SONIDOS DEL MUNDO
viernes, 8 de marzo de 2024
LA PIRÁMIDE DE LOS ITALIANOS: El otro Valle de Los Caídos
¿Una pirámide en España? Efectivamente, para ser más precisos, ubicada entre Burgos y Cantabria - construida durante el gobierno del Generalísimo Francisco Franco en homenaje a los soldados italianos que murieron durante la Gran Cruzada Española, que libero al país de las garras del comunismo - vuelve a ser noticia, ya que luego de largos años de injusto abandono, ha sido declarada Bien de Interés Cultural por la Junta de Castilla y León, por lo que su preservación está asegurada. En efecto, la Pirámide, también conocida como el mausoleo de El Escudo, fue diseñada por un arquitecto, escultor y grabador de origen dálmata Attilio Radic y realizada por un capellán militar, el fraile Pietro Bergamini di Varza. Cuando el conde Galeazzo Ciano, ministro italiano de Asuntos Exteriores y yerno de Mussolini, desembarcó en el puerto de Santander el 13 de julio de 1939, acompañado por una nutrida caravana de automóviles, se dirigió por la carretera nacional hacia el término municipal del Valle de Valdebezana (Burgos). Allí, en medio de un paisaje semialpino, se había erigido, con la aprobación de Franco, un cementerio para inhumar los restos de más de 300 soldados fascistas del Corpo Truppe Volontarie (CTV) caídos en la sangrienta batalla del Escudo, un choque decisivo en julio de 1937 que condujo a las pocas semanas a la liberación de Santander . Concebida como un mausoleo que se reconvertiría en santuario - los cuerpos de los combatientes, enterrados en tumbas excavadas alrededor del edificio escalonado de 20 metros de altura, se exhumaron en los años 70 y se enviaron a la iglesia de San Antonio de Padua, en Zaragoza, o se repatriaron -, su diseño incluyó elementos del futurismo, el fascismo y el racionalismo arquitectónico. Llama la atención su entrada en forma de gran "M", una clara alusión a Mussolini, como otros monumentos italianos de la época. La disposición de la Pirámide de los Italianos presenta un perfil escalonado en sus lados Norte-Sur, que se contrapone con el perfil liso del talud de los otros dos paramentos Este-Oeste, ofreciendo una variedad de puntos de vista estilo art decó y que, para Pietro di Varzi, simboliza el camino de subida al cielo y la dureza de la batalla del Escudo. Por estas fechas se diseñan en Italia otros edificios en los que está presente esta simbología ascensional, como la Villa Malaparte en Capri o el cementerio erigido en honor de los muertos en la Primera Guerra Mundial en el Monte Grappa, obra de Giovanni Greppi. Todo el conjunto de la Pirámide de los Italianos se llevó a cabo conforme a los planos de Radic, y siguiendo la valoración simbólica de Di Varzi, asociando la idea de pirámide con la del panteón romano en su interior. El ingreso al interior del panteón se realiza a través de una cancela de hierro de forja geométrica, de dos hojas, cerrada con un cristal esmerilado en su lado interno, decorado con elementos alusivos a la guerra y a la naturaleza. En su interior a modo de un pequeño panteón, se abre un espacio circular y cupulado que sirve de capilla religiosa para el culto, cubierto por una semiesfera con linterna que permite pasar la luz del exterior a través de dos claraboyas en forma de cruz. Todo el espacio circular se presenta como un columbario con una bella cuadricula, con cientos de loculi (nichos) destinados a acoger las cenizas de los soldados italianos del Corpo Truppe Volontarie, en hornacinas dispuestas en diez pisos, en su día cerradas con pequeñas lápidas con el nombre del soldado y con un número correlativo de orden de las 360 lápidas que conforman el conjunto. A través de una escalerilla vertical de hierro, se accedía a la cripta con los sepulcros de gran tamaño de los oficiales caídos en el combate. Desde el final del franquismo, el mausoleo fascista quedo en el olvido y lucia descuidado en medio de la nada, pero su rescate ha llegado ante la acertada decisión adoptada por el Gobierno de Castilla y León de PP y Vox: declarar el conjunto Bien de Interés Cultural (BIC) al tratarse de un monumento único. "Es un sitio muy especial y de marcado corte fascista porque no sigue la norma de los monumentos a los caídos de la España franquista", señalo Miguel Ángel del Arco, profesor titular en la Universidad de Granada. En su obra Cruces de memoria y olvido, el historiador analizó los homenajes en piedra que hizo el régimen franquista a sus muertos en la Cruzada. Fueron generalmente conjuntos conmemorativos situados en el espacio público - en mitad de las plazas, en la entrada de los pueblos y las ciudades, en medio de grandes avenidas - para ser vistos y que no albergan cuerpos, sino que tenían una forma en la cual la cruz era la absoluta protagonista. Pero la Pirámide de los Italianos, que refleja además la mirada a la época clásica en la que el fascismo se inspiraba, no casa con esta política memorialística. Del Arco recuerda que en la posguerra fue un sitio recóndito que presenció concentraciones y encuentros de veteranos fascistas que se instalaron en España luego de la II Guerra Mundial. "Creo que la polémica no es tal", opina por su parte Gutmaro Gómez Bravo, doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid e investigador especializado en la historia social de la violencia en la España contemporánea. "Es un Bien de Interés Cultural y está bien que sea así, siempre y cuando se explique adecuadamente: por qué se hizo, cuándo, quién y lo que representa". Una iniciativa similar reclama Antonio Cazorla, catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Universidad de Trent en Ontario (Canadá) y autor de varios libros de historia social del franquismo: "Declararlo BIC y dejarlo así no tiene ningún sentido. Declararlo BIC y musealizarlo, explicando lo que fue, sería otro tema. ¿Lo van a hacer los de Castilla y León? Tengo mis serias dudas. Yo no tengo ningún problema con que se proteja el monumento, que ha sido muy maltratado, pero que se haga algo con él". Por su parte, el vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García-Gallardo (Vox), ha justificado la decisión asegurando que el monumento a la memoria de los soldados italianos que lucharon con Franco es de una belleza singular y que estaba amenazada por el sectarismo de la controvertida ‘Ley de Memoria Democrática’ asegurando sin embargo que no chocará con ella. “Se cumplirá con la ley”, ha afirmado. La titularidad del edificio se ha registrado en 1964 y pertenece a la Hermandad de la Rivera de Herbosa. “Una medida que responde a la petición de un particular (doctor en Historia), registrada a en enero del 2023, y que ha estado muy bien argumentada”, así lo manifestó el consejero de Cultura, Gonzalo Santonja. "Se trata de una pieza singularísima dentro del patrimonio arquitectónico castellano, cuyo valor artístico es indiscutible ya que se trata de una obra única en España, que le otorga singularidad cultural y estética" asevero. Queda ahora restaurarla y conservarla para la posteridad.
viernes, 1 de marzo de 2024
HOLOCAUSTO CULTURAL: La desaparición del patrimonio histórico de Gaza
Víctimas de un genocidio por parte de la bestia sionista con la complicidad de Occidente, los gazatíes también ven impotentes la destrucción de sus monumentos, intentando borrarlos de la historia. Un ejemplo de ello es la mezquita Omari, con sus muros destruidos y su minarete cercenado, que sigue en pie, pero muy dañada. El casco antiguo de la Ciudad de Gaza también está en ruinas. La mezquita del siglo VII, conocida como la Gran Mezquita de Gaza, era la más célebre de la Franja y sus alrededores representaban un importante enclave histórico y cultural. Tras meses de intensos bombardeos, la mezquita ha sufrido considerables daños. El mismo nivel de destrucción se extiende por toda la ciudad. Para los pocos palestinos que todavía resisten y para un número mucho mayor de desplazados que esperan regresar a la principal urbe de la Franja, la cultura y la historia han quedado reducidas a recuerdos. “La ciudad se ha convertido en un pueblo fantasma, los habitantes deambulan con el rostro pálido y el ánimo cansado tras muchos días de guerra. Si paseas por el casco antiguo de Gaza, todo está destruido y sólo te quedan los recuerdos; te sentirás abatido y triste por el nivel de destrucción de lugares culturales y religiosos”, declara Bader Alzaharna, que sigue viviendo en la Ciudad de Gaza a pesar de la intensidad de los ataques del Ejército israelí y la presencia de las tropas de tierra. “El casco antiguo de [la Ciudad de] Gaza, que solía estar lleno de lugares de interés cultural, está gris y nublado. Caminar ahora por Gaza es como estar en una película, en un relato de ficción, en una fantasía. La escena es apocalíptica”, explica. La UNESCO, el organismo de Naciones Unidas dedicado a salvaguardar la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación e información, ha confirmado daños en al menos 22 sitios de interés histórico y cultural, entre ellos mezquitas, iglesias, palacios, archivos y el yacimiento arqueológico de Anthedon Harbour, el primer puerto marítimo conocido de Gaza. El organismo señala que ha recibido avisos de daños en otros lugares, pero que no ha podido verificarlos a través de imágenes de satélite, debido a la imposibilidad de evaluar los destrozos sobre el terreno por el conflicto. Según un reciente informe del Ministerio de Cultura palestino sobre los daños causados por Israel al patrimonio gazatí, los bombardeos israelíes sobre la Franja han destruido 207 edificios de importancia cultural o histórica, 144 de ellos en el casco antiguo de la Ciudad de Gaza y 25 en lugares religiosos. Los daños también han afectado a un antiguo cementerio romano y al cementerio de guerra de la Commonwealth, donde están enterrados más de 3.000 soldados británicos y de la Commonwealth que murieron durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. La UNESCO ha alertado de que hay más lugares en riesgo de sufrir daños, entre ellos uno de los monasterios cristianos más antiguos de la región, el complejo de San Hilarión, que aún no ha sufrido daños pero se encuentra en una zona de intensos combates, según la organización. En un comunicado, señala su “profunda preocupación por el impacto de los combates en curso sobre el patrimonio cultural”. “Si bien es correcto dar prioridad a la situación humanitaria, también debe tenerse en cuenta la protección del patrimonio cultural en todas sus formas”, destaca la UNESCO. Wissam Nassar, fotógrafo que ha cubierto varias guerras en Gaza y que también ha documentado su cultura, afirma que los daños sufridos por la mezquita de Omari y sus alrededores le han afectado personalmente por todo el tiempo que ha pasado allí. “Esta mezquita ocupa un lugar especial en el corazón de todos los palestinos de Gaza, ya que era un punto de reunión durante el [mes sagrado musulmán de] Ramadán y un lugar de culto y lectura del Corán”. Además, “como fotógrafo, tiene un significado especial para mí, ya que he capturado muchos momentos y recuerdos dentro de esta mezquita”. Nassar, que ahora vive en Canadá, ha explicado que recuerda haber visitado el casco antiguo, incluidos los baños turcos ahora destruidos, como fotógrafo y a título personal. Añade que los daños causados a lugares cristianos, como el complejo de la iglesia ortodoxa de San Porfirio, cerca de la mezquita de Omari, dañan la diversidad de Gaza. “Como fotógrafo cargaré con la tristeza durante toda mi vida, porque estos edificios históricos son difíciles de restaurar, y su pérdida es irremplazable” asevero. “Los recordaré en todo momento, ya que tenemos miles de recuerdos dentro de estos lugares. Sin embargo, la mayor tristeza la sentiré cuando mire las fotos que tomé dentro de estos sitios arqueológicos”, admite. “Por desgracia, los sionistas han destruido todo lo bello que había en Gaza. Israel pretendía destruir no sólo personas, sino también piedras, infraestructuras y edificios históricos, queriendo erradicar la vida humana y el patrimonio cultural”. La demanda presentada por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia - que llevó al tribunal a ordenar a Israel tomar todas las medidas que están en su poder para evitar actos genocidas - incluía la afirmación de que Israel ha atacado el patrimonio cultural en su ofensiva contra Gaza. También acusaba a Israel de destruir museos y centros culturales modernos y de amenazar el potencial cultural de la Franja con daños a escuelas y el asesinato de periodistas, profesores e intelectuales. En este sentido, Isber Sabrine, director de la ONG Heritage for Peace, ha afirmado que los daños causados al patrimonio de Gaza serán duraderos y van mucho más allá de lo meramente material. En su opinión, los daños causados a los lugares religiosos afectarán a la vida social de musulmanes y cristianos, y su rehabilitación llevará mucho tiempo. “La destrucción del patrimonio en Gaza es también la destrucción de las tradiciones, es también la destrucción de sus hábitos, de su cultura”, lamenta Sabrine. “Es una enorme destrucción del patrimonio con el propósito de alejar intencionadamente a la población de Gaza de su tierra. Es importante conservar y restaurar. Cuando acabe la guerra habrá que hacer una evaluación de todo el patrimonio destruido” puntualizó.
viernes, 23 de febrero de 2024
EL KREMLIN DE MOSCÚ: Núcleo supremo del poder ruso
La palabra Kremlin es un perfecto ejemplo de la metonimia, o el giro que experimentan algunos nombres para convertirse en sinónimos de otros conceptos. En este caso concreto, los conceptos son muchos: la mención de este vasto conjunto de edificios civiles y religiosos en el centro de Moscú evoca el poder y la autocracia, el lujo de los zares, la fe ortodoxa, la revolución y, especialmente, el gobierno de Rusia, el país más extenso del mundo. Hoy es también sinónimo de su dirigente, Vladímir Putin, el nuevo Zar de todas las Rusias, quien desbarata todas las amenazas de los EE.UU. y la OTAN, quienes se niegan a reconocer que ya son parte del pasado y no tienen cabida en el Nuevo Orden Mundial del siglo XXI, liderado por Rusia y China. Cabe precisar que el Kremlin, que significa “fuerte dentro de una ciudad”, no se ubica en el corazón de Moscú: es el corazón de Moscú. La sede del poder desde la Edad Media, cuando lo que era una fortificación de madera, situada en la orilla izquierda del río Moscova, se convirtió en la residencia de los grandes príncipes de la época. Entre los siglos IX y XIII, el territorio donde se encuentra Moscú formaba parte de la Rus de Kiev: un grupo de tribus asentadas en lo que hoy es Bielorrusia, Ucrania y parte de Rusia. La dinastía Rúrika reinaba desde Kiev, entonces la ciudad más importante, pero Moscú, casi mil kilómetros al nordeste, empezaba a despuntar. Allí fue enviado, en 1156, el príncipe Yuri, hijo del gran príncipe de Kiev. En el llamado Códice de Hipacio, del siglo XV, se menciona por vez primera una fortificación de madera erigida, por orden del citado príncipe, en la colina de Borovitsky. Yuri ha pasado a la historia como el fundador de Moscú y artífice del Kremlin; su estatua preside la plaza del ayuntamiento de la capital. Sin embargo, fue su hijo Andrei quien finalizó la obra concebida por su padre. El fuerte que, con forma de triángulo irregular, ocupaba un tercio de lo que abarca el complejo actual. En los años sucesivos, la fortaleza fue expandiéndose con nuevas construcciones de madera. Pero no pudo resistir el embate de las hordas mongolas, que invadieron Rusia a principios del siglo XIII. De su reconstrucción se ocuparía otro príncipe de la dinastía Rúrika, Daniil Alexandrovich (1261-1303). Hijo menor del mítico príncipe Alexander Nevsky, recibió como herencia el patrimonio que se consideraba menos valioso: Moscú. Nombrado allí primer príncipe de Moscú, Daniil creó una nueva morada de interiores más palaciegos. Iván Kalita, el segundo hijo de Daniil, heredó el principado en 1328. Fue el primero de los gobernantes de Moscú en proclamarse “gran príncipe de Rusia”. Su reinado fue ambicioso: pactó con los mongoles el derecho a recolectar los tributos de los otros príncipes, lo que derivaría en la supremacía financiera y política de Moscú. Aquel poder se reflejaría en el Kremlin, al que añadió una serie de extensiones para alojar a la corte. Entre otras cosas, agrandó y reforzó el muro perimetral con grandes troncos de roble. La tarea fue continuada a partir de 1340 por su sucesor, Dmitri Donskói, cuyo largo gobierno marcó un nuevo período en la construcción del Kremlin. Fue el primero en utilizar piedra para su estructura, con un muro de caliza blanca que se mantuvo en pie durante un siglo. Así, el fuerte resistió ataques, y él pudo consolidar la autoridad de su gobierno. Al final de su reinado, en 1389, había doblado el territorio de su principado. La expansión continuó: en el siglo XV, durante el reinado de Iván III, Rusia se convirtió en un Estado prácticamente centralizado, libre de las ataduras a los mongoles y con Moscú como eje. Conocido como Iván el Grande, en 1478 adoptó el título de soberano de toda Rusia, cuadriplicó su territorio y proclamó Moscú como la tercera Roma y sucesora de Constantinopla. Sus aspiraciones precisaban una sede acorde a tanta grandeza, por lo que se consagró a afianzar el Kremlin como palacio y eje del gobierno y la espiritualidad del país. Para ello, invitó a arquitectos e ingenieros italianos. Durante esa etapa se construyen los principales hitos del Kremlin, como las imponentes murallas y las torres de defensa, en llamativo ladrillo rojo (inspiradas en las fortificaciones del norte de Italia). En tiempos de Iván el Grande se erigieron también los templos que conforman la plaza de las catedrales: la catedral de la Asunción, o Dormición, el templo del arcángel san Miguel, la catedral de la Anunciación y el campanario de Iván Veliki, que, con sus 82 metros, fue el edificio más alto de Rusia. El palacio de las Facetas también fue construido en esa época por arquitectos italianos. Está considerado el edificio secular más antiguo de Moscú, y en su espléndido salón principal, bajo una profusión de frescos y arcos dorados, el nieto de Iván III, Iván IV el Terrible, recibía a los embajadores de la época. El fastuoso lugar sigue utilizándose para agasajar a dignatarios, como Isabel II de Inglaterra, que en 1994 fue recibida allí por Borís Yeltsin. Coronado gran príncipe de Moscú a los tres años, Iván IV pasó parte de su infancia en el Kremlin, donde fue semiprisionero de los clanes boyardos (miembros de la nobleza rural) que se disputaban el poder. No alcanzó el mando hasta la adolescencia, pero, una vez conseguido, lo ejerció con una crueldad remarcable. Profundamente religioso, Iván IV fue el artífice de la construcción de la catedral de San Basilio, que se levantó entre 1555 y 1561 para celebrar una de sus conquistas militares. El templo es famoso por sus cúpulas coloreadas, en forma de bulbo. Situado en la Plaza Roja, en 1990 fue declarado, junto al Kremlin, Patrimonio de la Humanidad, aunque no forma parte estrictamente del mismo. La segunda era de esplendor constructivo del Kremlin aconteció en el siglo XVII, con la ascensión al poder de la dinastía Romanov. Fue entonces cuando se coronaron con chapiteles muchas de las torres diseñadas por los arquitectos italianos y se construyó el palacio de los Terems, la residencia oficial de los zares. Sin embargo, fue también un Romanov, el zar Pedro I, quien provocó la primera pérdida de poder del Kremlin como símbolo nacional. Considerado el creador de la Rusia moderna y apodado el Grande, en 1712 decidió trasladar la capital a San Petersburgo. De este modo, el Kremlin dejó de ser la residencia permanente de la familia real y el recinto donde se decidía la sucesión. Pese a ello, todavía jugaba un papel significativo en la vida política, ya que los zares seguían coronándose en la catedral de la Dormición. Así lo hizo, precisamente, Catalina la Grande en 1762. Amante de la arquitectura, encargó la construcción en el Kremlin de un gran edificio para albergar el Senado. Encargó el diseño a su arquitecto favorito, Matvéi Kazakov, quien creó un recinto monumental, de líneas neoclásicas. Completado en 1787, la emperatriz pudo pasearse por sus estancias. En especial, por el llamado Salón de Catalina, con forma circular y decorado con bajorrelieves en los que ella aparece como la diosa Minerva. Catalina murió en San Petersburgo en 1796, de modo que no fue testigo de la invasión napoleónica de Moscú, en septiembre de 1812, cuando el emperador de los franceses ordenó que se dinamitara el Kremlin luego de su retirada y saqueo. La destrucción no fue completa, pero el conjunto quedó seriamente dañado debido al gran incendio que provocaron las explosiones. El Kremlin renació de sus cenizas por el empeño del zar Alejandro I (1777-1825). El nieto de Catalina se propuso restaurar los palacios, murallas y catedrales afectados por el fuego, aunque no fue hasta el reinado de su hermano, Nicolás I, cuando se repararon por completo los daños provocados por el bastardo francés. Alejandro I convirtió la armería en el primer museo público de Moscú y levantó una nueva residencia, el gran Palacio Real del Kremlin, que se completaría en 1849. Toda la familia imperial asistió a la inauguración del que se considera el último gran edificio construido con tanta opulencia en Rusia. Hoy es la residencia oficial del presidente. En 1913, el Kremlin fue la sede para la celebración, con toda la pompa y circunstancia, del 300 aniversario de la dinastía Romanov. Aquella fue la última ceremonia real que tuvo lugar en Rusia: la Revolución de 1917 provocó la aniquilación de la monarquía y la destrucción de los monumentos que la representaban. Muchos de ellos estaban en el Kremlin. El último atropello arquitectónico tuvo lugar a finales de los años cincuenta del pasado siglo, cuando el dictador comunista Nikita Jruschov encargó la construcción de un palacio de congresos. El gigantesco edificio de hormigón desentona en la arquitectura del recinto, pero el proyecto no pudo ser rebatido: como sus antecesores, este sátrapa gobernaba con mano de hierro. Pero con el derrocamiento de la odiada tiranía comunista y el colapso de la Unión Soviética en 1991 - que termino en el basurero de la historia - ha resurgido la Nueva Rusia, bajo el sabio liderazgo de Vladimir Putin, por los siglos de los siglos
viernes, 16 de febrero de 2024
GÁRGOLAS DEL NOTRE DAME DE PARIS: Terroríficos guardianes que custodian la ciudad
Convertido en uno de los iconos del templo y de la capital francesa, las gárgolas de Notre Dame son criaturas grotescas que vigilan a ciudad y a los millones de turistas que la visitan desde lo alto de su catedral gótica. A pesar de que la palabra gárgola ha acabado por englobar a todos los engendros de piedra esculpidos en los muros de una iglesia, el término debería aplicarse estrictamente a aquellos que tienen una función muy determinada y esencial para la conservación de la catedral. Si bien que a pesar de estar inspirados en los monstruos y las supersticiones de la Edad Media, en realidad fueron tallados en siglos posteriores; y más que evocar las tinieblas medievales reflejan los miedos y los prejuicios de la época en la que fueron esculpidos, recordándonos la oscuridad que muchas veces envuelve la naturaleza humana. Como sabéis, la catedral de Notre Dame es un símbolo de París y un icono de la arquitectura gótica. Comenzó a erigirse a mediados del siglo XII y tardó doscientos años en completarse. El pasó de los siglos y las inclemencias climáticas hicieron mella en el templo, pero fueron las revoluciones, motines y disturbios vividos por la ciudad a partir del siglo XVIII que la dejaron en un estado casi ruinoso. Tras la Revolución Francesa las vidrieras habían sido destruidas, las estatuas mutiladas y era un refugio para las aves, que anidaban en su interior y la llenaban de basura y excrementos. A principios del siglo XIX, la Iglesia católica emprendió la faena de limpieza y adecuamiento del templo, de modo que el propio Napoleón Bonaparte pudo consagrarse allí como emperador de los franceses. Pero el verdadero resurgimiento de Notre Dame es más actual, si cabe. En 1831 la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París, volvió la mirada de los parisinos hacia la maltrecha mole de piedra, iniciándose una campaña para recaudar fondos y devolver al monumento su esplendoroso pasado gótico. El aspecto actual de la catedral es obra del arquitecto e historiador del arte Eugène Viollet-le-Duc, que durante dos décadas dirigió la restauración del edificio eliminando añadidos posmedievales "inferiores", reponiendo elemento estructurales y esculturas dañadas pero también añadiendo elementos decorativos, vidrieras y las gárgolas y monstruos medievales que imitaban a las que la catedral tenía originalmente, que, según su criterio, devolvían el edificio a su estado original. De todas las criaturas monstruosas que decoran o sobresalen de la fachada de Notre Dame, solo son gárgolas, propiamente dichas, aquellas que tienen una función estructural básica para el edificio, el desagüe de la lluvia acumulada en los techos para evitar que el edificio se derrumbe. Un elemento que ya estaba presente en los templos antiguos y renació con la edificación de las grandes catedrales góticas. Los canteros medievales se dieron cuenta de que al multiplicar el número de gárgolas, podían tallarlas más finas y estilizadas haciendo su boca más pequeña y disminuyendo el chorro de agua que salía por ella, preservando la integridad de las construcciones inferiores al expulsar el agua lo más lejos posible. Sin embargo, ninguna de las gárgolas que se pueden contemplar en la actualidad en Notre Dame data de la Edad Media. Todas son fruto del proyecto de restauración del siglo XIX y fueron hechas por el escultor Victor Joseph Pyanet siguiendo los diseños de Eugène Viollet-le-Duc y su visión sobre la estética gótica medieval. Cabe precisar que las gárgolas de Notre Dame no se diseñaron para resistir el paso de los siglos. Su función y el material en el que fueron construidas, la piedra caliza, las hacía especialmente expuestas al desgaste. Estas canalizaciones reciben su nombre de una criatura fantástica medieval, un dragón escupefuego al que en el siglo VII San Román de Rouen sometió y clavó su cabeza en una iglesia para que drenara agua. Su nombre en francés, gargouille, evoca el sonido que hace un líquido en un tubo. Muy pronto comenzaron a representar todo tipo de seres de exagerada fealdad, tanto reales - leones o perros - como fantásticos, tales como demonios, sirenas e híbridos de animales y humanos. Todas estas criaturas demoníacas añadirían una función de protección simbólica a la real, la de custodiar el lugar sagrado de los espíritus malignos. En efecto, la Iglesia Católica, conocedora de la escasa educación que tenía el pueblo llano y obcecada en su cruzada “moralizante”, introdujo en la estética de sus fachadas a estas criaturas malignas afirmando que eran un símbolo de protección ya que se mantenían fuera de la iglesia o la catedral en la que se posaban, ahuyentaban a los malos espíritus y confirmaban que el interior del edificio era perfectamente seguro para esas pobres almas que buscaban la salvación. Por cierto, muchas iglesias construidas hace siglos tienen gárgolas más o menos actuales y es bastante frecuente que los motivos representados sean tengan que ver con intereses contemporáneos más que antiguos. Viollet-le-Duc y Paynet ejecutaron diversas gárgolas en las que vertieron los prejuicios e ideas propias de su época, la segunda mitad del siglo XIX. Humanos de rasgos simiescos que evocan teorías de superioridad e inferioridad racial, monstruos que apelan a las depravaciones humanas y hasta un grotesco monje que parece una referencia anticlerical, un aviso de que algunos monstruos anidan dentro de la propia creencia religiosa. Con la actual reconstrucción de la catedral, víctima de un terrible incendio hace unos años, las gárgolas - que también están siendo restauradas - volverán a custodiarla y vigilar silenciosamente desde las alturas, la Ciudad Luz.
viernes, 9 de febrero de 2024
LEGION / LIFE IN THE ROMAN ARMY: La vida de los soldados romanos en el Museo Británico
Las legiones romanas llegaron, vieron y conquistaron vastas extensiones de territorio desde Mesopotamia hasta Escocia, y ahora, pasado unos 2.000 años, vuelven en una nueva y apasionante exposición en el Museo Británico, titulada Legion: Life in the Roman Army (Legión: La vida de los soldados romanos), mediante la cual se explora cómo se construyó este vasto imperio sobre la base del poder militar y se pregunta no sólo cómo funcionaba sino también cómo era la vida de los reclutas al frente de esta temible maquinaria de guerra. La historia de cómo los soldados, desde los auxiliares hasta los centuriones de alto rango, se unieron, lucharon, jugaron, y murieron se cuenta en esta muestra con glorioso detalle a través de sus escritos, vestimenta, armas, arte… y sus lápidas. Como sabéis, el imperio romano se extendía por más de un millón de kilómetros cuadrados y debía su existencia a su poder militar. Al prometer ciudadanía a quienes no la tenían, el ejército romano - la primera fuerza de combate moderna y profesional de Occidente - también se convirtió en un motor para crear ciudadanos, ofreciendo una vida mejor a los soldados que sobrevivieron a su servicio. Amplia pero profundamente personal, esta exposición lo transporta a través del imperio, así como a través de la vida y el servicio de un verdadero soldado romano, Claudio Terentianus, desde el alistamiento y las campañas hasta la imposición de la ocupación y finalmente, en el caso de Terentianus, el retiro. Los objetos incluyen cartas escritas en papiros por soldados del Egipto romano y las tablillas de Vindolanda, algunos de los documentos escritos a mano más antiguos que se conservan en Gran Bretaña. Las tablillas, del fuerte cerca de la muralla de Adriano, revelan de primera mano cómo era la vida cotidiana de los soldados y las mujeres, niños y esclavos que los acompañaban. La historia militar romana quizás se remonta al siglo VI a. C., pero no fue hasta el primer emperador, Augusto (63 a. C. – 14 d. C.), que el servicio militar se convirtió en una elección profesional. Si bien las recompensas de la vida en el ejército eran tentadoras (los que estaban en las legiones podían ganar una pensión sustancial y los que ingresaban en las tropas auxiliares podían obtener la ciudadanía para ellos y sus familias), los peligros eran reales. Los civiles veían a los soldados con miedo y hostilidad (no ayudados por sus abusos ocasionales y su papel adicional como verdugos y ejecutores de la ocupación) y podían encontrar finales sombríos tanto dentro como fuera del campo de batalla. Los hallazgos en Gran Bretaña incluyen los restos de dos soldados probablemente asesinados y enterrados clandestinamente en Canterbury, lo que sugiere resistencia local. Pero ¿cómo era la vida en el ejército romano desde la perspectiva de un soldado? ¿Qué hacían sus familias en el fuerte? ¿Cómo reaccionaron los recién conquistados? Legion: Life in the Roman Army explora la vida en comunidades militares asentadas desde Escocia hasta el Mar Rojo a través de las personas que la vivieron. Esta muestra está llena de impresionantes símbolos de la vida cotidiana de los soldados romanos de todo el imperio. Calcetines de lana roja para protegerse del roce de las sandalias de cuero con los clavos, carteras con un puñado de monedas de plata, dados para apostar, cartas a casa pidiendo una túnica nueva. Es simplemente la monotonía de la existencia normal, igual en el año 60 d.C. como lo es ahora. Y entre todo eso, símbolos de guerra: cascos de bronce relucientes, espadas oxidadas desde hace mucho tiempo en sus vainas, un montón de cotas de malla casi fosilizadas. Un cilindro curvo es el único escudo largo completo que existe, repleto de líneas ornamentadas y victorias aladas. Pero no todo fue obediencia ciega y anónima. Un busto de plata aplastado del emperador Gala habla de motines y rebeliones entre las tropas, mientras que una increíble armadura de piel de cocodrilo habla de las tradiciones religiosas locales. Y luego vienen las batallas, el derramamiento de sangre y el botín de guerra, esparcidos por los fuertes y campamentos de las tierras conquistadas. A ello debemos agregar los huesos de dos soldados que yacen destrozados, con sus armas al costado. Asimismo, se exhibe el cuerpo de la única víctima conocida de crucifixión en Gran Bretaña que todavía tiene un clavo atravesándole el tobillo. No cabe duda que esta exposición poderosamente atmosférica logra transportarte al pasado: todo es brutal, sangriento, violento, pero de alguna manera también totalmente mundano. Desde la vida familiar en el fuerte hasta la brutalidad del campo de batalla, experimenta la máquina de guerra de Roma a través de las personas que mejor la conocían: los soldados que sirvieron en ella, desde el 1 de febrero hasta el 23 de junio en el Museo Británico.
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