SONIDOS DEL MUNDO

viernes, 26 de diciembre de 2025

EL CONCIERTO DE AÑO NUEVO DE LA ORQUESTA FILARMONICA DE VIENA: Innovación y tradición

El 1 de enero del 2026, Yannick Nézet-Séguin toma la batuta para dirigir el célebre Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, que cumple su 86 edición en su tradicional ubicación: la Sala Grande o Sala Dorada (Große Saal o Goldener Saal) de la Sociedad Musical, el Musikverein, de la capital austríaca. Cabe precisar que en el concierto del 2026 se incluirán cinco estrenos de piezas nunca representadas en este recital, entre ellas obras de dos compositoras. Como sabéis, el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena se celebra cada año desde 1941 - gracias a una genial iniciativa del ministro de Propaganda del III Reich, Joseph Goebeels, al cual por entonces pertenecía Austria - el día 1 de enero por la mañana, en la Sala Grande o Sala Dorada (Große Saal o Goldener Saal) de la Sociedad Musical, la Musikverein de Viena, adornada con las flores frescas de los jardines de la ciudad. Según la tradición, la música es principalmente de la familia Strauss: Johann Strauss padre, sus hijos Johann, Josef y Eduard, y el hijo de éste, Johann Strauss III. Desde 1959 es una producción de la televisión austriaca ORF, en coproducción con la Unión Europea de Radio-Televisión (UER-EBU-Eurovisión), que la retransmite a más de 150 países de todo el mundo, con una audiencia de más 50 millones de espectadores a través de la televisión y el streaming. El próximo concierto comenzará con la obertura de la opereta Indigo y los cuarenta ladrones, para después escuchar, por primera vez en este evento, el vals Cuentos del Danubio de Carl Michael Ziehrer, la polka Brausteufelchen de Eduard Strauss y el Malapou-Galoppe de Joseph Lanner. En cuanto a las dos obras de compositoras, en la segunda parte del concierto se interpretará la polka Canciones de Sirenas de Josephine Weinlich (1848-1887), quien fundó en Viena la primera orquesta femenina de Europa, y el vals Arco iris de la afroamericana estadounidense Florence Price (1887-1953). El director de la Filarmónica de Viena, Daniel Froschauer, informa que se ha seleccionado un programa "variado y animado". En el Musikverein también se podrán escuchar piezas de Strauss como la Polka de los diplomáticos, Rosas del Sur y la Marcha egipcia, que ya se habían interpretado en ediciones anteriores del concierto. La compañía del Ballet Estatal de Viena (Wiener Staatsballett) es una de las más importantes del mundo. Desde 2010 es el nombre de los conjuntos de danza de la Ópera Estatal de Viena (Wiener Staatsoper) y de la Ópera Popular de Viena (Volksoper Wien), protagonista destacado con sus actuaciones cada 1 de enero en el Concierto de Año Nuevo. Tras el programa principal, el concierto siempre termina con varios bises. Entonces los músicos desean colectivamente un feliz Año Nuevo (Prosit Neujahr) y tocan el vals de "El Danubio Azul" de Johann Strauss hijo, terminando con la "Marcha Radetzky" de Johann Strauss padre. En los últimos años han sido invitados a dirigir este concierto maestros como Georges Prêtre, Franz Welser-Möst, Zubin Mehta, Mariss Jansons, Gustavo Dudamel, Christian Thielemann, Andris Nelsons, Riccardo Muti y Daniel Barenboim. Como sabéis. el concierto que la Filarmónica ofrece cada 1 de enero celebra el nuevo año con música alegre, compuesta para fiestas y bailes en el siglo XIX. Los estilos de su repertorio son: Vals - En alemán “walzen” significa girar y este elegante baile, basado en un antiguo y pausado ritmo del Tirol, se popularizó en Viena a finales del XVIII, pasando después a París y al resto de Europa. Con compás de 3/4, su ritmo puede variar de lento a rápido; Polka - Danza popular originaria de la región checa de Bohemia donde surgió a principios del siglo XIX para triunfar en Praga. Deriva del minueto y tiene un compás de 2/4, siendo interpretada a un ritmo más rápido que el vals. Por eso se extendió enseguida por media Europa y los emigrantes la llevaron a América; Polka mazurca – Cruce cultural de la polka, esta danza era parecida a la mazurca que en Polonia empezó como baile de salón y se hizo rural, pero bailada al estilo de la polca y compuesta por muchos autores vieneses de mediados del XIX, como Johann Strauss hijo. Tiene un ritmo de 3/4 como el vals, aunque acentuado al revés; Marcha - Composición de ritmo binario o cuaternario, que puede considerarse danza andada, marca el movimiento y regula el paso de un grupo de personas, frecuentemente militares, quienes han de llevar el paso al marchar; Galope – Como una marcha rápida para caballería, se podría bailar con los pasos de una polka, pero a ritmo más trepidante. De origen popular, alrededor de 1825 se puso de moda como final de fiesta en salones de Praga y París; Scherzo – En italiano significa “escarceo” y nombra ciertos movimientos u obras musicales que solían tocarse de manera juguetona o graciosa. Deriva del minueto, la antigua y alegre danza barroca francesa; Cuadrilla - Composición de origen francés heredera de las antiguas contradanzas europeas. Se bailaba entre dos o cuatro parejas, en cuadrado, de ahí el nombre; Contradanzas – Originadas en las country-dances inglesas, antiguos bailes folk en fila de dos, devino contredanse en la corte francesa del XVIII para llegar a la Alemania de Mozart y Beethoven. Como podéis notar, existen motivos para no perdértela.

viernes, 19 de diciembre de 2025

OSCUROS ORÍGENES DE UNA FESTIVIDAD: ¿Por qué pasaron más de 300 años para celebrar la primera Navidad?

Como sabéis, millones de cristianos celebran este 25 de diciembre la Navidad, pero lo cierto es que en la Biblia -y específicamente los Evangelios, que es donde se narran episodios de su vida - no hay mención a una fecha específica de su nacimiento. De hecho, las primeras comunidades cristianas ni siquiera celebraban el nacimiento de Jesús. Para rastrear las menciones a esta festividad hay que remontarse recién al siglo IV después de Cristo (del año 300 al 400). Los historiadores tienen información certera de que, por entonces, la época en la que el Imperio romano se estaba convirtiendo a la religión cristiana oficialmente, tanto aquellos que creían en Jesús como los paganos - quienes adoraban múltiples dioses - tenían celebraciones en un mismo día: el 25 de diciembre. En esa época los cristianos empiezan a discutir sobre el origen y la humanidad de Jesús, y entonces empieza a tener importancia no solo celebrar la muerte y la crucifixión, sino también el nacimiento. Ya desde el siglo anterior, el III, se estaban haciendo cálculos para determinar cuál habría sido la fecha del nacimiento de Jesús y se habían barajado distintas alternativas correspondientes a los meses de junio, julio y hasta noviembre, entre otros. Posteriormente se fijaron dos fechas que continúan hasta el día de hoy: el 25 de diciembre, la principal, y la que tiene la rama oriental de los ortodoxos que es el 6 de enero, fecha en la cual, por cierto, los católicos celebran la adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús. Entonces comenzaron los señalamientos cruzados entre los cristianos, ya que cada parte defendía que su fecha era la correcta y que la otra rama se había inventado la suya. En el marco de esta disputa, en la Edad Media los ortodoxos, armenios y sirios acusaron a los católicos de que copiar una festividad pagana y que, por ello, no estaban celebrando el verdadero día del nacimiento de Jesús. Cabe precisar que por esas fechas había múltiples fiestas paganas, entre ellas la Saturnalia, en honor a Saturno, que era una de las más populares del Imperio romano. Sin embargo, el fin de esa celebración dedicada al dios de la agricultura y de las cosechas era el 23 de diciembre. Durante esa festividad, tal como explica la Enciclopedia Britannica, “se suspendían todos los trabajos y negocios. Los esclavos tenían libertad temporal para decir y hacer lo que quisieran y se suavizaban ciertas restricciones morales”. Y también durante esa celebración se entregaban regalos, una tradición que tuvo continuidad en la Navidad cristiana. El 25, por su parte, había una celebración importante dedicada al culto solar, un culto que ganó popularidad a finales del Imperio romano como una forma de alabar al emperador. Esta celebración del Sol Invictus era de gran majestuosidad, con festivales públicos en el Circo Romano y carreras de carros. Lo cierto es que los símbolos de ese culto al emperador y del culto cristiano se generaron en una misma cultura y las influencias son notorias. Un ejemplo son las aureolas de los santos, que provienen del culto solar, así como las coronas de los reyes medievales y las alusiones a la luz que existen en la simbología cristiana. La fijación de la fecha del 25 de diciembre podría hundir sus raíces en una cuestión que hoy llamaríamos de sociología pastoral, mediante la cual la Iglesia apropiaba en su favor las costumbres paganas del pueblo, pero revestidas ahora de “un sentido cristiano”. Al respecto, el teólogo y liturgista alemán Joseph Pascher -uno de los expertos que prepararon la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II- ha señalado que la elección de ese día responde a una razón clara y simple: se trata del solsticio de invierno, el día natal del Dios Solar. El Emperador Aureliano había decretado en esa fecha una fiesta en honor del “Sol Invictus”. El culto solar en su variante mitraica (los misterios de Mitra) era la única religión que aun podía competir con el creciente cristianismo en el ecúmene del Imperio Romano. A esta idea mística intentó también aferrarse Juliano el Apóstata, en un intento frustrado por revertir el giro de la historia, echando mano a aquellos ritos solares que, 1.500 años antes, había tratado de imponer en Egipto el faraón Amenophis IV: el Atón del disco solar, dios benéfico y vivificante en la Tierra y ordenador del Cosmos. El día venia elegido, así, con inteligencia y conformaba la psicología popular: en el solsticio invernal, el astro diurno se halla en su punto más bajo, y para la mentalidad primitiva, esa mengua presagia su ocaso, una derrota ante la potencia de las tinieblas. Pero, de a poco, se irán alargando los días, y el sol va ganando fuerza como astro invicto e invencible. Sin embargo, no fue fácil derogar la tradición pagana supérstite en la ciudad de Roma: todavía San León Magno (pontífice entre 440 y 461) dice haber contemplado de qué modo, aún sobre la escalinata de la mismísima basílica de San Pedro, los peregrinos “volvían su rostro al sol e inclinaban su cabeza en señal de reverencia al disco solar”. En suma, ante la falta de una fecha históricamente cierta del nacimiento del Redentor, la Iglesia apeló al simbolismo del Sol Invictus, personificado ahora en Cristo, Sol de Justicia, en una ciudad donde el 25 de diciembre era una festividad solar aceptada por la costumbre de la heliolatría antigua. En cualquier caso, queda muy evidenciado el origen romano de la fiesta. Pero hubo algunas opiniones diferentes acerca de cómo se llegó a esta efemérides natalicia del día 25 de diciembre. El liturgista Duchesne conjeturó que se había partido a la inversa, contando desde la fecha en que se databa la muerte de Jesús, que, según los Evangelios, fue inmediatamente antes de la Pascua judía (aunque los tres sinópticos -Mateo, Marcos y Lucas- difieren en un día respecto de la versión de Juan). La tradición patrística latina fue fijando esa fecha el 25 de marzo. De ahí que se supuso que Cristo, como “hombre perfecto”, solo habría vivido un “número perfecto” de años, ya que toda fracción se juzgaba deficiente. Entonces, continúa Duchesne, suponiendo que la concepción de Jesucristo fue el 25 de marzo, se estimó el 25 de diciembre como más probable día natal. Lo cierto es que la celebración local romana se propagó prontamente y comenzó a observarse en el resto de la Iglesia latina y también en el Oriente cristiano -paulatinamente en Constantinopla, Antioquía o Jerusalén y mucho más tarde en Egipto-, separada ya de la Epifanía, el 6 de enero. En suma, lo que comenzó como una festividad solar se transformó en una conmemoración del nacimiento de Cristo, adaptándose a diversas culturas, costumbres y creencias a lo largo de los siglos, y sigue evolucionando en el presente.

viernes, 12 de diciembre de 2025

PATRIMONIO EXPOLIADO: Tesoros a la espera de su devolución

Como recordareis, el pasado 1 de noviembre, Egipto inauguró oficialmente el Gran Museo Egipcio (GEM), un proyecto cultural de mil millones de dólares ubicado en la meseta de Giza, a pocos metros de las Pirámides. Con una superficie de casi 500.000 metros cuadrados, el GEM se considera el museo más grande del mundo dedicado a una sola civilización. Su característica más destacada es la colección completa de los tesoros del rey Tutankamón, ahora expuestos juntos por primera vez desde su descubrimiento en 1922. En total, el GEM exhibirá más de 50.000 objetos, provenientes de tres milenios de historia egipcia. Y no se trata solo de un evento cultural. Al consolidar su patrimonio en una institución de talla mundial, Egipto subraya su capacidad para preservar y presentar su propio legado, desafiando las centenarias afirmaciones occidentales de que “solo ellos podían ser los custodios de estos tesoros” ... robados previamente por ellos. Durante décadas, los museos occidentales han insistido en que los artefactos extraídos de Egipto durante la época colonial estaban más seguros en Londres, Berlín o París que en El Cairo. Este argumento, repetido incansablemente desde el siglo XIX, se basaba en la afirmación de que Egipto carecía de las instalaciones, la experiencia en conservación o la estabilidad política necesarias para cuidar tales piezas. Instituciones como el Museo Británico y el Neues Museum aún utilizan estas justificaciones hoy en día al oponerse a las solicitudes de repatriación. Sin embargo, la escala, la tecnología y la capacidad de conservación del GEM hacen que estas justificaciones sean obsoletas. El compromiso del GEM con la preservación es inigualable. Su centro de conservación, especializado en arqueología y el más grande de la región, limpió, restauró y preparó los 5398 artefactos de Tutankamón en laboratorios especialmente diseñados con control climático avanzado y protección sísmica. Al dedicar este nivel de tecnología y experiencia a su patrimonio, Egipto ha superado, sin duda, a muchas instituciones occidentales más antiguas. La pregunta ahora se vuelve moral: si Egipto pudo construir el museo más grande del mundo dedicado a una sola civilización, ¿por qué algunos de sus tesoros más emblemáticos aún permanecen en el extranjero? Tomemos como ejemplo la Piedra de Rosetta. Actualmente, el objeto más visitado del Museo Británico, esta losa de granodiorita supuso el avance que desveló los jeroglíficos del antiguo Egipto y abrió el camino a la egiptología moderna. Ver los tesoros restaurados de un rey redescubierto finalmente devueltos a su contexto legítimo hace aún más evidente la ausencia de la Piedra de Rosetta en El Cairo. Ese fragmento de la identidad de Egipto, la clave misma para comprender su pasado, permanece en suelo extranjero, exhibido como un trofeo de conquista. Pero la Piedra de Rosetta es solo el ejemplo más famoso. El mapa cultural de Egipto está plagado de ausencias: el Zodíaco de Dendera en el Louvre , el Busto de Nefertiti en Berlín y estatuas y relieves de granito dispersos por las capitales europeas. Durante décadas, los museos occidentales han defendido la conservación de artefactos extranjeros con términos como "patrimonio universal”, “historia humana compartida" y "acceso global". Sin embargo, muchos de estos tesoros - de Egipto, Grecia o de otros lugares - fueron retirados cuando sus países de origen se enfrentaron a la ocupación, la coerción o a desequilibrios de poder extremos. Los mármoles del Partenón, por ejemplo, fueron tallados para la Acrópolis de Atenas hace más de 2400 años y robados a principios del siglo XIX por agentes de Lord Elgin, embajador británico ante el Imperio Otomano. Desde 1983, sucesivos gobiernos griegos han exigido formalmente su devolución. Dado que la transferencia tuvo lugar bajo el dominio otomano, cuando Grecia no era independiente, muchos académicos cuestionan la legitimidad de cualquier "permiso". Esta disputa greco-británica es un paralelo a la situación de Egipto. Si Atenas puede presentar un caso concreto - con infraestructura moderna y amplio apoyo internacional - y aun así se le niega la restitución, Egipto podría esperar una resistencia similar cuando exija la devolución de sus antiguos tesoros. Lo que queda, por lo tanto, no es solo un debate sobre conservación, sino uno profundamente político: la restitución desafía estructuras arraigadas que se remontan a la redistribución colonial e imperial de la historia. Ahora que el GEM abre sus puertas luego de dos décadas de construcción, Egipto puede afirmar con credibilidad que su patrimonio está listo para regresar a casa, dejando a las instituciones occidentales sólo con excusas políticas, no prácticas. Casi todas las antiguas colonias occidentales, desde China hasta Chile, incluyendo África, Asia y Oriente Medio, se han enfrentado a una situación similar. Objetos invaluables extraídos durante periodos de ocupación o tratados desiguales permanecen en el extranjero, y los esfuerzos por recuperarlos se topan con resistencia. Desde Nigeria, que exige la devolución de los Bronces de Benín, hasta Etiopía, que reclama sus manuscritos saqueados, e India, que negocia esculturas de templos, el patrón es el mismo. Los objetos extraídos bajo la autoridad colonial o imperial se convierten en trofeos del ocupante, legitimados por leyes obsoletas o argumentos de "patrimonio universal", mientras que las naciones de origen se ven obligadas a hacer campaña, negociar o litigar durante décadas. Estos casos revelan la naturaleza sistémica del imperialismo cultural. El reconocido arqueólogo británico Dan Hicks ha descrito los museos británicos que albergan estos artefactos como "almacenes del colonialismo capitalista del desastre". En Londres, París, Berlín, Washington y otros lugares, estas instituciones no solo coleccionaban para fines académicos o de preservación, sino que cimentaban una jerarquía de poder que determinaba qué historias eran visibles, qué narrativas se contaban y qué voces se silenciaban. Los esfuerzos por recuperar el patrimonio cultural saqueado se desarrollan en un complejo marco global, definido en gran medida por las Naciones Unidas y su brazo cultural, la UNESCO. La Convención de 1970 de esta última, ratificada por la mayoría de las naciones del mundo, establece un principio claro: los bienes culturales pertenecen a su país de origen y las transferencias ilícitas son inaceptables. Como establece el Artículo 11: «Se considerarán ilícitas la exportación y la transferencia de propiedad de bienes culturales por obligación, resultantes directa o indirectamente de la ocupación de un país por una potencia extranjera». El Artículo 13(b) obliga además a los Estados Partes a «garantizar que sus servicios competentes cooperen para facilitar la restitución, lo antes posible, de los bienes culturales exportados ilícitamente a su legítimo propietario». La UNESCO puede facilitar el diálogo, brindar apoyo moral y técnico, y establecer normas globales, pero no puede obligar a museos ni a gobiernos a devolver artefactos adquiridos hace siglos. Esto significa que los países de origen tienen derechos morales y legales, pero su cumplimiento depende de la voluntad política de los estados e instituciones que actualmente conservan los objetos. La lucha por el patrimonio cultural expoliado es, en última instancia, una prueba para la conciencia global. En todos los continentes, las naciones exigen el reconocimiento de su propiedad histórica y la devolución de sus tesoros robados. Cada restitución exitosa desafía las jerarquías arraigadas establecidas por las potencias coloniales e imperiales, recordando al mundo que los museos y las instituciones no son árbitros neutrales de la historia, sino participantes activos en la configuración de narrativas. A medida que más países afirman su derecho a reclamar su patrimonio cultural, la pregunta no es si la restitución es posible, sino si el mundo está dispuesto a confrontar los legados del imperialismo cultural y actuar en consecuencia.

viernes, 5 de diciembre de 2025

EL HOMBRE DE ORO DE ISSYK: El ‘Tutankamón’ kazajo

Desdeñados por los científicos durante décadas, unos restos humanos hallados en un enterramiento cerca de la población de Issyk (a unos 60 km de la antigua capital de Kazajstán, Almaty) en 1970, fueron almacenados en una caja de cartón sin las medidas de seguridad pertinentes, para lamento de los investigadores actuales, que carecen del cráneo o de un solo diente para trazar su ficha genética. Se trataba del que hoy se conoce como el Hombre de Oro de Issyk, considerado desde entonces como símbolo de Kazajstán, el mayor Estado de Asia central. De origen iranio, los escitas fueron un pueblo nómada que dejó una radiante estela de su habilidad como jinetes, aproximadamente, entre los años 800 a. C. y 200 a. C., en una amplia franja de las estepas euroasiáticas, desde Europa oriental a Mongolia. Los textos cuneiformes aqueménidas informan de tres grandes grupos escitas: los tigrahauda (que llevaban tocados puntiagudos, como nuestro personaje), los haomowarga (así llamados por la bebida que preparaban, el haom) y los tiai-para-daraiya, esto es, los que vivían más allá del lago. De igual modo, Heródoto describió sus costumbres en Historias, pero la visión del griego, que dejó constancia de la importancia del oro en su cultura, se circunscribió a la zona de influencia del mar Negro a mediados del siglo V a. C. Dicho de otro modo, el llamado padre de la historia no estrechó la mano del hombre de oro de Issyk. Fue este un joven de un metro sesenta y cinco de estatura, que ostentó una posición de dominio en su ciudad y halló la muerte a los diecisiete o dieciocho años, entre los siglos IV a. C. y II a. C., en esa región kazaja del área de Zhetysu (Semirechye, tras su incorporación al Imperio ruso en el siglo XIX). Al sureste de Kazajistán, donde la cordillera de Tian Shan prodiga siete ríos que se pierden por las estepas, estas tierras hospedaron a un buen número de escitas durante la Edad del Hierro temprana, y no es descartable que algunos de ellos renunciaran al nomadismo y se dedicaran a la agricultura. La abundancia de kurganes sugiere, cuando menos, no solo un poblamiento permanente, sino también una prosperidad fruto del comercio, la guerra o el pago de tributos. Aunque los restos del hombre de oro, conocido popularmente como el Tutankamón kazajo, no nos digan nada, la suntuosidad de su caftán, su tocado y su ajuar resulta de lo más elocuente. Hablamos de más de cuatro mil ornamentos de oro, derroche que justifica sobradamente la denominación de “edad de oro” que se ha dado al período de la historia escita que va de los siglos VIII a. C. al III a. C. Los artesanos no escatimaron ninguna técnica (estampación, fundición, martillado, grabado, soldadura, granulado, pulido…) para armar el uniforme de este anónimo guerrero, vestido con pantalones ajustados de gamuza, chaqueta, botas altas sin tacón y una corona o tocado cónico (kulah), consustancial a todas las tribus escitas, aunque con ligeras variantes entre ellas. En su cotidianidad, estos pueblos debieron de ser más modestos, por lo que todo este alarde se orientaba exclusivamente a un uso funerario. “Cuando Kazajistán obtuvo su independencia, había una necesidad real de historia. De historia que se pudiera tocar e interpretar”, en palabras de la historiadora británica Shirin Akiner. Pues bien: este guerrero no tardó en saciar esa necesidad. Su figura sobre un leopardo alado corona hoy el monumento a la Independencia en la plaza homónima de Almaty, en tanto que el Banco Central de Kazajistán ha emitido recientemente una serie de billetes en homenaje a la cultura escita, en los que se aprecia una rama del árbol de la vida con un pájaro como el que figura en el tocado del personaje. Las aves, al igual que el leopardo, los caballos alados (tulpares) o las cabras montesas, son distintivos de la libertad nómada de la que tan orgullosos se sienten los kazajos. A la sazón, el gusto por el arte zoomorfo se había generalizado en los vastos territorios de la estepa euroasiática, Siberia y el sur de Asia central, dando lugar a lo que se conoce como estilo animal, asociado a las comunidades pastoriles de la Edad del Hierro. En este sentido, la tumba dispensó otros elementos que integraban el estatus del personaje en ese universo: una espada afilada y una daga de hierro envainada, cuyo pomo estaba cubierto con una lámina de oro y su hoja decorada con imágenes de zorros, lobos, saigas, carneros de montaña y serpientes; piezas de cerámica, vasijas de oro y plata, así como bandejas con restos de alimentos. Pero quizá el hallazgo más singular fuera el de un cuenco de plata, quizá importado de otra región, con una inscripción de tipo rúnico: dos líneas que suman veintiséis caracteres - nueve en la línea superior y diecisiete en la inferior -, hechos con un instrumento afilado sobre una pieza de 7,7 cm de diámetro y una altura de 2,2 cm. Entre la hipótesis irania y la túrquica, los lingüistas no se ponen de acuerdo sobre su origen ni su significado. Sin embargo, el desciframiento parcial del alfabeto kushán, anunciado en el 2023 por un equipo de la Universidad de Colonia, podría arrojar cierta luz sobre el misterio de la escritura de Issyk, de la que se han manifestado muestras similares en fragmentos de cerámica y piedra del sur de Uzbekistán, el sur de Tayikistán y el norte de Afganistán. El equipo del arqueólogo Kemal Akishev que desentrañó los secretos del complejo funerario de Issyk no podía imaginar la trascendencia de su hallazgo, que, como suele ocurrir en estos casos, tuvo algo de fortuito. Unos años antes, el 7 de julio de 1963, un torrente de lodo había destruido el lago de Issyk, escala secular para los comerciantes de la Ruta de la Seda. Durante su rehabilitación, se halló este kurgan de seis metros de altura y sesenta de diámetro, en un cementerio que no era en absoluto ajeno a la actividad arqueológica. En su día, la superficie de la necrópolis se extendía unas 1.500 hectáreas. Albergaba unos seiscientos túmulos, con una altura entre cuatro y ocho metros y diámetros que oscilaban entre los 30 y los 90 metros. Destinados a personas prominentes, los kurganes podían agruparse en conjuntos de tres a cinco estructuras, o, en línea, alzarse sobre plataformas (más altos, por tanto, que los primeros). En 1936, el investigador ruso A. N. Bernshtam los definió en uno de sus trabajos como monumentos arqueológicos. Pasado tres años, una expedición elaboró los planos de la necrópolis, pero los científicos asumieron que, a causa de los saqueos –visibles en las cavidades superiores de los túmulos y en la tierra removida en torno a ellos–, no podrían destapar gran cosa. Así, el yacimiento fue desatendido durante varios lustros, hasta que, en el otoño de 1969, se reanudaron las obras, completadas en 1970 con el hallazgo del túmulo más extraordinario de Issyk: una tumba secundaria en el lado sur de un kurgan, una ubicación más retirada que salvó al hombre de oro de la voracidad saqueadora. El guerrero se encontraba en una cámara rectangular de madera bajo el túmulo, que, con una capacidad de 8.600 m3, debió de precisar el concurso de tres o cuatro mil hombres para su construcción. Yacía boca arriba, con la cabeza mirando al oeste, envuelto en una camisola cosida con placas de oro. Estas no se colocaron con fines protectores para el “más acá”, sino que tuvieron un sentido ornamental y también mágico, ya que los adornos zoomorfos podían amparar al soldado frente a las adversidades del más allá. Tras la excavación, se acometieron los preceptivos procesos de reconstrucción y conservación en laboratorio y se realizó un análisis espectral de los metales. Desde entonces, el sitio no ha dejado de ser estudiado por los arqueólogos, como K. A. Akishev, Á. M. Orazbaev, A. G. Maksimova, A. S. Zagorodniy, F. P. Grigoryev o B. N. Nurmukhanbetov. Este último impulsó la musealización del espacio al aire libre, dentro de un programa más ambicioso para atraer al turismo con el leit motiv de la Ruta de la Seda, en un territorio que pretende seguir siendo un punto de encuentro entre el comercio de Oriente y Occidente. Tanto el Museo del Oro y los Metales Preciosos de Astaná como el Museo-Reserva Estatal de Historia y Cultura Issyk, inaugurado en el 2010, brindan sendas réplicas del hombre de oro, que traspasó por primera vez las fronteras kazajas para la Exposición Internacional de Leipzig de 1974.
actualidad cultural
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