y Lucas- difieren en un día respecto de la versión de Juan). La tradición patrística latina fue fijando esa fecha el 25 de marzo. De ahí que se supuso que Cristo, como “hombre perfecto”, solo habría vivido un “número perfecto” de años, ya que toda fracción se juzgaba deficiente. Entonces, continúa Duchesne, suponiendo que la concepción de Jesucristo fue el 25 de marzo, se estimó el 25 de diciembre como más probable día natal. Lo cierto es que la celebración local romana se propagó prontamente y comenzó a observarse en el resto de la Iglesia latina y también en el Oriente cristiano -paulatinamente en Constantinopla, Antioquía o Jerusalén y mucho más tarde en Egipto-, separada ya de la Epifanía, el 6 de enero. En suma, lo que comenzó como una festividad solar se transformó en una conmemoración del nacimiento de Cristo, adaptándose a diversas culturas, costumbres y creencias a lo largo de los siglos, y sigue evolucionando en el presente.

viernes, 12 de diciembre de 2025

PATRIMONIO EXPOLIADO: Tesoros a la espera de su devolución

Como recordareis, el pasado 1 de noviembre, Egipto inauguró oficialmente el Gran Museo Egipcio (GEM), un proyecto cultural de mil millones de dólares ubicado en la meseta de Giza, a pocos metros de las Pirámides. Con una superficie de casi 500.000 metros cuadrados, el GEM se considera el museo más grande del mundo dedicado a una sola civilización. Su característica más destacada es la colección completa de los tesoros del rey Tutankamón, ahora expuestos juntos por primera vez desde su descubrimiento en 1922. En total, el GEM exhibirá más de 50.000 objetos, provenientes de tres milenios de historia egipcia. Y no se trata solo de un evento cultural. Al consolidar su patrimonio en una institución de talla mundial, Egipto subraya su capacidad para preservar y presentar su propio legado, desafiando las centenarias afirmaciones occidentales de que “solo ellos podían ser los custodios de estos tesoros” ... robados previamente por ellos. Durante décadas, los museos occidentales han insistido en que los artefactos extraídos de Egipto durante la época colonial estaban más seguros en Londres, Berlín o París que en El Cairo. Este argumento, repetido incansablemente desde el siglo XIX, se basaba en la afirmación de que Egipto carecía de las instalaciones, la experiencia en conservación o la estabilidad política necesarias para cuidar tales piezas. Instituciones como el Museo Británico y el Neues Museum aún utilizan estas justificaciones hoy en día al oponerse a las solicitudes de repatriación. Sin embargo, la escala, la tecnología y la capacidad de conservación del GEM hacen que estas justificaciones sean obsoletas. El compromiso del GEM con la preservación es inigualable. Su centro de conservación, especializado en arqueología y el más grande de la región, limpió, restauró y preparó los 5398 artefactos de Tutankamón en laboratorios especialmente diseñados con control climático avanzado y protección sísmica. Al dedicar este nivel de tecnología y experiencia a su patrimonio, Egipto ha superado, sin duda, a muchas instituciones occidentales más antiguas. La pregunta ahora se vuelve moral: si Egipto pudo construir el museo más grande del mundo dedicado a una sola civilización, ¿por qué algunos de sus tesoros más emblemáticos aún permanecen en el extranjero? Tomemos como ejemplo la Piedra de Rosetta. Actualmente, el objeto más visitado del Museo Británico, esta losa de granodiorita supuso el avance que desveló los jeroglíficos del antiguo Egipto y abrió el camino a la egiptología moderna. Ver los tesoros restaurados de un rey redescubierto finalmente devueltos a su contexto legítimo hace aún más evidente la ausencia de la Piedra de Rosetta en El Cairo. Ese fragmento de la identidad de Egipto, la clave misma para comprender su pasado, permanece en suelo extranjero, exhibido como un trofeo de conquista. Pero la Piedra de Rosetta es solo el ejemplo más famoso. El mapa cultural de Egipto está plagado de ausencias: el Zodíaco de Dendera en el Louvre , el Busto de Nefertiti en Berlín y estatuas y relieves de granito dispersos por las capitales europeas. Durante décadas, los museos occidentales han defendido la conservación de artefactos extranjeros con términos como "patrimonio universal”, “historia humana compartida" y "acceso global". Sin embargo, muchos de estos tesoros - de Egipto, Grecia o de otros lugares - fueron retirados cuando sus países de origen se enfrentaron a la ocupación, la coerción o a desequilibrios de poder extremos. Los mármoles del Partenón, por ejemplo, fueron tallados para la Acrópolis de Atenas hace más de 2400 años y robados a principios del siglo XIX por agentes de Lord Elgin, embajador británico ante el Imperio Otomano. Desde 1983, sucesivos gobiernos griegos han exigido formalmente su devolución. Dado que la transferencia tuvo lugar bajo el dominio otomano, cuando Grecia no era independiente, muchos académicos cuestionan la legitimidad de cualquier "permiso". Esta disputa greco-británica es un paralelo a la situación de Egipto. Si Atenas puede presentar un caso concreto - con infraestructura moderna y amplio apoyo internacional - y aun así se le niega la restitución, Egipto podría esperar una resistencia similar cuando exija la devolución de sus antiguos tesoros. Lo que queda, por lo tanto, no es solo un debate sobre conservación, sino uno profundamente político: la restitución desafía estructuras arraigadas que se remontan a la redistribución colonial e imperial de la historia. Ahora que el GEM abre sus puertas luego de dos décadas de construcción, Egipto puede afirmar con credibilidad que su patrimonio está listo para regresar a casa, dejando a las instituciones occidentales sólo con excusas políticas, no prácticas. Casi todas las antiguas colonias occidentales, desde China hasta Chile, incluyendo África, Asia y Oriente Medio, se han enfrentado a una situación similar. Objetos invaluables extraídos durante periodos de ocupación o tratados desiguales permanecen en el extranjero, y los esfuerzos por recuperarlos se topan con resistencia. Desde Nigeria, que exige la devolución de los Bronces de Benín, hasta Etiopía, que reclama sus manuscritos saqueados, e India, que negocia esculturas de templos, el patrón es el mismo. Los objetos extraídos bajo la autoridad colonial o imperial se convierten en trofeos del ocupante, legitimados por leyes obsoletas o argumentos de "patrimonio universal", mientras que las naciones de origen se ven obligadas a hacer campaña, negociar o litigar durante décadas. Estos casos revelan la naturaleza sistémica del imperialismo cultural. El reconocido arqueólogo británico Dan Hicks ha descrito los museos británicos que albergan estos artefactos como "almacenes del colonialismo capitalista del desastre". En Londres, París, Berlín, Washington y otros lugares, estas instituciones no solo coleccionaban para fines académicos o de preservación, sino que cimentaban una jerarquía de poder que determinaba qué historias eran visibles, qué narrativas se contaban y qué voces se silenciaban. Los esfuerzos por recuperar el patrimonio cultural saqueado se desarrollan en un complejo marco global, definido en gran medida por las Naciones Unidas y su brazo cultural, la UNESCO. La Convención de 1970 de esta última, ratificada por la mayoría de las naciones del mundo, establece un principio claro: los bienes culturales pertenecen a su país de origen y las transferencias ilícitas son inaceptables. Como establece el Artículo 11: «Se considerarán ilícitas la exportación y la transferencia de propiedad de bienes culturales por obligación, resultantes directa o indirectamente de la ocupación de un país por una potencia extranjera». El Artículo 13(b) obliga además a los Estados Partes a «garantizar que sus servicios competentes cooperen para facilitar la restitución, lo antes posible, de los bienes culturales exportados ilícitamente a su legítimo propietario». La UNESCO puede facilitar el diálogo, brindar apoyo moral y técnico, y establecer normas globales, pero no puede obligar a museos ni a gobiernos a devolver artefactos adquiridos hace siglos. Esto significa que los países de origen tienen derechos morales y legales, pero su cumplimiento depende de la voluntad política de los estados e instituciones que actualmente conservan los objetos. La lucha por el patrimonio cultural expoliado es, en última instancia, una prueba para la conciencia global. En todos los continentes, las naciones exigen el reconocimiento de su propiedad histórica y la devolución de sus tesoros robados. Cada restitución exitosa desafía las jerarquías arraigadas establecidas por las potencias coloniales e imperiales, recordando al mundo que los museos y las instituciones no son árbitros neutrales de la historia, sino participantes activos en la configuración de narrativas. A medida que más países afirman su derecho a reclamar su patrimonio cultural, la pregunta no es si la restitución es posible, sino si el mundo está dispuesto a confrontar los legados del imperialismo cultural y actuar en consecuencia.

viernes, 28 de noviembre de 2025

CIUDADES PERDIDAS: Alejandría

Es una ciudad portuaria situada en el norte de Egipto, en la costa Mediterránea, fundada en 331 a.C. por Alejandro Magno. Fue el emplazamiento del Pharos, el faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo, y de la legendaria biblioteca de Alejandría además de haber sido en algún tiempo el centro cultural más importante del mundo antiguo, rivalizando incluso con Atenas, en Grecia. La ciudad se desarrolló a partir de un puerto pequeño llamado Racotis tras la llegada de Alejandro que estableció el diseño básico de lo que quería y luego siguió su camino en su conquista de Persia. La ciudad siguió desarrollándose en la época de la Dinastía Ptolemaica (323-30 a.C.) para llegar a convertirse en un centro intelectual, cultural y comercial, una de las ciudades más grandes de la época, y que más tarde se convertiría en un centro famoso del cristianismo primitivo. También se volvió infame por las luchas religiosas que resultaron del enfrentamiento entre paganos y cristianos tras el crecimiento de esta religión en los siglos IV y V d.C. Uno de los eventos más memorables de esta época es el martirio de la filósofa neoplatónica Hipatia de Alejandría en 415 d.C., que muchos eruditos citan hoy en día como un acontecimiento crucial de la decadencia del afán intelectual de la ciudad. Para cuando el cristianismo se convirtió en la fe dominante, los enclaves paganos como el Museion el templo de Serapis y el Serapeo, todos ellos relacionados con la biblioteca de Alejandría, ya estaban en decadencia. Estas instituciones dependían del mecenazgo de los ptolomeos y, a medida que fue desapareciendo hacia finales de la Dinastía Ptolemaica, no se pudieron mantener los edificios, así como tampoco se pudo mantener a los eruditos que copiaban, cuidaban y catalogaban los manuscritos. A pesar de que parece que los emperadores romanos posteriores fundaron la biblioteca, no parece que fuera en el mismo grado que los ptolomeos. Cuando las divisiones religiosas crecieron en la ciudad a principios del siglo V, los intelectuales se marcharon en buscar de áreas más estables en las que trabajar. El conflicto religioso continuaría hasta el siglo VII d.C. cuando los musulmanes conquistaron la región - donde llegaron a incendiar la famosa Biblioteca - aunque para entonces, la gran metrópolis de Alejandría no era más que un recuerdo. Cabe precisar que tras conquistar Siria en 332 a.C., Alejandro Magno se dirigió hacia Egipto con su ejército. Fundó Alejandría en el pequeño pueblo portuario de Racotis, junto al mar, con la intención de crear un centro de comercio superior a la ciudad griega de Náucratis (un centro importante), que estaba más arriba del delta del Nilo. Se dice que diseñó los planos de la ciudad echando harina o grano en una cuadrícula que posteriormente usaría el arquitecto. La ciudad que se desarrolló a partir de este modelo, llegaría a ser muy admirada por muchos, incluido el historiador y geógrafo Estrabón (en torno a 64 a.C. - 24 d.C.), que la escribió al detalle: “El plano de la ciudad tiene forma de chlamys [una capa militar]. Los lados largos son los que baña el agua, que tienen un diámetro de 30 estadios, mientras que los lados cortos son los istmos, cada uno de 7 u 8 estadios, que se juntan por un lado por el mar y por lago por el otro. En conjunto, está atravesada por calles adecuadas para conducir caballos y carros. Dos de estas calles son extremadamente anchas, de más de un pletrón, y se cruzan en ángulo recto. La ciudad tiene los recintos y palacios reales más hermosos, y estos componen una tercera o cuarta parte del recinto entero. Cada uno de los reyes, por amor al esplendor, añadió algún adorno a los monumentos públicos, y también expandió su propia residencia, aumentando lo que ya existía, de manera que hoy (con el poeta), "un edificio sobre otro" [Odisea 17.266]. Todo está conectado, unos edificios con otros, con el puerto y lo que tiene alrededor. El Museion es parte de los palacios, con una pasarela, una exedra, y una gran estructura en la que se puede ver el desorden común entre los estudiosos que comparten el Museion, que antes elegía el rey, pero ahora elige César” (Geografía, 17.1.8). El Museion era una institución de enseñanza superior, parte de la Biblioteca de Alejandría. Estaba dedicado a las musas; su nombre es el origen de la palabra "museo" y fue establecido, probablemente por Ptolomeo II (que reinó de 282-246 a.C.) como un lugar de reunión y hogar para los eruditos cuyas obras nutrían las posesiones de la biblioteca. Los palacios y casas majestuosas que menciona Estrabón no existían en la época en la que Alejandro fundó la ciudad, obviamente. Alejandro se marchó de Egipto a tan solo unos meses de su llegada para marchar hacia Tiro en Fenicia. Quedó en manos de su comandante Cleómenes de Náucratis (muerto en 322 a.C.) construir la ciudad basándose en los planos del arquitecto Dinócrates de Rodas que, siguiendo los planos de Alejandro, distribuyó la ciudad siguiendo un patrón conocido como plano hipodámico. Este fue formulado por el arquitecto Hipodamo de Mileto (siglo V a.C.) y se consideró el diseño óptimo de planificación urbana. Aunque Cleómenes y Dinócrates establecieron la distribución de la ciudad, la expansión total de Alejandría llegó con el gobierno del general de Alejandro, Ptolomeo, y luego con la dinastía Ptolemaica que fundó. Tras la muerte de Alejandro en 323 a.C., Ptolomeo llevó su cuerpo de vuelta a Alejandría para enterrarlo y, tras las guerras de los Diádocos, los sucesores de Alejandro, dio comienzo su reinado de Egipto desde Alejandría, que sustituyó a la antigua capital de Menfis. Con Ptolomeo II se completó el faro de Alejandría, una de las siete maravillas de la Antigüedad (donde hoy en día se puede ver el Fuerte Qaitbey del siglo XV). El faro guiaba a los barcos a los puertos que también había diseñado Alejandro Magno. Tiro había sido una ciudad importante para el comercio de la región y, luego de que Alejandro la destruyera, Alejandría ocupó el vacío que había dejado esta. Cartago, que debió gran parte de su prosperidad al saqueo de Tiro, todavía era un puerto joven cuando Alejandría empezó a prosperar. El estudioso M. Mangasarian escribe: “Bajo los Ptolomeos, una estirpe de reyes griegos, Alejandría pronto ascendió a la eminencia y, tras acumular cultura y riqueza, se convirtió en la metrópolis más poderosa de Oriente. Funcionaba como el puerto de Europa y atraía el comercio lucrativo de India y Arabia. Sus mercados se enriquecieron con sedas suntuosas y otras telas de los bazares de Oriente. La riqueza atrajo el esparcimiento y este, a su vez, las artes. Con el tiempo se convirtió en el hogar de una maravillosa biblioteca y de escuelas de filosofía que representaban todas las fases y los tonos más delicados del pensamiento. En algún tiempo se creyó que el manto de Atenas había caído sobre los hombros de Alejandría”. La ciudad creció hasta convertirse en la más grande del mundo conocido en aquella época, y atrajo a eruditos, científicos, filósofos, matemáticos, artistas e historiadores. El poeta y estudioso Calímaca de Cirene (en torno a 310 - en torno a 240 a.C.) catalogó toda la literatura griega de Alejandría sirviéndose de la colección que albergaba la biblioteca, y se le atribuye la creación del primer "catálogo de tarjetas" para organizar sistemáticamente la colección. Eratóstenes (en torno a 276-195 a.C.) calculó la circunferencia de la tierra con un margen de error de 80 kilómetros (50 millas) en Alejandría. Euclides (en torno a 300 a.C.) enseñaba en la universidad. Puede que Arquímedes (287-212 a.C.), el gran matemático y astrónomo, enseñara allí, y ciertamente estudió allí. Herón (10-70 d.C.), el ingeniero y matemático más importante de su época, también nació y vivió en Alejandría. A él se le atribuyen increíbles logros de ingeniería y tecnología, incluida la primera máquina expendedora, la máquina hidráulica, y un teatro de autómatas que bailaban, entre otras invenciones. En tanto, la biblioteca, cuya construcción empezó bajo Ptolomeo I (que reinó de 323-282 a.C.), fue terminada por Ptolomeo II, que envió invitaciones a gobernantes y eruditos pidiéndoles que contribuyeran con libros. Según los historiadores Oakes y Gahlin: “Había sitio para 70.000 rollos de papiro. La mayoría de artículos fueron comprados, pero en ocasiones también se usaban otros métodos. Para poder conseguir las preciadas obras, se registraban todos los barcos que entraban a puerto. Cualquier libro que se encontrase se llevaba a la biblioteca, donde decidían si devolverlo o confiscarlo y sustituirlo por una copia”. Nadie sabe cuántos libros había en la biblioteca de Alejandría; se estima que pueden haber sido 500.000, aunque la mayoría de estudiosos modernos consideran que esta cifra es una exageración. Parece ser que la biblioteca era parte del Museion, que estaba cerca, o que estaba anexionada al conjunto de edificios que incluía el Serapeo, el templo del dios Serapis, un híbrido entre las deidades griegas y egipcias creado por los ptolomeos para aunar estas dos culturas diferentes ente una unión harmoniosa. Los historiadores y los entendidos afirman que este templo era uno de los monumentos más grandiosos de la civilización pagana, por detrás tan solo del templo de Júpiter en Roma y el inimitable Partenón de Atenas. El templo de Serapis estaba construido sobre una colina artificial por la que había que subir cien escaleras. No era un solo edificio sino un enorme complejo arquitectónico, y todos los edificios que lo componían estaban agrupados en torno a uno central de dimensiones aún más vastas, que se alzaba sobre unos esbeltos pilares de una magnitud enorme. El Serapeo estaba considerado por la gente de la antigüedad como el punto de encuentro entre los arquitectos de las pirámides y los creadores de la Acrópolis ateniense. Para ellos representaban la unión de lo masivo en el arte egipcio con la gracia y el encanto del heleno. Cuando Cartago llegó al punto álgido de su poder, Alejandría permaneció relativamente inmune, ya que hacía mucho que el comercio estaba establecido y la ciudad no suponía una amenaza para el poder marítimo de los cartagineses. Incluso tras la caída y destrucción de Cartago tras las Guerras púnicas (264-146 a.C.), cuando Roma se convirtió en la potencia indiscutible del Mediterráneo, Alejandría siguió siendo próspera y atrayendo a visitantes de todo el mundo. Tras el asesinato de César en 44 a.C., su mano derecha, Marco Antonio, se convirtió en el consorte de Cleopatra y dejó Roma para ir a Alejandría. La ciudad se convirtió en su base de operaciones durante los siguientes trece años hasta que Cleopatra y él fueron derrotados por Octavio en la batalla de Accio en 31 a.C. Al año siguiente, ambos se suicidaron y la muerte de Cleopatra puso fin a la dinastía Ptolemaica. Octavio se convirtió en el primer emperador de Roma y adoptó el título de "Augusto". Tras esto, Alejandría se convirtió en una provincia del Imperio romano bajo el gobierno de César Augusto. La ciudad siguió siendo un importante centro intelectual y la Biblia Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento de la Biblia) se completó allí en 132 d.C., donde se dice que ocupó su lugar entre los libros más importantes de la biblioteca. Los eruditos religiosos vivían en la biblioteca o la frecuentaban para hacer investigaciones, y hacía tiempo que Alejandría atraía a gente de muchas religiones distintas que, en un principio, respetaba los diferentes sistemas de creencias. Sin embargo, bajo el reinado de Augusto se produjeron disputas entre judíos y paganos y, a medida que el cristianismo se fue haciendo más popular, sus fieles agravaron el malestar público. Cuando el emperador romano Constantino el Grande (que reinó de 306 a 337 d.C.) aprobó el Edicto de Milán en 313, que declaraba la tolerancia religiosa, los cristianos ya no podían ser perseguidos por la ley y empezaron no solo a exigir más derechos religiosos sino también a atacar a paganos con más fuerza. Alejandría, que había sido una ciudad de cultura y prosperidad, se convirtió entonces en el escenario de una lucha religiosa entre la fe nueva de los cristianos y los paganos. Los cristianos se fueron sintiendo cada vez más dispuestos a atacar los símbolos de estas religiones precedentes, ya que creían que sus sistema de creencias era el único verdadero. Bajo el reinado de Teodosio I (que reinó de 379-395 d.C.) se prohibió el paganismo y se incentivó el cristianismo. En 391 d.C. el patriarca cristiano Teófilo siguió el ejemplo de Teodosio e hizo que todos los templos paganos de Alejandría fueran destruidos o reconvertidos en iglesias. Para el año 400, la ciudad cayo rápidamente en declive y los estudiosos, científicos y pensadores de todas las disciplinas abandonaron la ciudad para dirigirse a lugares más seguros. Para empeorar las cosas, los musulmanes liderados por el loco califa Umar conquistaron la ciudad en 641. Entonces, se destruyeron las iglesias y fue en aquel momento cuando la famosa biblioteca fue quemada por los invasores, bajo el argumento que lo que albergaba “estaba en contra de las enseñanzas del Corán”. Así desapareció entre las llamas tesoros bibliográficos conservados durante siglos. Lo que no quedó destruido por la guerra volvió a ocuparlo la naturaleza y para 1326, cuando la visitó el viajero y escritor Ibn Battuta (1304-1369/9 d.C.), la mayor parte de la Alejandría Ptolemaica había desaparecido. El gran faro fue destruido por una serie de terremotos, al igual que gran parte del puerto. Hoy en día, la antigua ciudad se encuentra bajo los cimientos de la nueva, o en el fondo del mar en el puerto. En 1994 se revelaron los primeros descubrimientos de varias reliquias, estatuas y edificios bajo la aguas, reliquias de la edad dorada perdida de Alejandría.

viernes, 24 de octubre de 2025

“LADRÓN QUE ROBA A LADRÓN...”: Las piezas que el Louvre sustrajo a otros países

Aunque el Louvre de París es hoy el museo más visitado del mundo, parte de su ‘prestigio’ descansa sobre multitud piezas expoliadas de sus países de origen: desde arte saqueado por las campañas del bastardo Napoleón Bonaparte hasta piezas de procedencia incierta adquiridas décadas atrás de manera ilegal. Cabe precisar ante todo que su situación es similar al Museo Británico, cuyos tesoros robados que exhibe se niega a devolver hasta ahora, a pesar de los múltiples pedidos de los países afectados que exigen con razón, la devolución de su patrimonio cultural. Como sabéis, el reciente robo del siglo que afecto al Louvre y puso en vergüenza a Francia, reavivó las críticas sobre el origen de muchas de las obras que exhibe dicho museo. Mientras la Policía busca las joyas napoleónicas sustraídas el pasado domingo, varios países reclaman la devolución de piezas obtenidas por Francia durante guerras y colonizaciones. Los reclamos de países como Italia, Egipto o Grecia apuntan a la necesidad de revisar la historia de esos bienes expoliados. En el periodo del Consulado y del Imperio francés, Napoleón Bonaparte impulsó campañas militares que incluyeron asimismo el saqueo sistemático de obras de arte en toda Europa, desde España hasta Rusia. Según historiadores, la pintura 'Las bodas de Caná' de Paolo Veronese fue tomada de Venecia en 1797 y trasladada al Louvre por orden de Napoleón, detalla The Irish Times. Tras su derrota en 1815, gran parte del arte confiscado fue devuelto a Italia, aunque varias piezas permanecieron en París, lo que aún genera controversias sobre su legítima propiedad. Las autoridades italianas mantienen asimismo un reclamo por siete antigüedades conservadas en el Museo del Louvre, cuya procedencia está bajo investigación. De acuerdo a lo informado por The Art Newspaper en el 2023, el Ministerio de Cultura italiano presentó una lista de piezas adquiridas entre 1982 y 1998, entre ellas un ánfora del llamado Pintor de Berlín, un crátera del 'Pintor de Antímenes' y una cabeza de Heracles procedente de la antigua ciudad etrusca de Cerveteri. Italia sostiene que las obras podrían estar vinculadas a los traficantes Giacomo Medici y Gianfranco Becchina, condenados por comercio ilegal de antigüedades. La directora del Louvre, Laurence des Cars, reconoció que "las obras de procedencia dudosa son una mancha en las colecciones" y aseguró cínicamente que el museo revisa los casos con "rigor y lucidez", pero hasta el momento, ninguna pieza sustraída ilegalmente ha sido devuelta a sus legítimos propietarios. Entre otro de los casos más conocidos - y escandalosos - figura la 'Venus de Milo', descubierta en 1820 por un agricultor en la isla griega de Milos y sustraída por un oficial naval francés, quien ‘regaló’ lo robado al rey Luis XVIII. Desde entonces, la escultura fue donada al Museo del Louvre en 1821, donde continúa expuesta como una de sus piezas más célebres y controvertidas. En el 2020, el alcalde de Milos, Gerasimos Damoulakis, lanzó una campaña pública para solicitar su devolución, coincidiendo con el bicentenario del hallazgo. "Nuestros tesoros han sido saqueados y estamos listos para luchar por recuperarlos", declaró, según recogió The Times y publicó Greek Reporter. Por su parte, Egipto reclama la devolución del 'Zodiaco de Dendera', un panel de techo del siglo I a. C. considerado por algunos el primer horóscopo del mundo. El relieve fue hallado en el Templo de Hathor por tropas francesas en 1799 y trasladado a París en 1821, donde permanece exhibido en el Museo del Louvre. En el 2022, el egiptólogo Zahi Hawass volvió a pedir su restitución, junto con la de otras piezas icónicas del patrimonio egipcio, como la Piedra Rosetta (en el Museo Británico) y el busto de Nefertiti (en Museo Nuevo de Berlín), reportó Middle East Eye. En el 2009, Egipto incluso suspendió sus relaciones institucionales con el Louvre por su negativa a devolver varias antigüedades. En los últimos años, Francia abrió un proceso de restitución de bienes coloniales. Tras el informe Sarr-Savoy (2018) y una ley que permite excepciones a la inalienabilidad, se devolvió un sable a Senegal y se programó la restitución de 26 objetos al Reino de Benín, aunque el avance general sigue siendo limitado, según admite Le Monde. Pero el reciente robo de las joyas napoleónicas - valuadas en más de 88 millones de euros - volvió a exponer la paradoja: mientras Francia exige ‘justicia’ ante el saqueo contemporáneo, su museo más prestigioso aún custodia obras cuya adquisición sigue siendo objeto de disputa entre Francia y otros países. Un expolio institucionalizado que no parece tener fin.

viernes, 5 de septiembre de 2025

ENIGMAS DE LA HISTORIA: El mapa de Piri Reis

El 9 de octubre de 1929 un teólogo alemán llamado Gustav Adolf Deissmann catalogaba los artículos de la biblioteca del Palacio de Topkapi en Constantinopla, cuando se percató de un curioso pergamino de piel de gacela situado entre otro material aparentemente no importante. En ella había un mapa, hoy conocido como el mapa de Piri Reis - que no suele estar expuesto al público - el cual fue dibujado y firmado por el cartógrafo turco Hagji Ahmed Muhiddin Piri, también conocido como Piri Reis, y estaba fechado en el año 1513. Reis fue un Almirante de la armada turca, experto marinero y cartógrafo, que afirmó haber utilizado 20 referencias de mapas y cartas para diseñar su mapa, incluyendo 8 mapas ptolemaicos, 4 mapas portugueses, un mapa árabe y otro de Cristóbal Colón. Desde su descubrimiento, el mapa ha provocado tanta intriga como controversia, sobre todo debido a la presencia de lo que parece ser una representación de la Antártida 300 años antes de ser descubierta, además de que parece mostrar la masa de la Tierra antes de ser cubierta de hielo, hace más de 6000 años. El profesor Charles Hapgood creó un gran debate cuando publicó su teoría sobre el mapa de Piri Reis en su libro Maps of the ancient sea kings (Mapas de los antiguos reyes del mar), en 1965. Hapgood y un equipo de alumnos de la Universidad de New Hampshire estudiaron el mapa y encontraron muchas anomalías, tales como el uso de la proyección de Mercator o la ya mencionada inclusión de una Antártida previa a la Edad del Hielo. Los griegos fueron capaces de crear mapas cilíndricos basados en el conocimiento de la Tierra esférica, aunque la proyección de Mercator no fue utilizada hasta el siglo XVI; fueron también capaces de utilizar la astronomía y la geometría para calcular latitud y longitud, aunque una absoluta precisión no fue posible hasta la invención del cronómetro en 1760. Estas dos increíbles características podrían explicarse por el uso de fuentes griegas de mapas y cartas desde la época de Alejandro, pero nada podría explicar la inclusión de la Antártida. Como resultado, Hapgood propuso que el mapa se basaba en documentos anteriores al año 4000 a. C., materiales anteriores a cualquier lenguaje desarrollado conocido y anteriores a civilizaciones evolucionadas. Dicha teoría implica que una civilización “prehistórica” dispondría de la tecnología necesaria como para navegar las grandes rutas marítimas y trazar el gráfico del globo terrestre con bastante precisión. Hapgood también sugirió que la representación topográfica del interior de los continentes requirió de capacidades aéreas, lo que implicaría que en la ‘súper’ civilización “prehistórica” existirían maestros aeronáuticos, conduciendo así a la especulación de una civilización perteneciente a la mítica Atlántida o de origen alienígena. Lamentablemente no se ha encontrado ninguna evidencia que apoyen tales teorías. Como era de imaginar, los escépticos de la teoría de Hapgood apuntan a que el mapa es una representación de la costa de América del sur, señalando que las características físicas modernas de la costa y del interior estaban incluidas en el mapa del siglo XVI. Los críticos sostienen que la imagen se refiere a la Antártida y a América del sur conectadas con Uruguay, donde Argentina aún no existía. Cabe precisar que durante siglos, antes del descubrimiento del continente blanco en el siglo XIX, los cartógrafos habían dibujado una gran masa austral de tierra (la Terra Australis Incognita) basados en la presunción de simetría exigida por Aristóteles y Eratóstenes, entre otros naturalistas griegos; la masa meridional del mapa de Reis podría ser una continuación de esta tradición. En un principio se creía que el extremo sur de Sudamérica y el de, una vez descubierta, Australia, debían estar unidos a esta gran tierra polar, de la que se pensaba que era mucho mayor de lo que es el verdadero continente blanco. Mientras este debate descarta la presencia de la Antártida en el mapa de Piri Reis, se han encontrado otros mapas anómalos que son idénticos, con el continente sin hielo, que sólo la tecnología del siglo XX, basada en imágenes vía satélites, ha sido capaz de identificar. Otras teorías de Hapgood ya han sido descartadas, como la teoría del desplazamiento polar que decía que un cambio repentino en la inclinación del eje rotatorio de la tierra en el año 9.500 a. C., podría haber dado lugar al desplazamiento de la Antártida, enviándola cientos de millas hacia el sur y provocando la alteración de su clima de semi-templado a gélido. Todas las evidencias sugieren que este cambio era imposible de suceder… La verdadera pregunta es que, si la Antártida es o no el continente mostrado en el mapa de Piri Reis, o en cualquiera de los otros mapas anómalos. Si lo es, ¿el mapa de Piri Reis podría haberse basado en los documentos de una civilización prehistórica, aún desconocida, que podría poseer una tecnología que produjera la posibilidad de viajar y trazar con precisión un gráfico del globo? A pesar del verdadero origen de las fuentes, una cosa es cierta: este mapa fomenta el debate sobre cómo vemos nuestra propia historia y cuáles de esas opiniones son exactas. Tal vez algún día se descubrirá la verdad.

viernes, 11 de julio de 2025

LOS MOLDES DE POMPEYA: Inmortalizando una tragedia

Al amanecer de, probablemente, el 25 de octubre de 79 d. C., Pompeya despertó casi sepultada bajo cenizas y escombros volcánicos. La visibilidad era escasa y el aire irrespirable. Los edificios colapsaban bajo el peso del material volcánico, sepultando a quienes buscaban refugio, mientras pequeños sismos e incendios agravaban la devastación.Durante una de las pausas de la erupción, quienes habían sobrevivido hasta entonces emprendieron una huida desesperada. Entre ellos, un grupo de cuatro personas avanzaba con dificultad por una calle cercana a las termas Estabianas, en el centro de la ciudad. Un hombre portaba un tesoro de monedas, seguido por dos jóvenes y una mujer con joyas y objetos valiosos. El calor y la ceniza hacían el camino casi imposible. No pudieron llegar muy lejos. Al poco tiempo fueron alcanzados por la última oleada piroclástica que acabó con sus vidas. Sus cuerpos, depositados sobre metros de material volcánico acumulado durante las horas previas, permanecieron intactos, olvidados. Nada apuntaba a que serían los protagonistas de uno de los grandes descubrimientos de la arqueología pompeyana.Entre los días 3 y 7 de febrero de 1863, durante las excavaciones de un callejón cercano a las termas Estabianas, que conectaba con la vía de la Abundancia, Giuseppe Fiorelli encontró los restos de cuatro individuos sobre unos cinco metros de material volcánico. Todo indicaba que habían fallecido mientras intentaban huir sobre metros de material volcánico, a pocas horas de que la erupción hubiese comenzado.Las cavidades evidentes entre sus huecos y la ceniza y lapilli (pequeños fragmentos de lava) llevaron al director de las excavaciones de Pompeya a rellenar los espacios con yeso líquido. El resultado resultó tan novedoso como impactante. Acababan de recuperarse del olvido la agónica impronta y los últimos segundos de vida de cuatro víctimas que habían perecido durante el desastre.Aunque el método de Fiorelli supuso un hito en la historia de la arqueología, desde el siglo XVIII, los arqueólogos habían intentado inmortalizar los últimos momentos de los pompeyanos. En 1772, por ejemplo, en la villa de Diomedes se encontraron numerosas víctimas que buscaron refugio en uno de los criptopórticos. Entre ellas, llamó la atención el cuerpo de una joven que portaba un collar, pendientes, broche, pulseras y tiara de oro, y que murió cubriéndose el rostro con sus ropajes. De ese grupo de individuos solo se conservaron los relieves de los brazos y un pecho de la joven, que fueron llevados al Museo de Portici.Durante las décadas posteriores, los arqueólogos experimentaron con todo tipo de técnicas para intentar preservar materiales orgánicos y estructuras arquitectónicas en madera, cuyas improntas se entreveían en el registro arqueológico. En 1856, por ejemplo, se creó el primer calco de una puerta, que pronto comenzó a reproducirse en otros lugares de la ciudad, también en ventanas y otros vanos.La técnica de Fiorelli consistía en identificar el vacío creado en el registro arqueológico debido a la descomposición de la materia orgánica (madera, restos animales o humanos); tras ello, se inyectaba yeso, y, una vez endurecido, se procedía a la excavación y extracción de los moldes. Los cuatro primeros calcos realizados en febrero de 1863 fueron expuestos en distintas partes del yacimiento, aunque quedaron eclipsados, al poco tiempo, por nuevos hallazgos impactantes, como el perro de la casa de Orfeo en 1874.La expectación generada pronto llegó a los medios nacionales e internacionales. Por primera vez, luego de más de un siglo de excavaciones, se podía contemplar la angustiosa muerte cara a cara. Luigi Settembrini, un célebre intelectual italiano, expresó su asombro de la siguiente manera: “Hasta ahora hemos descubierto templos, casas y objetos que atraen la curiosidad de los cultos, los artistas y los arqueólogos; pero ahora, mi querido Fiorelli, has descubierto el dolor humano, y ese es un hallazgo que todos los hombres sienten profundamente”.Marc Monnier, que visitó las ruinas al poco tiempo de los primeros calcos de Fiorelli, reflexionó de manera única sobre los mismos: “(…) nada podría ser más impactante que ese espectáculo. No son estatuas, sino cadáveres moldeados por el Vesubio; los esqueletos siguen allí, en esas envolturas de yeso que reproducen lo que el tiempo habría destruido y lo que las cenizas húmedas han conservado: la ropa y la carne, podría decirse que la vida misma (…). Los pompeyanos exhumados son seres humanos a quienes vemos en la agonía de la muerte”.Desde entonces, la realización de calcos a las víctimas que presentaban una oquedad en el registro arqueológico ha llevado a completar más de un centenar de ejemplos que, de manera personalizada, representan la agónica muerte que miles de personas enfrentaron aquel día. Muchos de estos calcos fueron depositados en el Antiquarium, o Museo de Pompeya, bombardeado el 24 de agosto de 1943 por los estadounidenses durante la guerra, perdiéndose numerosos ejemplares. A los noventa documentados en el 2014 han de añadirse los cada vez más numerosos calcos realizados recientemente, en el transcurso de las excavaciones de la villa suburbana de Cività Giuliana, la región V o la región IX.El realismo y la calidad de los calcos de yeso varían según la época en la que fueron realizados y el tipo de material utilizado. Al principio se usaba el yeso alabastrino, pero, en épocas posteriores, este material fue sustituido por la escayola o, incluso, el cemento, lo que provocó una disminución de la calidad de los calcos y el realismo que presentaban.Estas piezas, contenedores de los restos mortales de quienes perecieron en la erupción, han sido objeto de distintas técnicas para lograr un resultado único que permitiera contemplar sus últimos instantes, así como conservar sus restos óseos. Así, en la cercana Oplontis, en 1984 se realizó el calco en resina de una mujer enjoyada con una pulsera y pendientes, que pretendía mostrar la estructura ósea y la postura de la muerte. Sin embargo, el oscurecimiento del molde con el paso del tiempo hizo que se descartara la técnica y se volviera al yeso.A la colección de víctimas humanas se unen los calcos de algunos animales, como un perro, un cerdo o équidos, que permiten conocer numerosos aspectos sobre la fauna en época romana. En las excavaciones más recientes, además, se han recuperado los restos de mobiliario e instrumental de trabajo, camas y otros enseres en Cività Giuliana. En pleno corazón de Pompeya, en la región V, camas más elaboradas, así como las mesitas e incluso la suela de una sandalia, nos muestran un dormitorio de una mansión con un larario pintado en su jardín. Las descripciones que poseemos en las fuentes clásicas nos permiten identificar el tipo de mobiliario y los objetos que, ahora en yeso, son rescatados de las oquedades del material volcánico.Recientemente, la aplicación de tomografías computarizadas y radiografías ha revolucionado la narrativa en torno a los calcos y las historias de las víctimas que contienen. Por ejemplo, algunos de los estudios muestran cómo muchos de estos calcos fueron manipulados, extrayendo parte de los huesos, incluyendo elementos metálicos para crear posturas, o incluso alterando el depósito arqueológico original, fruto de la búsqueda del agónico dramatismo de la muerte como resultado de la intervención. Estos procedimientos dañaron, en muchos casos, los restos óseos de las víctimas.El uso de nuevas tecnologías ha permitido reescribir la interpretación moderna que habíamos realizado de los calcos. Así, quien había sido identificada como una mujer embarazada no es sino una mujer de avanzada edad que no podía estar en edad de gestación, como confirman los datos extraídos del análisis de su dentadura. Igualmente, la conocida como familia procedente de la casa del Brazalete de Oro, tradicionalmente interpretada como una familia nuclear (padre, madre e hijo), ha resultado ser, a través de estudios óseos y análisis de ADN, un grupo de personas sin parentesco biológico que, tal vez, se refugiaron juntas durante la erupción.Hoy, tras más de ciento sesenta años desde la realización del primer calco de una víctima humana en Pompeya, poseemos una colección única de materiales orgánicos, animales y personas que son testimonios de los últimos instantes de vida de la ciudad, segundos antes de ser consumidos por las altas temperaturas. Así, junto a esta nueva revisión tecnológica de los últimos instantes de vida en Pompeya, los estudios más recientes han establecido un sólido marco metodológico ético que busca salvaguardar la integridad de los restos humanos encontrados durante las excavaciones, actuando bajo unas normas establecidas al respecto.

viernes, 20 de junio de 2025

ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA: ¿Fue la Torre de Babel un zigurat?

La historia de la Torre de Babel del Libro del Génesis cuenta “cómo luego del diluvio, los descendientes de Noé se asentaron en Babilonia y trataron de construir una ciudad con una torre que llegase al cielo”. Creyeron que la obra era posible ya que todos se entendían al existir un solo idioma, pero Dios lo interpretó como un acto de soberbia y confundió las leguas de la gente, provocando la incomprensión y el abandono del proyecto. El mito bíblico se construye en el siglo VI a.C., durante el periodo conocido como neobabilonio, cuando Nabuconodosor II conquistó el reino de Judá y destruyó Jerusalén siendo muchos hebreos deportados a Babilonia. Hasta el comienzo del estudio de los textos cuneiformes y de la excavación de Babilonia en el actual Iraq realizada entre 1898 a 1917 por el equipo del arqueólogo alemán Robert Koldewey elegido por la Deutsche Orientgesellschaft, todas las noticias que se tenían de Babilonia provenían o de la Biblia o del Libro I de las Historias de Herodoto (m.425 a.C.), quien describe un templo de ocho torres con una escalera exterior. Estas fuentes fueron usadas hasta el siglo XVIII por viajeros occidentales que desde la Edad Media visitaban la zona impulsados por la fuerza del mito sin llegar a una ubicación correcta. Uno de los primeros viajeros que creyó identificar la torre describe las ruinas de Babilonia, que “todavía se encuentra allí el palacio derruido de Nabuconodosor, y los hombres temen entrar en él debido a los alacranes y serpientes que hay en su interior”. Este anónimo visitante no identifica la Torre de Babel entre la ruinas de Babilonia, pero si lo hace a pocos kilómetros al sur asociándola a las ruinas del zigurat Birs Nimrud que describe como un edificio imponente con una base dos millas, ancho de cuarenta codos y alto de doscientos: “cada diez codos hay caminos y por ellos se sube en espiral hasta arriba viéndose allí una extensión de veinte millas ya que el país es llano”. En tanto, en El Libro de las maravillas del mundo, escrito entre 1357 y 1371, atribuido al viajero Jehan de Mandeville, quien en 1322 haría un viaje de 34 años, se mencionaba que la Torre de Babel fue construida por Nemrud, un bravo cazador que ejerció su dominio entre Noé y Abraham. Si bien Herodoto visito realmente la Babilonia histórica, en los siglos XVI y XVII se pierde la memoria real de estos lugares proponiéndose otras alternativas tanto para la ciudad como para la torre. Entre 1563 y 1581 Cesare de Federici, un comerciante veneciano que realiza un viaje a la India oriental, identifica Bagdad con Babilonia y la Torre de Babel con unas ruinas en ‘Aqarquf a las que llamó Nimrud, confundiendo las ruinas del zigurat de Dur-Kurigalzu con la ansiada torre. Esta interpretación fue mantenida por los viajeros que visitaban la zona, llegando el comerciante inglés John Elred a medir el monumento y tomar notas de la técnica constructiva sobre las ruinas de Birs Nimrud en su viaje en 1583. Esta teoría cobró fuerza, ya que entre 1761-1767 el matemático danés Karsten Niebuhr visita la zona y llega a la misma conclusión con la obra de Herodoto en la mano. Pero no fueron estas los únicos emplazamientos propuestos: en 1616 el caballero romano Pietro della Valle exploró el sitio de Tell Babill, al norte de Bagdad pensando que la toponimia podría ser un indicador de la presencia de la torre. Esta localización fue puesta en duda por el abad Joseph de Beauchmap vicario general en Bagdad en 1781 quien localiza el emplazamiento clásico de Babilonia llegando incluso a sacar algunos ladrillos de colores de la puerta de Isthar. Desde principios del XIX con el crecimiento de los intereses económicos de los británicos en Oriente se instalan en Bagdad y en Basora las oficinas de la Compañía de las Indias Orientales para controlar el comercio de la India, acudiendo a la sede de Bagdad intelectuales como el pintor Robert Ker Porter, quien llegó incluso a describir las fases de construcción de la Torre de Babel a la que identificaba con Bis Nimrud. Cabe precisar que la rivalidad comercial entre Inglaterra y Francia se reflejó en sus misiones arqueológicas en Oriente disputándose el hallazgo de la Torre de Babel, pero no sería hasta la intervención del alemán Koldewey cuando se identificaron, tanto la ciudad de Babilonia con su avenida procesional, con leones y dragones esmaltados ( que se conservan en el Museo de Pérgamo, Berlin); como las estructuras de adobe del zigurat Etemenaki, el Templo de la Creación del Cielo y la Tierra dedicado al dios Marduk mencionado en el Código de Hammurabi. De finales del siglo XII a.C. es un texto conocido como “Tintir”, donde se describe Babilonia como centro del mundo y dentro de la topografía religiosa de la ciudad el barrio de Eridu, donde se sitúa el Etemenaki , la réplica del Ešarra, la “Casa de la totalidad”. Este templo fue destruido por Senaquerib en el 689 a.C. y reconstruido por Nabucodonosor II como un zigurat de siete pisos con un templo de lapislázuli dedicado a Marduk en una cima que llegaba hasta el cielo como se menciona en diversas inscripciones del periodo. Aunque el edificio parece que estuvo en pie en la visita de Herodoto en el 469 a.C., luego del castigo del persa Jerjes tras la sublevación del 482, en el 331 a.C. cuando Alejandro establece en Babilonia la capital de su imperio, el edifico estaba en ruinas. A pesar de las imágenes sobre la torre de Babel que existen, tanto en la literatura como en el arte, no se ha encontrado ningún registro que indique como lucía. El relato del Génesis no hace mención a su destrucción ya que solo habla que la construcción quedo abandonada. Sin embargo en otras fuentes, como el Libro de los Jubileos (cap. 10 v.18-27), Alejandro Polihistor (frag. 10), Abideno (frags. 5 y 6), Flavio Josefo (Antigüedades 1.4.3) y los Oráculos sibilinos (iii 117-129), se dice que Dios derribo la torre con un gran viento. En el Midrash, se dice que la parte superior de la torre fue quemada, la parte inferior fue tragada por la tierra y el medio se dejó en reposo para erosionarse con el tiempo, por lo que hoy al igual que el Arca de Noe, “desapareció” de la historia.

viernes, 30 de mayo de 2025

VIKINGOS: Los primeros exploradores del África

Pensemos en los vikingos y nos viene a la cabeza aquellas hordas nórdicas que desataron el terror en toda Europa, atacando por sorpresa, saqueando y matando a todos los que estuvieran a su paso, llegando a cruzar Rusia y sitiar por sorpresa Constantinopla, aunque no llegaron a tomarla. Sus ansias de aventuras los llevaron incluso hasta las costas de Terranova y fundar Vinlandia (Canadá) en el Nuevo Mundo, adelantándose por siglos a la gesta de Cristóbal Colon. Sin embargo, hubieron dos vikingos quienes lideraron su propio asalto - condenado al fracaso - en un territorio mucho más al sur: Marruecos. Se trata de una historia poco conocida y del que no tenemos mucha información por parte de los vikingos, pero si de sus victimas, en este caso los musulmanes, quienes al momento de estos ataques, controlaban casi toda la península ibérica, a excepción de una región ubicada en el noroeste de España: Galicia. Cabe precisar que "moros" es un nombre común que se le daba a las personas de ascendencia árabe o bereber que habían vivido en una zona conocida como Mauritania desde la época romana. Este no era el país del mismo nombre que conocemos hoy, sino una gran extensión del norte de Marruecos. Para cuando los vikingos se aventuraron más al sur, el norte de África también era musulmán. En el año 859, una flota de 62 barcos vikingos partió del Loira con destino a Iberia. Al frente de ella se encontraban dos jefes de los que se sabe poco. Uno era Björn Järnsida, cuyo nombre suele traducirse como Björn Ironside; el otro era un extraño personaje llamado Hastein según la mayoría de las fuentes. Björn Ironside era hijo de Ragnar Lothbrok , un rey danés y sueco que dirigió numerosas incursiones en las Islas Británicas en el siglo XIX. Como era costumbre en aquella época, Lothbrok envió a sus hijos más jóvenes a participar en esas incursiones para que no le causen problemas en casa, como querer arrebatarle el trono. Ironside partió con una gran flota hacia Francia, y que fue testigo de innumerables incursiones vikingas a principios de la Edad Media. Lideró un asalto a París y construyó su propia fortificación con vistas a Ruán. Su base se encontraba principalmente en torno al Sena. Entretanto, se menciona a Hastein como el padre adoptivo de Ironside. Sabemos poco de su vida anterior, salvo que era danés y que ambos hombres participaron codo con codo en numerosas incursiones por Francia. Sus aventuras los llevaron primero al reino de Asturias, ubicada al norte de España, donde fueron derrotados. Con la esperanza de tener mejor suerte más al sur, navegaron por toda la Península, realizando escaramuzas en los alrededores de Lisboa, hasta llegar a Andalucía, donde se dirigieron tierra adentro hacia Sevilla. Pero al ser detenidos por los musulmanes, continuaron hacia el sur, rumbo a Algeciras. Allí, encontraron menor resistencia, por lo que incendiaron la mezquita local y procedieron a navegar por el estrecho de Gibraltar que separa Europa de África, la puerta de entrada al Mediterráneo desde el Atlántico. Fue entonces cuando comenzó la breve aventura vikinga en Marruecos. Alrededor del año 859 d.C., los vikingos ya habían establecido los primeros contactos con las culturas africanas. En el Libro de caminos y reinos, un texto de geografía del siglo XI (un texto fragmentado y que ha dado pie a numerosas interpretaciones), el geógrafo, botánico e historiador hispanoárabe Abu Abdullah al-Bakri describe a los vikingos como majus, un término utilizado para definir a los paganos y a los adoradores del fuego. Cuando Hastein, Ironside y sus hombres continuaban saqueando el corazón de Marruecos, llegaron a una ciudad conocida entonces como Nekor. Fundada 200 años antes por Idris ibn Salih, reconocido a su vez como el fundador histórico de Marruecos, Nekor era el centro cultural, aunque ya no político, de la región del Rif. Definida y bautizada en honor a las montañas del Rif, Nekor personificaba la civilización musulmana contra la que los vikingos llevaban meses luchando. La ciudad fue tomada y saqueada durante ocho días, siendo sus habitantes capturados para venderlos en los mercados de esclavos de Irlanda, en un punto determinado del río Liffey. Allí se estableció el gran asentamiento vikingo que con el tiempo dio lugar a la actual Dublín, capital de Irlanda. El asalto de Nekor es también mencionado por la crónica de Abdullah al-Bakri que lo describe así: "Majūs, que Dios los maldiga, llegaron a Nakūr en el año 244 (858–859). Tomaron la ciudad, la saquearon y esclavizaron a sus habitantes, excepto a los que se salvaron huyendo. Hoy en día, no queda nada de la ciudad de Nekor, ya que sus restos yacen enterrados bajo las aguas de la presa de Abdelkrim Khattabi. La ciudad actual más cercana es Bni Bouayach, a medio camino entre Tánger y la actual frontera con Argelia. En total, los nórdicos permanecieron en Nekor durante ocho días, decidieron que ya habían tomado todo lo que necesitaban, se dirigieron a la costa en dirección al sur de Francia. Cruzando el Mediterráneo, llegaron a Córcega para pasar el resto del invierno en la isla, antes de atacar Narbona y Nimes. Posteriormente, los vikingos causaron estragos en Italia, abriéndose paso hasta la ciudad de Luni, en el sureste de Liguria, pero sin llegar hasta Roma, que era la intención original. Continuaron hacia el este y luego regresaron a lo largo de la costa norteafricana. Los detalles de este viaje de regreso son escasos, salvo que recogieron más esclavos, pero luego se encontraron con tormentas cerca del Estrecho de Gibraltar. Cuando regresaron a su base en el Loira, sólo quedaban 20 barcos de los 62 de la flota original. Mucha gente había sido desarraigada, ya sea llevada como esclava a Irlanda, mientras que a algunos vikingos que se convirtieron al Islam, se les permitió establecerse en Jerez de la Frontera, cerca de Cádiz. Es pura conjetura, pero pasado 500 años, quizás descendientes de estos vikingos navegantes se encontraban entre los marineros que partieron con Cristóbal Colón rumbo al Nuevo Mundo en 1492...
actualidad cultural
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