TIEMPOS DEL MUNDO

viernes, 3 de febrero de 2017

EGIPTO: Un museo que sobrevivió a la barbarie

El Museo Islámico de El Cairo, uno de los más completos del mundo en arte medieval de la civilización islámica, reabrió sus puertas al público tres años después de que un brutal atentado contra una comisaría de policía adyacente destruyera parcialmente su fachada y varias piezas de su colección. “De las 179 obras dañadas por la explosión, tan solo 10 no han podido ser reparadas, ya que estaban hechas de cristal o cerámica y quedaron hechas trizas” relató a The Telegraph Ahmed al Shoki, director de una institución que ha renacido de sus cenizas. La pronta restauración del museo, que se encuentra en un precioso edificio de estilo neo-mameluco cercano al popular zoco turístico de Jan al-Jalili, ha sido posible gracias a la movilización de la comunidad internacional, que ha aportado tanto fondos como asistencia técnica a esta empresa “Esta inauguración encarna la victoria de Egipto sobre el terrorismo y su capacidad y voluntad de reparar lo que el terror dañó y enfrentarse a los intentos de destruir su patrimonio” declaró por su parte el ministro de Antigüedades Jaled al Anani durante la ceremonia. Establecido por orden del jedive Ismael en 1880, el museo alberga la mayor colección de arte islámico del planeta. “Cubre todas las áreas por las que se expandió el islam, desde China hasta España”, presume Al Shoki, que ha dirigido desde el ataque la titánica tarea de curar el recinto. “Ha sido una labor agotadora. Los restauradores trabajaron sin descanso”, admite. Entre las alhajas rescatadas del naufragio, figura un mihrab de madera (nicho que en las mezquitas indica la dirección hacia La Meca) perteneciente a Sayeda Ruqaya, una de las descendientes del profeta. “Es una obra maestra de época fatimí que quedó completamente destrozada. Los conservadores extranjeros reconocen que es un trabajo sobresaliente”, se jacta Al Shoki, una sentencia que secunda Hamdi Abdelmenen, responsable del departamento de restauración, mientras deambula por las remozadas estancias del centro. “Son 180 piezas las que resultaron dañadas. Todas han sido recuperadas salvo una decena de objetos de vidrio que se hallan en muy mal estado. No nos damos por vencidos y estamos tratando de rescatarlos”, desliza el experto. Para levantar acta de un esfuerzo que alimenta el orgullo patrio, una etiqueta roja identifica aquellas vitrinas en las que lucen los objetos que desfilaron por quirófano. Reabierto al público, quienes peregrinen hasta su interior podrán contemplar sellos y objetos para medir la distancia y el tiempo; alfombras; armas; una breve muestra del arte funerario; una cotizada colección de instrumentos de astronomía, química y cirugía usados durante el medievo en el mundo musulmán y joyas como una vasija de bronce de la época del califa Maruán Ibn Mohamed (744-750 d.C.), un Corán de la época de los Omeyas escrito sobre una piel de gacela y el dinar de oro más antiguo descubierto hasta la fecha (696 d.C.). La misión de recomponer el puzle y remendar las entrañas del museo ha contado con una larga retahíla de mecenas. Emiratos Árabes Unidos, que hace una década levantó a golpe de petrodólares su propio Museo de la Civilización Islámica, desembolsó 50 millones de libras egipcias (unos 5 millones de euros al cambio de entonces). La UNESCO aportó 100.000 dólares (unos 95.000 euros) para restaurar los laboratorios de la institución mientras que Italia donó 800.000 euros empleados en adquirir las nuevas vitrinas y formar al equipo de conservadores. EEUU y Suiza corrieron con los gastos de rehabilitar la fachada de un edificio inaugurado en 1903 y emplazado en las inmediaciones de la plaza de Bab el Jalk, a las puertas del barrio islámico en cuyo laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas, entre mezquitas y bellos inmuebles medievales, Naguib Mahfuz situó sus historias. Asimismo, el Smithsonian de Washington y el Metropolitan de Nueva York enviaron sus expertos a El Cairo con el fin de remendar las obras dañadas. La resurrección del museo también ha servido para revolucionar el plano de unas salas que fueron sometidas a una amplia y costosa reforma entre 2003 y 2010. A juicio de sus responsables, aquel remozado - que alumbró estancias diáfanas - solo dejó satisfechos a sus artífices europeos. “Se perdió el alma árabe. Estaba claramente ideado por extranjeros. Para hacerlo más bello, se mezclaron objetos y las traducciones al inglés y el francés no eran precisas”, se queja Al Shoki, feliz de firmar el ajuste de cuentas. “Repensamos todo el espacio expositivo. Hemos añadido catorce vitrinas que, repartidas en 25 salas, albergan 4.400 piezas”, detalla el director. Un extenso inventario que a través de preciados objetos de madera, yeso, metal, cerámica, cristal o tela reconstruye el arte y la vida de la civilización de Alá. “Somos los que mejor conocemos nuestro legado y trataremos de preservarlo para la eternidad”, concluye Al Shoki.
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