TIEMPOS DEL MUNDO

viernes, 17 de febrero de 2017

DESENTERRANDO EL PASADO DE SUDAN: ¿Evidencias de una civilización desconocida?

Una noticia dada a conocer a inicios de semana, indica que el arqueólogo suizo Charles Bonnet y su equipo han desenterrado en Sudán tres templos ‘de miles de años de antigüedad’ que podrían ayudar a revelar algunos de los secretos de la África antigua, un tema que ha desafiado a investigadores durante mucho tiempo. En efecto, según publica The Guardian, Bonnet explicó que las estructuras redondas y ovales, que datan de entre 1500 y 2000 a.C., fueron descubiertas a finales del año pasado en Dogi Gel (Colina Roja) cerca de Kerma, la capital del reino de Nubia, actual Sudán, donde el equipo arqueológico lleva a cabo excavaciones desde hace 50 años. "Esta arquitectura es desconocida… no hay ejemplos en África Central o en el valle del Nilo de la misma", afirmó Bonnet y agregó que la arquitectura de Kerma es de forma cuadrada o rectangular, mientras que en Dogi Gel las estructuras son redondas. "Nadie conoce esta estructura. Es completamente nueva", aseguró el científico suizo y señaló que las que encontraron no se parecen a la arquitectura egipcia o nubia - que ilustra nuestra nota - las mayores influencias en la región. Durante esta última excavación, Bonnet afirmó también haber descubierto ‘enormes fortificaciones’ en Dogi Gel, otro hallazgo que indica que aún queda mucho por descubrir en el lugar. "Esto significa que esta parte del mundo fue defendida por una coalición, probablemente del rey de Kerma, con gente procedente de Darfur y del centro de Sudán" contra los antiguos egipcios, que estaban interesados en controlar el comercio en África Central. El arquitecto espera que sus nuevos descubrimientos puedan ayudar a entender algunos de los misterios más antiguos del continente africano. "Estamos descubriendo un nuevo mundo y es el mundo africano ", concluyó. Conocido antiguamente como Nubia, fue muy influenciado por los antiguos egipcios, quienes ejercieron su dominio en la zona. Para los egipcios, Nubia era “Tai-Seiti” (la tierra de la “gente del arco”), población difícilmente subyugada, ya que sabían utilizar sus arcos y flechas. Nubia fue conquistada por Dyer (3000 a. C.), el tercer faraón de la Dinastía I. Más adelante, el faraón Seneferu, de la Dinastía IV, predecesor de los faraones que construyeron las pirámides de Guiza, ordenó inscribir que invadió Nubia y trajo a 100 000 cautivos y más de 200 000 cabezas de ganado. Este hecho refleja la codicia de Seneferu, pero también es indicio de la próspera población Nubia. Durante el Tercer periodo intermedio de Egipto (1085 -750 a. C.), Nubia recuperó su independencia. Se constituyó entonces un reino kushita que iba a perdurar durante unos mil años. En el siglo VIII a. C., los nubios Shabako, Taharqoy Pianjy vengaron a sus antepasados y condujeron sus carros de guerra hasta Egipto para tomar en Menfis la Corona Doble del Alto y Bajo Egipto, fundando la dinastía XXV. Permanecieron en el trono 67 años hasta su expulsión por los egipcios, quienes recuperaron su independencia. De los egipcios, los nubios adoptaron muchas costumbres, como su religión, su cultura … y sus pirámides. No cabe duda que con este nuevo descubrimiento, sabremos algo más del modo de vida de quienes compartían el territorio y de lo cuales apenas sabemos algo de ellos.

viernes, 10 de febrero de 2017

1917. ROMANOV & REVOLUTION: Amsterdam recuerda a Nicolás II en el centenario de su abdicación

El Hermitage de Ámsterdam presenta una exposición que ahonda el reinado del último Zar de Rusia Nicolás II y la agitación social previa a su abdicación hace 100 años a través de objetos personales de los miembros de la Casa Imperial, pinturas y publicaciones de la época, en la única muestra que podrá verse en Europa Occidental. Como sabéis, la tragedia de los Romanov simboliza la transformación histórica operada en su país en el siglo XX. Joven e inexperto a la muerte de su padre, Alejandro III, al que sucedió con 26 años, mal aconsejado por sus ministros, reacio a las reformas e incapaz, por tanto, de administrar un territorio colosal minado por las profundas desigualdades sociales, el peso de la corona le sobrepasó. “No estoy preparado para esto. No sé nada de lo que es gobernar”, dijo, ante el cadáver de su progenitor. En el centenario de la Revolución Rusa de 1917, que instauro una sangrienta dictadura comunista y que en nombre del ‘socialismo’ cometió el mayor genocidio en la historia de la humanidad, con mas de 150 millones de victimas en su haber. ’Los Románov y la Revolución’ es una mirada íntima a la familia de Nicolás y la zarina, Alejandra, y a sus hijos: las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, así como de Alexei, el zarévich, brutalmente asesinados por orden de Lenin en 1918. La pinacoteca holandesa ha reunido 250 obras de la colección de su casa madre rusa, el Hermitage de San Petersburgo, el Archivo Estatal de Moscú y el Museo de Artillería de San Petersburgo, y presenta a un Nicolás “buen padre y esposo, pero mal gobernante”. A la sorpresa de una filmación de la boda de Nicolás y Alejandra, se suman escenas familiares en momentos de esplendor y duelo, incluido su arresto domiciliario tras la abdicación en 1917. Junto a la foto del cadáver del siniestro Rasputín, el guía espiritual de la zarina, que le creyó sanador de su hijo hemofílico, se ven cuatro grupos de recuerdos que persiguen al visitante: los dibujos y juguetes de los hijos de los zares, que tenían entre 14 y 23 años cuando fueron asesinados; el diario de su madre, con la última entrada fechada el 16 de julio de 1918, la noche antes del fusilamiento en el sótano de en la Casa Ipátiev; una de las bayonetas usadas para rematar a la familia y a cuatro sirvientes, y muchas fotografías: de la suntuosa coronación, en 1894, a las trincheras de la I Guerra Mundial, que desangró al país y destruyó el campo. Las dimensiones del Hermitage holandés han permitido reproducir El Pasaje, las galerías comerciales de San Petersburgo, abiertas en 1848. La recreación de sus escaparates devuelve la doble imagen de la sociedad en que se fragua la amenaza a la autoridad de los zares: a un lado, las exquisitas alhajas de Fabergé, el joyero de la nobleza y proveedor luego de armamento, o una profusión de jarrones art déco y delicados vestidos de seda y uniformes de gala; al otro, una resplandeciente colección de figuras de porcelana vestidas como en los distintos rincones del Imperio y carteles de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), un desastre para Moscú. Coronado en 1894, Nicolás II llevaba una década en el poder, y la catástrofe bélica, unida al Domingo Sangriento, cuando la Guardia Imperial disparó contra una manifestación de trabajadores a las puertas del Palacio de Invierno, desencadenó la Revolución de 1905. Poco después, el zar - que preside la muestra en un retrato del pintor realista Ilya Repin - tuvo que prometer reformas constitucionales y aprobar la creación de la Duma (asamblea legislativa), que luego disolvió sin pensar que eso encrespaba más a los grupos que al final le derrocaron en 1917 y llevaron a la creación de la Unión Soviética. Superadas las galerías, el museo invita a introducirse en un túnel del tiempo blanco, negro y rojo, que entre cuadros, ilustraciones e iconos, avanza hacia la desaparición de una dinastía de 300 años, que muchos creyeron que era definitiva, pero cuya memoria ha renacido en la nueva Rusia surgida tras el derrocamiento de la dictadura comunista en diciembre de 1991, con la restauración de los símbolos imperiales zaristas y la rehabilitación de Nicolás II y su familia, quienes fueron canonizados por la Iglesia Ortodoxa Rusa y cuyos restos por fin encontraron descanso eterno en la Cripta de los Romanov en la Catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo por iniciativa del entonces presidente Boris Yeltsin.”‘Los comunistas quisieron destruir a los Romanov, pero fracasaron en su intento y fueron precisamente ellos quienes terminaron en el basurero de la historia” aseveró el líder ruso en la ceremonia. En cuanto a la exposición, esta permanecerá abierta hasta el 17 de septiembre y luego volverá a San Petersburgo. De momento no está previsto que se vaya a presentar en otra ciudad europea.

viernes, 3 de febrero de 2017

EGIPTO: Un museo que sobrevivió a la barbarie

El Museo Islámico de El Cairo, uno de los más completos del mundo en arte medieval de la civilización islámica, reabrió sus puertas al público tres años después de que un brutal atentado contra una comisaría de policía adyacente destruyera parcialmente su fachada y varias piezas de su colección. “De las 179 obras dañadas por la explosión, tan solo 10 no han podido ser reparadas, ya que estaban hechas de cristal o cerámica y quedaron hechas trizas” relató a The Telegraph Ahmed al Shoki, director de una institución que ha renacido de sus cenizas. La pronta restauración del museo, que se encuentra en un precioso edificio de estilo neo-mameluco cercano al popular zoco turístico de Jan al-Jalili, ha sido posible gracias a la movilización de la comunidad internacional, que ha aportado tanto fondos como asistencia técnica a esta empresa “Esta inauguración encarna la victoria de Egipto sobre el terrorismo y su capacidad y voluntad de reparar lo que el terror dañó y enfrentarse a los intentos de destruir su patrimonio” declaró por su parte el ministro de Antigüedades Jaled al Anani durante la ceremonia. Establecido por orden del jedive Ismael en 1880, el museo alberga la mayor colección de arte islámico del planeta. “Cubre todas las áreas por las que se expandió el islam, desde China hasta España”, presume Al Shoki, que ha dirigido desde el ataque la titánica tarea de curar el recinto. “Ha sido una labor agotadora. Los restauradores trabajaron sin descanso”, admite. Entre las alhajas rescatadas del naufragio, figura un mihrab de madera (nicho que en las mezquitas indica la dirección hacia La Meca) perteneciente a Sayeda Ruqaya, una de las descendientes del profeta. “Es una obra maestra de época fatimí que quedó completamente destrozada. Los conservadores extranjeros reconocen que es un trabajo sobresaliente”, se jacta Al Shoki, una sentencia que secunda Hamdi Abdelmenen, responsable del departamento de restauración, mientras deambula por las remozadas estancias del centro. “Son 180 piezas las que resultaron dañadas. Todas han sido recuperadas salvo una decena de objetos de vidrio que se hallan en muy mal estado. No nos damos por vencidos y estamos tratando de rescatarlos”, desliza el experto. Para levantar acta de un esfuerzo que alimenta el orgullo patrio, una etiqueta roja identifica aquellas vitrinas en las que lucen los objetos que desfilaron por quirófano. Reabierto al público, quienes peregrinen hasta su interior podrán contemplar sellos y objetos para medir la distancia y el tiempo; alfombras; armas; una breve muestra del arte funerario; una cotizada colección de instrumentos de astronomía, química y cirugía usados durante el medievo en el mundo musulmán y joyas como una vasija de bronce de la época del califa Maruán Ibn Mohamed (744-750 d.C.), un Corán de la época de los Omeyas escrito sobre una piel de gacela y el dinar de oro más antiguo descubierto hasta la fecha (696 d.C.). La misión de recomponer el puzle y remendar las entrañas del museo ha contado con una larga retahíla de mecenas. Emiratos Árabes Unidos, que hace una década levantó a golpe de petrodólares su propio Museo de la Civilización Islámica, desembolsó 50 millones de libras egipcias (unos 5 millones de euros al cambio de entonces). La UNESCO aportó 100.000 dólares (unos 95.000 euros) para restaurar los laboratorios de la institución mientras que Italia donó 800.000 euros empleados en adquirir las nuevas vitrinas y formar al equipo de conservadores. EEUU y Suiza corrieron con los gastos de rehabilitar la fachada de un edificio inaugurado en 1903 y emplazado en las inmediaciones de la plaza de Bab el Jalk, a las puertas del barrio islámico en cuyo laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas, entre mezquitas y bellos inmuebles medievales, Naguib Mahfuz situó sus historias. Asimismo, el Smithsonian de Washington y el Metropolitan de Nueva York enviaron sus expertos a El Cairo con el fin de remendar las obras dañadas. La resurrección del museo también ha servido para revolucionar el plano de unas salas que fueron sometidas a una amplia y costosa reforma entre 2003 y 2010. A juicio de sus responsables, aquel remozado - que alumbró estancias diáfanas - solo dejó satisfechos a sus artífices europeos. “Se perdió el alma árabe. Estaba claramente ideado por extranjeros. Para hacerlo más bello, se mezclaron objetos y las traducciones al inglés y el francés no eran precisas”, se queja Al Shoki, feliz de firmar el ajuste de cuentas. “Repensamos todo el espacio expositivo. Hemos añadido catorce vitrinas que, repartidas en 25 salas, albergan 4.400 piezas”, detalla el director. Un extenso inventario que a través de preciados objetos de madera, yeso, metal, cerámica, cristal o tela reconstruye el arte y la vida de la civilización de Alá. “Somos los que mejor conocemos nuestro legado y trataremos de preservarlo para la eternidad”, concluye Al Shoki.

viernes, 27 de enero de 2017

NUEVA YORK: Un paseo por la cima de Manhattan

Conocida como la ciudad de los rascacielos, uno no deja de sorprenderse al ver los altísimos edificios que no dejan de crecer en su paisaje. He tenido la oportunidad de visitarla en varias oportunidades pero ni aun así, he llegado a conocerla en su integridad. Es tan grande que te pierdes fácilmente en ella. En esta ocasión, haremos un rápido recorrido por los símbolos más icónicos de la ciudad ¿vale?: 1.- Empire State Building (1931, 381 metros) Igual que el Martini, un buen filete y el jazz, este rascacielos de la época de la Gran Depresión nunca envejece. Quizá el edificio Chrysler sea más bonito y el One World Trade Center y el 432 Park Avenue sean más altos, pero el que domina el perfil de Nueva York sigue siendo el Empire State, obra del estudio Shreve, Lamb and Harmon. También es, probablemente, el más cinematográfico: ha aparecido en más de 100 películas, desde King Kong a Independence Day. Subir a su mirador es una experiencia tan neoyorkina como comer un sándwich de pastrami en Katz’s Delicatessen. El Empire tiene dos miradores. El de la planta 86, al aire libre, tiene telescopios que funcionan con monedas para escudriñar la metrópoli. El de la acristalada planta 102 permite ver divisar la ciudad desde mayor altura y contemplar los cinco distritos de Nueva York (si el tiempo lo permite) 2.- Edificio Flatiron (1903, 87 metros) Considerado el primer rascacielos de Nueva York, el Flatiron –20 pisos y planta triangular – fue el edificio más alto del mundo hasta 1909. Lo diseñó Daniel Burnham en 1920, con la forma de proa de un gran barco. También es conocido, y fotografiado,
por su ornamentada fachada beaux arts de piedra caliza y terracota, construida sobre una estructura de acero, que resulta más compleja y bonita cuanto más se mira. El mejor lugar para observar el edificio es la isleta peatonal al norte de la calle 23rd St, entre Broadway y la Quinta Avenida. Cuando fue levantado, dominaba toda esta plaza. Aunque se planea transformar el Flatiron en un lujoso hotel de cinco estrellas, aún se está esperando a que los últimos inquilinos lo abandonen. Mientras tanto, en la planta baja hay un espacio artístico acristalado en el que se muestran obras de artistas invitados. 3.- Edificio Chrysler (1930, 319 metros) El rascacielos más elegante de Manhattan se inspira en los automóviles de su época, con una decoración de acero que incluye gárgolas que se inspiran en los adornos habituales en los capós de los coches antiguos. Con sus 77 pisos, es una obra maestra arquitectónica que fusiona art déco y estética gótica, adornado con águilas de hierro y una aguja que recuerda al peinado de Elsa Lanchester en La Novia de Frankestein. Fue diseñado por William Van Alen en 1930 como sede del imperio automovilístico de Walter P. Chrysler. Incapaz de competir con la cadena de montaje con sus rivales Ford y General Motors, Chrysler les superó en el perfil de la ciudad y con uno de los vestíbulos más bonitos de Gotham City – alter ego de Nueva York en cómics y películas –, que se puede contemplar en Lexington Avenue con la calle 42, en el Midtown East. A pesar de que el edificio Chrysler no cuenta con restaurante ni mirador, el lujosohall de acceso lo compensa con creces. Está envuelto en un brillo ámbar, con un aire años 20, entre exótica madera oscura africana y mármol, en contraste con el suntuoso acero forjado a mano de la era industrial estadounidense. Los ascensores son preciosos,
con motivos de flores de loto egipcias taraceados en madera de fresno japonés y nogal oriental. Las mejores vistas del Chrysler se obtienen en la esquina entre la Tercera Avenida y la calle 44, desde donde se aprecian el esbelto perfil del edificio, las gárgolas y la aguja. 4.- Citigroup Center (1974-1977, 279 metros) Con su sorprendente tejado triangular y una fachada que recuerda a un bastón de caramelo, el Citigroup Center (139 53rd St en Lexington Ave, Midtown East), obra de Hugh Stubbins con 59 plantas, marcó la transición desde la sobriedad de los tejados llanos al estilo internacional. Aún más innovadora es la base, cortada en las cuatro esquinas para dejar el edificio suspendido sobre unos cimientos en forma de cruz. Esta configuración tan inusual permitió la construcción de la iglesia luterana de St. Peter, en el lado noroeste del edificio, en sustitución del templo neogótico original, demolido durante la construcción. 5.- Torre Hearst (2003-2006, 182 metros) Construida por Norman Foster, es una de las obras más ingeniosas de la arquitectura contemporánea. Su diseño de paneles diagonales recuerda a un irregular panal de vidrio y acero, algo que se aprecia mejor de cerca y desde un ángulo determinado. La torre se alza en el hueco interior del edificio Hearst Magazine, de piedra artificial, proyectado originalmente por John Urban en 1928, quien lo concibió como un rascacielos. La estructura, de 46 pisos, es una de las creaciones más ecológicas de la ciudad; el 90% de su acero procede de materiales reciclados. El vestíbulo alberga el mural Riverlines, de Richard Long, confeccionado con barro de los ríos Hudson (Nueva York) y Avon (Inglaterra). 6.- Bank of América (2004-2009, 366 metros)
Esta torre con forma de cristal es famosa por sus credenciales ecológicas; una planta de combustión limpia que satisface en torno al 65% de las necesidades eléctricas anuales del rascacielos; filtros de aire con detectores de dióxido de carbono que incrementan la ventilación y mantienen el aire lo más limpio posible, y hasta ascensores programados para evitar viajes vacíos.La maqueta, de 58 plantas, diseñada por Cook Fox Architects, recibió en 2010 el galardón que concede anualmente el Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano de Estados Unidos. 7.- One World Trade Center (2014, 541 metros) El rascacielos más alto de Nueva York se ha convertido en pocos años en uno de los iconos de la ciudad, con sus 104 plantas. Obra de los arquitectos David Childs y Daniel Libeskind, simboliza el renacimiento, la determinación y resistencia de una ciudad. No es otro rascacielos más, sino un gigante cargado de simbolismo, muy consciente del pasado, pero que también mira al futuro. Es la nueva parada obligada para disfrutar de inolvidables vistas de la ciudad. Se puede subir a toda velocidad en un ascensor de cristal y disfrutar de las vistas de la ciudad a más de 100 pisos del suelo. Con 541 metros, no es solo el edificio más alto de Estados Unidos, sino de todo el hemisferio occidental y el cuarto del mundo, gracias a la aguja que lo corona. El rascacielos alberga la plataforma de observación más alta de la ciudad. Aunque abarca del piso 100 al 102, la experiencia empieza en el Global Welcome Center, en la planta baja, donde cada país de los visitantes se ilumina en un mapamundi electrónico. En la planta 100 el viajero puede disfrutar de unas vistas panorámicas de 360 grados desde donde se ven todos los puntos de interés de la ciudad, desde los puentes de Brooklyn y Manhattan hasta la Estatua de la Libertad y sus edificios más representativos.
NEW YORK timelapse from dimid on Vimeo.

viernes, 20 de enero de 2017

EL CAPITOLIO DE LOS EE.UU.: Símbolo de una nación

Este viernes 20 de enero en el que el magnate Donald Trump asume el mando como 45 Presidente de los EE.UU. es una magnifica oportunidad para referirnos a ese imponente edificio que domina Washington y en cuyas escalinatas jurara al cargo. Nos referimos al Capitolio, que es el lugar de encuentro para el Congreso de EE.UU. Su construcción comenzó en 1793, con numerosas renovaciones hechas a lo largo de dos siglos. Varios arquitectos ayudaron a diseñarlo, y que sobrevivió a un ataque británico en 1812 cuando fue incendiada. Originalmente iba a ser diseñado por Pierre Charles L'Enfant, pero fue retirado del proyecto en 1792. Thomas Jefferson y George Washington lanzaron un concurso, ofreciendo US$500 y un terreno en la ciudad, a la persona que propusiera un diseño luego del despido de L'Enfant. Un médico escocés con el nombre de William Thornton presentó su plan cuando la competencia había llegado a su fin. Su diseño fue aceptado por George Washington y los miembros de la Comisión del Edificio Federal. La construcción del Capitolio comenzó el 18 de septiembre de 1793, cuando George Washington puso la primera piedra en la esquina sureste del edificio. Los arquitectos Stephen H. Hallet y George Hadfield inicialmente estuvieron a cargo de la supervisión de la construcción, pero finalmente fueron despedidos por desacuerdos creativos. James Hoban se hizo cargo del trabajo en el ala norte, donde tuvo lugar la primera sesión del Congreso en 1800. Benjamin Henry Latrobe se hizo cargo de la construcción en 1803, terminando el ala sur y norte, que estaban conectadas por un pasadizo de madera. Las tropas británicas prendieron fuego al Capitolio el 24 de agosto de 1812, durante la Guerra de 1812. En 1815, Benjamin Latrobe regresó a Washington para hacer las reparaciones y renovaciones. Antes de renunciar en 1817, Latrobe hizo cambios en el interior del edificio, incluyendo la adición de mármol. En 1818, el arquitecto Charles Bulfinch se hizo cargo del proyecto de reconstrucción y en 1819 el Tribunal Supremo así como las salas de la Cámara y el Senado estaban listas para su uso. Numerosas remodelaciones se han hecho al Capitolio desde que la construcción comenzó en 1793, incluyendo una expansión global a mediados del siglo XIX debido al tamaño creciente del Congreso. Más habitaciones se añadieron entre 1958 y 1962, y otras restauraciones fueron terminadas en 1993. El Centro de Visitantes del Capitolio se completó en 2008 para dar a los turistas una visión del funcionamiento interno del propio Capitolio. Desde 2010, el Capitolio tiene una longitud de más de 751 pies (228,9 m) y una anchura de 350 pies (106,68 m). La cúpula en la parte superior del Capitolio está construida con 8.9 millones de libras (3.8 millones kg) de hierro fundido y esta coronada con la estatua de la libertad. La Rotonda del Capitolio se localiza justo debajo de la gran cúpula de dicho edificio. Se considera el "corazón simbólico y físico" del Capitolio. En ella se exhibe una gran colección de arte estadounidense; frescos, pinturas históricas y estatuas. También se celebran allí los funerales de estado de los expresidentes y otras personalidades. En 1856 el artista italoestadounidense Constantino Brumidi diseñó los muros de los pasillos del primer piso del ala del Senado. Los pasajes, hoy conocidos como los corredores Brumidi, reflejan grandes momentos y personajes de la historia de Estados Unidos. Los murales originales incluyen escenas y alegorías de la vida de Benjamin Franklin, John Fitch,Robert Fulton y acontecimientos históricos como la compra de Luisiana. También están dibujados en una pared, animales, insectos y flores endémicas de los Estados Unidos. Brumidi incorporó un área para acontecimientos memorables del futuro y hoy se encuentran ahí representados el avión Espíritu de San Luis, la nave espacial Apolo llegando a la luna y la nave espacial Challenger. Brumidi también trabajó en el fresco de la cúpula. El mural en el techo muestra el llamado Apoteosis de George Washington. Alrededor del mural en el techo se ve una corta cronología pictórica del país. El mural comienza con una imagen de Cristóbal Colón llegando a América y termina con una pintura del primer vuelo del avión Kitty Hawk de los hermanos Wright. La pintura fue realizada entre los años 1878 y 1987 por cuatro pintores: Brumidi, Filippo Castoggini, Charles Ayer Whipple y Allyn Cox. Debajo de la cúpula hay ocho pinturas de la historia del país. En el lado este hay cuatro pinturas sobre los orígenes de Estados Unidos como nación: El Bautismo de Pocahontas por John Gadsby Chapman, El Desembarco de los Peregrinos en Plymouth por Robert W. Wier, El Descubrimiento del Río Misisipi por William H. Powell, y La llegada de Cristóbal Colón por John Vanderlyn. Declarado como Monumento Histórico Nacional el 19 de diciembre de 1960, el Capitolio tiene mucho que mostrar y es una parada obligatoria para quien visita la capital estadounidense.
actualidad cultural
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