SONIDOS DEL MUNDO
viernes, 20 de marzo de 2026
VECINOS Y ENEMIGOS: La compleja relación entre Irán y las corruptas petromonarquías del golfo Pérsico
Los ataques de misiles y drones iraníes contra los estados del golfo Pérsico - cómplices de la agresión criminal que sufre a manos de EE.UU. e Israel - son un episodio más de una larga historia de rivalidad entre Teherán y sus vecinos. El factor religioso - la pugna entre sunníes y chiíes dentro del islam - es importante, pero constituye únicamente una pieza en unas relaciones profundamente marcadas por la geopolítica. Para entender lo que ocurre hoy en Medio Oriente, debemos alejarnos de la idea de que el mundo islámico es un bloque uniforme. Aunque árabes y persas comparten la fe islámica, sus raíces históricas, sus lenguas y sus visiones políticas revelan identidades que no solo son distintas, sino que a menudo están en abierto contraste. Por un lado, tenemos el mundo árabe, históricamente organizado en torno a clanes y tribus, que hoy oscila entre el pragmatismo y las alianzas estratégicas con Occidente para modernizar su imagen. Por el otro, encontramos a Irán, heredero de una tradición milenaria de grandes imperios, que, desde 1979, ha adoptado una postura de confrontación y resistencia revolucionaria. Esta no es solo una disputa teológica entre sunnitas y chiitas (las dos corrientes mayoritarias del islam); es una lucha por la hegemonía regional que utiliza la religión para estructurar alianzas, conflictos y el destino de una de las zonas más sensibles del planeta. Con mayor o menor poder, Irán (o Persia) siempre ha sido una potencia en la región. En épocas más contemporáneas, desde mediados del siglo XX, y con el auge del petróleo como recurso estratégico global, el golfo Pérsico pasó a ser un punto vital para Occidente. En un principio la seguridad de la región dependió de Gran Bretaña, que tenía varios “protectorados” en las monarquías de la región y una gran influencia sobre el corrupto Sha Mohamed Reza Pahlevi. Todo cambió en la segunda mitad de los años sesenta. Ante la necesidad de recortar gastos en defensa, Londres se retiró de la región. Pero el golfo Pérsico ya era un punto estratégico, y EE. UU. quería mantener el control sobre sus recursos. Sin embargo, Washington estaba empantanado en Vietnam y tenía que delegar el papel de gendarme en la zona. Así que apostó por la doctrina de los “pilares gemelos”, apoyarse en sus dos aliados en la región, Irán y Arabia Saudí, para contener la influencia de Egipto, Siria e Irak, más próximas a Rusia. EE. UU. mantenía una alianza con la casa Saud desde 1945, y el Sha se había mostrado como un aliado fiable cuando ofreció tropas para luchar contra la insurgencia comunista en Omán, que tanto les estaba costando someter a los británicos. La aplicación de esta doctrina fue un tanto asimétrica. La administración Nixon demostró preferir al régimen del Sha (más abierto a la influencia occidental que la monarquía saudí). Por ello, EE. UU. vendió a Irán armas muy modernas, transformando al Ejército Imperial Iraní en la fuerza dominante de la región. Esta asimetría despertó los recelos en Riad, la gran potencia sunnita en la zona. A los recelos saudíes, se sumaron casi en paralelo los de Emiratos Árabes Unidos (EAU). En 1971, esta federación accedió a la independencia tras el fin del protectorado británico. Mientras estos estados terminaban de acordar su configuración política, Irán, aprovechando su superioridad militar, libero las islas de Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor, en el estrecho de Ormuz. El Sha justificó su acción asegurando que habían formado parte del antiguo Imperio persa. Estos recelos se convirtieron en una hostilidad abierta con la revolución de 1979, que derrocó a la corrupta monarquía de los Pahlevi y abrió paso a la República Islámica. Los ayatolás escalaron en sus reclamaciones, que fueron mucho más allá de puntuales disputas territoriales. El discurso del régimen de Jomeini pasó a ser extremadamente agresivo con sus vecinos. A poco de subir al poder, Jomeini acusó a las petromonarquías del Golfo de ser gobiernos corruptos, serviles con los estadounidenses, y realizó llamamientos a todos los musulmanes a derrocar a sus líderes. La capacidad de influencia de la joven República Islámica quedó clara a finales de noviembre de 1979, cuando estalló una revuelta en Qatif, provincia saudí donde vive una importante comunidad chiíta y que alberga importantes yacimientos petrolíferos. Riad se alarmó y desencadenó una dura represión que dejó miles de muertos. El clima de desconfianza generado por la revolución islámica se alimentó más con el estallido de la guerra Irán-Irak (1980-1988). Las monarquías del Golfo se declararon neutrales, pero Arabia Saudita y Kuwait dejaron atrás la rivalidad con Saddam Hussein y le apoyaron financieramente para que derrotara al régimen de los ayatolás. Este movimiento alimentó la sensación en Teherán de que una alianza internacional al servicio de EE. UU. operaba en contra suya. Desde la perspectiva de las petromonarquías, cuando Irán pasó a tener la iniciativa en la guerra contra Irak, la posibilidad de que extendiese su revolución pareció más real que nunca. La respuesta de las monarquías suníes llegó en 1981 con la creación del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), compuesto por Arabia Saudíta, Kuwait, EAU, Bahréin, Qatar y Omán. El organismo, bajo el liderazgo de Riad, buscaba garantizar la seguridad en la región, particularmente frente a las ambiciones de Teherán. El conflicto irano-iraquí se estancó en tierra, así que ambos bandos buscaron interrumpir las exportaciones de crudo del enemigo. Lo hicieron atacando las instalaciones y los buques que exportaban hidrocarburos en la que se llamó la “guerra de los petroleros”, y muy pronto salpicó a las monarquías del Golfo. Por su limitada salida al mar, Irak recurrió a buques y oleoductos de bandera saudí y kuwaití para exportar su petróleo. En paralelo, Riad aumentó su producción para contrarrestar la subida de precios provocada por la guerra. Todos estos movimientos convencieron a Teherán de que sus vecinos trataban de hundir su economía, así que apostó por la escalada. En la primavera de 1984, la aviación iraní atacó los primeros petroleros en aguas saudíes y kuwaitíes. Riad respondió rápido al declarar en sus aguas territoriales una zona de exclusión aeronaval, la “Línea Fahd” (por el monarca que entonces gobernaba en este país), que dio lugar a varias escaramuzas aéreas. De todas formas, Irán siguió hostigando la navegación en otros puntos del golfo Pérsico echando mano de todos sus recursos militares. Ante la renuencia de EE. UU. de verse arrastrado al conflicto, Kuwait pidió ayuda a Rusia para escoltar sus petroleros. Entonces Washington cambió de opinión por temor a que Moscú adquiriese mayor influencia en región y envió sus buques de guerra. En paralelo al despliegue de efectivos aeronavales en el golfo Pérsico, el enfrentamiento entre Irán y sus vecinos se libró en otros lugares y de otras formas. En 1987, durante el Hajj, la peregrinación anual a La Meca, fieles chiitas organizaron protestas en favor de los ayatolás. La policía saudí respondió con dureza y mató a cientos de manifestantes, en su mayoría iraníes. Como consecuencia de todo ello, el ayatolá Jomeini llamó al derrocamiento de la monarquía saudita, y ambos países rompieron relaciones diplomáticas hasta 1991. La guerra con Irak terminó en 1988, y pasado dos años, con la invasión de Kuwait, Saddam pasó a ser el nuevo elemento desestabilizador de Oriente Medio. En cambio, Irán comenzó a ofrecer otra cara, con las presidencias reformistas de Akbar Rafsanyani (1989-1997) o Mohammad Jatamí (1997-2005), quienes propiciaron un clima de acercamientos con sus vecinos en el Golfo. Pese a la nueva cordialidad, la desconfianza perduró. Iraníes y saudíes fueron consolidando su liderazgo en sus respectivos campos político-teológicos. Teherán ganó influencia en lugares como Líbano o Siria. Los saudíes, por su parte, apoyaban a grupos wahabíes, que cada vez emitían un discurso más incendiario contra los chiitas. De nuevo, una guerra transformó el frágil equilibrio entre las dos orillas del Golfo. La invasión de Irak en el 2003 acabó con la dictadura de Saddam Hussein, pero permitió a Irán extender su influencia en un país que, de hecho, era de mayoría cita. Además, el gobierno de Teherán inició un giro hacia posturas menos aperturistas, y su programa nuclear también fue un motivo de preocupación para los saudíes y otras monarquías. Para describir este marco de pujanza iraní desde Irak hasta Líbano, el rey Abdalá II de Jordania acuñó la expresión “Creciente chiita” en el 2004. Arabia Saudita se reafirmó en su papel de ‘paladín’ del sunnismo e incrementó la ayuda a sus aliados. Poco a poco, las dos potencias regionales se fueron enfrentando a través de terceros en escenarios como las guerras civiles de Yemen y Siria. Al contrario de lo visto en los años ochenta, en esta nueva ronda de discordias, la respuesta de las petromonarquías del Golfo no fue de seguimiento total a Riad. Kuwait, Omán y Qatar mostraron agendas propias. Solamente Bahréin ha aceptado una subordinación total a los saudíes, porque su dinastía reinante es sunnita y porque teme una revuelta de la mayoría de sus habitantes, que son chiitas, con gran simpatía con Irán. Hasta el actual conflicto, Kuwait optó por una postura dialogante. Un 30% de la población del pequeño emirato profesa el chiismo, así que su gobierno ha preferido el entendimiento con Irán, y más desde el aumento de la influencia de los ayatolás sobre el vecino Irak. Omán también prefirió dejar atrás tensiones pasadas. Esta postura le ha permitido servir como mediador en muchas negociaciones entre Irán y EE. UU., como las que dieron lugar al acuerdo nuclear del 2015 o las que han tenido lugar en los últimos meses. En tanto, Qatar ha sido la monarquía del Golfo que se ha acercado más a Irán en las últimas décadas. Aunque, hasta el 2025, también ha sabido mantener ciertos equilibrios. Por un lado, mantenía una estrecha colaboración económica con los ayatolás (destaca la explotación de importantes yacimientos de gas). Por otro, también ha sabido conservar una buena sintonía con EE. UU., ya que alberga la importante base de Al Udeid. La relación de Qatar con Irán le ha valido momentos de alta tensión con Arabia Saudita, como en el 2017, cuando Riad impuso un bloqueo a este país que duró tres años y medio. No obstante, desde el 2025, el vínculo con Teherán se ha enfriado a raíz de los ataques contra la base de Al Udeid. El caso más complejo es el de EAU. Su visión de las relaciones con la República Islámica ha fluctuado según los intereses del momento de los dos emiratos principales de esta federación: Dubái y Abu Dhabi. Durante muchos años, primó el desarrollo económico que defendía Dubái. Este emirato cuenta con una importante minoría de origen iraní que contribuyó al crecimiento de su sector terciario gracias a las relaciones con Irán, al otro lado del estrecho de Ormuz. En cambio, una vez consolidado el desarrollo económico, Abu Dhabi impulsó un mayor rol político internacional de EAU. Este nuevo posicionamiento implicó ir contra la influencia iraní en la zona, y llegó a intervenir junto a los saudíes en Yemen contra los huttíes - aliados de Teherán - donde, sin embargo, terminaron derrotados. Además, los emiratíes no han renunciado a recuperar las islas recuperadas por Irán en 1971 y han buscado apoyos internacionales en sus absurdas reclamaciones, sin resultado alguno. No cabe duda que la guerra actual, en la que estas corruptas petromonarquías se ven implicadas por su apoyo a la agresión estadounidense contra Irán, puede abrir una fase distinta en las relaciones entre ambas orillas del Golfo.
viernes, 13 de marzo de 2026
RAMSES AND THE PHARAOHS´GOLD: Reviviendo el esplendor del Antiguo Egipto
La exposición itinerante titulada Ramses and the Pharaohs’ Gold (Ramses y el oro de los faraones) con tesoros del Museo Egipcio de El Cairo, se presenta en Londres, en el espacio cultural de la antigua usina eléctrica Battersea Power Station (inmortalizada en la tapa del álbum Animals, de Pink Floyd), marcando el regreso público de Ramsés II como figura central del antiguo Egipto. El evento, organizado a partir de una colección sin comparación en años recientes, no incluye la famosa momia del faraón, pero sí exhibe el ataúd original en que se encontró su cuerpo, estableciendo un punto de atracción museística que apunta a superar el impacto global alcanzado históricamente por Tutankamón, el más insignificante y oscuro de los faraones, famoso únicamente porque se encontró su tumba intacta. El traslado y exhibición de parte del selecto inventario arqueológico, centrado en Ramsés II y en artefactos vinculados a su largo reinado de 66 años, reabre además discusiones sobre el posicionamiento de los principales faraones en la industria cultural global. Mientras la figura de Tutankamón ha dominado la fascinación moderna gracias al hallazgo intacto de su tumba en 1922, la muestra en Battersea reactiva la competencia simbólica dentro de la egiptomanía museística, con Ramsés ocupando nuevamente el protagonismo en la agenda de grandes instituciones y circuitos de exhibición europeos. La muestra se concibe como una oportunidad inédita para reposicionar a Ramsés como referente absoluto del fasto faraónico, tras décadas de primacía mediática de Tutankamón. Si bien no incluye la momia del rey, sí expone el ataúd original recuperado en el siglo XIX y relicarios de alto valor cultural, permitiendo al público general y a la industria museística, acceder a elementos históricamente reservados a los circuitos académicos internacionales. Esta decisión curatorial impacta directamente en el flujo de visitantes y en la generación de nuevas alianzas institucionales para futuras itinerancias en Europa y América del Norte. El núcleo de la exposición y de la revisión académica reside en el uso sistemático de la monumentalidad para la fabricación de la imagen real. Ramsés no solo dictó la ejecución de estatuas colosales - como la serie de figuras sedentes de 20 metros en el Gran Templo de Abu Simbel - sino que estableció una política de autorretrato ritualizado sin precedentes en la historia dinástica. Estas esculturas, encargadas y modeladas bajo estrictos códigos de estilización, muestran una representación idealizada, distante de los trazos identificados por la arqueología en su momia, como la nariz aguileña y la expresión tensa del rostro. El énfasis en la despersonalización escultórica respondió a la necesidad política de restaurar la tradición tras el convulso reinado de Akenatón, que instauro la religión monoteísta en torno al disco solar, denominado Aton y que desapareció con su muerte. Ramsés II implementó así, mediante la arquitectura y las artes visuales, una estrategia propagandística para fundir su imagen con los cánones del pasado, solidificándose como símbolo de continuidad y estabilidad. El ejemplo paradigmático aparece en Abu Simbel: el templo, excavado en la roca y dedicado enteramente a él, exhibe cuatro figuras colosales idénticas, mientras las estatuas menores de familiares recalcan la jerarquía vertical del poder. De esta manera, la narrativa oficial del régimen, reproducida en relieves y pinturas, transformó hechos reales - como la Batalla de Kadesh - en epopeyas personales. El propio Ramsés aparece conduciendo personalmente la ofensiva y capturando enemigos, un ejercicio de glorificación militar y propaganda que anticipa mecanismos de arte estatal en imperios posteriores. Más allá de Egipto, Ramsés II ha sido a partir de la “adquisición” - robo es la palabra adecuada - de la colosal estatua por el Museo Británico en 1817, un campo de batalla discursivo para la cultura occidental moderna. El traslado del busto, recuperado por el arqueólogo Giovanni Battista Belzoni y casi destruido por los franceses en el proceso, desató una competencia intelectual en la poesía romántica inglesa. El poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, inspirado en este acontecimiento y en la inscripción que la tradición griega atribuyó al coloso, convirtió a Ramsés en sinónimo de la decadencia de la grandeza y de la ironía del poder efímero. La voluntad del propio Ramsés de asegurar su perdurabilidad inscribiendo su nombre con relieve sobresaliente en esculturas y monumentos, anticipando la lógica de la propaganda política moderna. Estos detalles, documentados por la historiografía desde Diodoro Sículo, han exacerbado el debate sobre el tipo de memoria que sobrevive en el tiempo: la glorificación activa promovida por el poder frente a la imagen desvanecida, satirizada o resignificada por las artes y la museografía occidental. La exposición en Battersea Power Station confirma la vigencia de Ramsés II como activo estratégico en la circulación internacional de patrimonio faraónico. Al exhibirse en el núcleo financiero y turístico de Londres, la muestra no solo capitaliza la fascinación milenaria por el antiguo Egipto, sino que reequilibra el reparto de centralidad museística - y, por extensión, de explotación simbólica y económica - que hasta ahora ha protagonizado injustamente la figura del mediocre Tutankamón.
viernes, 6 de marzo de 2026
CIRO EL GRANDE: Rey de Reyes
También conocido como Ciro II (m. 530 a.C.), fue el cuarto rey de Anshan y el primer rey del Imperio aqueménida, quien dirigió varias campañas militares contra los reinos más poderosos de la época, como Media, Lidia y Babilonia. Mediante estas campañas, unificó gran parte de Oriente Medio bajo la hegemonía persa, manteniendo la administración local prácticamente intacta. Al garantizar cierta continuidad y ganarse así la lealtad de la élite, sentó las bases del Imperio aqueménida. No se sabe mucho sobre la vida temprana de Ciro. Las diversas tradiciones orales relacionadas con su nacimiento y juventud se conservan solo en las obras de autores griegos como Heródoto, Ctesias y Jenofonte, quienes presentan relatos contradictorios de naturaleza mayoritariamente legendaria. Según el relato más conocido de Heródoto, Ciro era hijo del rey persa Cambises (c. 580-559 a. C.) y la princesa meda Mandane, hija del rey medo Astiages (585-550 a. C.). Sin embargo, Ctesias contradice explícitamente a Heródoto, afirmando en cambio que Ciro era hijo de un bandido persa llamado Artadates y su esposa, la cabrera Argoste. Según Ctesias, Ciro sirvió en la corte de Astiages como copero jefe antes de derrocarlo. Luego de su golpe de estado, Ciro adoptó a Astiages como su padre y se casó con su hija Amytis. Según inscripciones aqueménidas contemporáneas, como el Cilindro de Ciro y la Inscripción de Behistún, Ciro era rey de Anshan (un reino en Fars con una población mixta elamita y persa) e hijo de Cambises. Sin embargo, cabe señalar que las inscripciones aqueménidas nunca mencionan ninguna relación genética entre Ciro y Astiages. Aunque el matrimonio entre familias reales persas es ciertamente una posibilidad, también es posible que Ciro solo afirmara ser nieto de Astiages para obtener legitimidad (según Heródoto) y que se casara con la hija de Astiages, Amytis, por la misma razón (según Ctesias). Finalmente, Heródoto, Ctesias y Jenofonte coinciden en que Ciro pasó parte de su juventud en la corte de Astiages. Esto puede basarse en la verdad histórica, pero, de nuevo, también puede ser simplemente un motivo legendario. El primer gran logro de Ciro fue la conquista de Ecbatana, la capital meda gobernada por Astiages. Este acontecimiento se menciona por primera vez en dos fuentes babilónicas contemporáneas: el Cilindro de Nabonido de Sippar y la Crónica de Nabonido. Heródoto también nos ofrece un relato detallado de este acontecimiento. Según el Cilindro de Nabonido de Sippar, Ciro, rey de Anshan, se alzó contra su señor, el rey medo Astiages, en el 553 a. C. Tras derrotar a las vastas hordas medas con su pequeño ejército, capturó a Astiages y lo llevó de vuelta a su patria. La Crónica de Nabonido afirma, en cambio, que Astiages marchó sobre Ciro en el 550 a. C., pero su ejército se rebeló contra él, lo tomó prisionero y lo entregó a Ciro, quien tomó entonces Ecbatana y se apoderó del botín. La discrepancia en las fechas entre estas dos fuentes puede explicarse asumiendo que Ciro inició su rebelión en 553 a. C., que Astiages marchó contra Ciro en 550 a. C. y que la revuelta en el ejército medo ocurrió durante esa campaña. El relato de Heródoto concuerda en gran medida con la Crónica de Nabónido. Heródoto afirma que Harpago, un noble medo, animó a Ciro a rebelarse contra Astiages, quien lo había perjudicado en el pasado. Harpago buscó el apoyo de los demás nobles medos, quienes también estaban descontentos con el gobierno de Astiages. Astiages, al enterarse de la rebelión de Ciro, nombró a Harpago para liderar el ejército medo contra él. Cuando los ejércitos medo y persa se encontraron, Harpago y los demás nobles se unieron a Ciro como estaba previsto. Todas las fuentes coinciden en que Ciro perdonó la vida a Astiages. Si creemos a Ctesias, Ciro incluso adoptó a Astiages como su padre y se casó con su hija Amytis, presentándose como el legítimo sucesor de Astiages como rey de los medos. Se suele asumir que Ciro se apoderó de todas las tierras conquistadas por los medos, que según Heródoto abarcaban toda Asia excepto Asiria. Sin embargo, investigaciones recientes concluyen que el territorio de los medos era mucho menor o incluso que no existía un Imperio Medo. Aun así, parece probable que el poder y el prestigio de Ciro en la meseta persa aumentaran considerablemente tras esta victoria. Tras su victoria sobre Astiages, Ciro fundó la ciudad de Pasargada en el lugar de la batalla. Pasargada sirvió como capital ceremonial del Imperio aqueménida temprano y nunca estuvo destinada a albergar una gran población. La ciudad consta de varios edificios monumentales repartidos por la llanura de Murghab, entre los que destacan Tall-e Takht (una ciudadela de piedra en la cima de una empinada colina), el Palacio P (un edificio residencial), el Palacio S (una sala de audiencias con columnas) y, finalmente, las tumbas de Ciro y su hijo Cambises. Los monumentos de Pasargada contienen influencias de todo el mundo conocido, incluyendo esculturas de estilo asirio y mampostería de estilo jónico. Se cree que la Tumba de Ciro representa un zigurat mesopotámico o elamita con una cella de estilo urartiano en la cima. Pasargada prosperó solo durante un breve periodo, y Persépolis asumió su papel como capital ceremonial en el 515 a. C. Asimismo, Ciro conquistó Lidia en algún momento entre la caída de Ecbatana (550 a. C.) y la caída de Babilonia (539 a. C.). La Crónica de Nabonido afirma que Ciro dirigió una campaña al oeste del Tigris en 547 a. C.; sin embargo, la mayoría de los eruditos coinciden en que esta campaña tenía un objetivo diferente. Heródoto afirma que fue Creso (560-547 a. C.), rey de Lidia, quien inició la guerra cruzando el río Halis y saqueando Pteria, una ciudad capadocia dentro de la esfera de influencia meda. Creso era aliado y cuñado de Astiages, así que al enterarse de que Ciro había depuesto a Astiages, juró vengarlo. Los dos ejércitos se encontraron cerca de Pteria, pero la batalla terminó en un punto muerto. Cuando Creso decidió marchar con su ejército a casa para pasar el invierno, Ciro lo persiguió hasta Lidia y lo enfrentó por segunda vez cerca de Thymbra. Ciro desplegó dromedarios para dispersar a la caballería lidia, obligando a Creso a retirarse a su capital, Sardes, que cayó luego de un asedio de 14 días. Existe cierta discusión sobre lo que le sucedió a Creso tras su derrota final. Heródoto, Ctesias y Jenofonte coinciden en que Ciro amenazó con castigar a Creso primero, pero que se apiadó de él e incluso lo nombró su consejero personal. Hasta ahora, parece plausible que Creso sobreviviera a la caída de Sardes. Sin embargo, algunos eruditos consideran que tales relatos son legendarios y creen que Ciro efectivamente ejecutó a Creso. Luego de la caída de Sardes, Ciro puso a un lidio llamado Pacties a cargo del tesoro de Creso. El trabajo de Pacties era enviar estos tesoros a Persia, pero, en cambio, organizó una revuelta, contratando mercenarios. Ciro envió entonces a su general Mazares para sofocar la rebelión, pero debido a su prematura muerte, fue Hárpago quien completó la conquista de Asia Menor, capturando las ciudades de Licia, Cilicia y Fenicia mediante la construcción de fortificaciones. En algún momento de la década del 540 a. C., Ciro debió conquistar a los bactrianos y a los sacae. Según Ctesias, cuando los bactrianos oyeron que Ciro había tratado a Astiages con respeto, se sometieron voluntariamente a ellos, lo que implicaba que los bactrianos habían sido súbditos o aliados de Astiages. Tras fortalecer su influencia sobre la parte oriental de la meseta persa, Ciro centró su atención en los nómadas sacae. Capturó a su rey Amorges, pero la esposa de Amorges, Sparetra, reunió un ejército de 300.000 hombres y 200.000 mujeres y derrotó a Ciro en batalla. Ciro liberó a Amorges y los dos reyes se aliaron, atacando juntos Lidia. Si este relato es cierto, Ciro pudo haber conquistado a los bactrianos y a los sacae antes de conquistar Lidia. Finalmente, Ciro debió haber conquistado la región de Armenia a mediados del siglo VI a. C., posiblemente instalando a su aliado Tigranes Oróntida como rey de Armenia. En el 539 a. C., Ciro invadió el Imperio babilónico, siguiendo las orillas del Gyndes (Diyala) en su camino hacia Babilonia. Al parecer, cavó canales para desviar la corriente del río, facilitando su cruce. Ciro se enfrentó y derrotó al ejército babilónico en una batalla cerca de Opis, donde el Diyala desemboca en el Tigris. Luego de esto, el pueblo de Sippar le abrió sus puertas sin resistencia. El rey babilonio Nabonido huyó, y Ciro envió a su sirviente Ugbaru, gobernador de Gutium, a capturar Babilonia. Ugbaru capturó las afueras de Babilonia, quedando solo el distrito del templo de Esagil bajo control babilónico. Luego de dos semanas, Ciro fue recibido en Babilonia con festividades. Con Babilonia bajo control persa, Ciro pudo añadir el título de «rey de Babilonia» a su nombre. Heredó todos los territorios que habían pertenecido al Imperio babilónico y, al parecer, no tuvo problemas para pacificar estas regiones. De hecho, es posible que Hárpago ya hubiera conquistado gran parte de la costa mediterránea antes de que Ciro atacara Babilonia. Ciro ahora gobernaba los fértiles valles fluviales de Mesopotamia, además de la rica costa mediterránea. Precisamente, luego de la conquista de Babilonia, Ciro encargó que se escribiera una inscripción en su nombre. Esta inscripción, más conocida como el Cilindro de Ciro, sirvió para explicar y justificar la conquista de Babilonia por parte de Ciro ante el público babilónico. El documento apela con fuerza a los ideales babilónicos de la realeza. Nabonido es descrito como un rey incompetente e impío, mientras que Ciro es descrito como un salvador designado por Dios. El Cilindro de Ciro comienza afirmando que Nabonido descuidó el culto a Marduk, el dios patrón de Babilonia. De hecho, Nabonido prefería al dios lunar Sin sobre el dios nacional Marduk, por lo que podría haber algo de cierto en esto. Aun así, es probable que el descuido del culto a Marduk fuera muy exagerado. Nabonido también impuso trabajos forzados a su pueblo, quizás como preparación para la invasión persa. Marduk, compadecido por el pueblo de Babilonia, recorre todas las tierras en busca de un rey verdaderamente justo, y finalmente elige a Ciro de Anshan. Marduk lidera a Ciro hacia la victoria contra los medos y le ayuda a capturar Babilonia sin batalla. Ciro se presenta entonces como rey de Babilonia, rey de Anshan, descendiente de Teispes y favorito de Marduk. Afirma no haber saqueado la ciudad, no haber asustado a nadie, haber adorado a Marduk a diario y haber liberado al pueblo de Babilonia del duro trabajo que Nabonido les había impuesto. También afirma haber devuelto a sus templos los ídolos que Nabonido había traído a Babilonia desde templos de toda Mesopotamia, junto con el personal correspondiente. Ciro concluye su discurso con una oración a Marduk y una descripción de sus actividades de construcción. Aunque a menudo se asume que Ciro era zoroastriano, no existen fuentes contemporáneas que lo describan como seguidor de Zaratustra, ni siquiera como adorador de Ahura Mazda. De hecho, el zoroastrismo, tal como lo conocemos hoy, podría no haber existido durante su vida. Las creencias y prácticas asociadas con el zoroastrismo no se estandarizaron hasta finales del período sasánida. Antes de esa época no existía la ortodoxia y los persas se adherían a una amplia gama de creencias y prácticas vagamente asociadas. Ahura Mazda era solo uno entre muchos dioses, y Zaratustra era solo un profeta que favorecía a Ahura Mazda por encima de todos los demás. Teniendo esto en cuenta, es probable que Ciro fuera un politeísta que creció adorando a los dioses tradicionales iraníes. Jenofonte lo describe haciendo un juramento a Mitra, el dios persa de los juramentos, pero es posible que recurriera a otros dioses con otros fines. Por lo tanto, no debería sorprendernos que Ciro ofreciera sacrificios a los dioses babilónicos Marduk y Nabu. Esta era su manera de aplacar a los dioses de las tierras que conquistaba. Al igual que con su nacimiento y juventud, no se sabe mucho sobre los últimos nueve años de la vida de Ciro. Heródoto afirma que Ciro murió luchando contra los masagetas, un pueblo nómada que vivía al otro lado del Iaxartes. La reina Tomiris de los masagetas aparentemente decapitó a Ciro para vengar la muerte de su hijo a manos de él. Ctesias afirma en cambio que Ciro murió tratando de sofocar una revuelta de los derbices, otro pueblo nómada de Asia Central, mientras que Beroso afirma que Ciro murió luchando contra los nómadas dahae. Es probable que Ciro muriera de hecho en Asia Central mientras intentaba expandir su influencia sobre la región. De las cartas babilónicas, se sabe que Ciro murió antes de diciembre de 530 a. C. Fue enterrado en su mausoleo levantado en Pasargadae - que aún existe - en un sarcófago de oro, junto con su capa, sus armas y sus joyas. A su muerte, Ciro fue sucedido por su hijo Cambises II. En cuanto a su legado, entre el inicio de su revuelta contra Astiages en el 553 a. C. y su muerte en el 530 a. C., Ciro unificó bajo su dominio todas las tierras comprendidas entre el mar Egeo y el Yaxartes. Mediante varias campañas rápidas, destronó a numerosos reyes poderosos, ya sea nombrando sátrapas persas en su lugar o atribuyéndose el título de rey. De esta forma, estableció el dominio persa sobre todo Oriente Medio. Al conquistar un reino, Ciro solía permitir que los funcionarios locales mantuvieran su cargo. De esta manera, la infraestructura administrativa se mantenía intacta. También adaptó las prácticas culturales y religiosas de las tierras que conquistaba, ganándose así el respeto de sus súbditos y la lealtad de las élites tradicionales de los reinos que conquistaba, como la nobleza meda y el sacerdocio babilónico. Para comprender verdaderamente la importancia de la política de Ciro hacia la población sometida, conviene recordar que el Imperio aqueménida, en aquel entonces, era poco más que un conjunto personal de reinos conquistados por Ciro. Este imperio se mantenía unido principalmente gracias a la lealtad personal al rey. Con el tiempo, la estructura imperial del Imperio aqueménida se estandarizó, especialmente tras las reformas de Darío, pero fue Ciro quien, mediante sus conquistas y su capacidad para inspirar lealtad entre sus súbditos, sentó las bases del Imperio aqueménida. Ahora que Irán (como se denomina Persia desde mediados del siglo pasado) se encuentra bajo ataque del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, junto a las ratas sionistas, es de esperar que el legado de Ciro inspire a los iranies a vencer a sus más encarnizados enemigos.
viernes, 27 de febrero de 2026
PATRIMONIO MUNDIAL: Centro espiritual y político de Tiwanaku (Bolivia)
Fue la capital de un poderoso imperio prehispánico que alcanzó su apogeo entre los años 500 y 900 D.C. cuya influencia se extendió por una vasta zona de los Andes meridionales y otras regiones adyacentes, hasta su enigmática desaparición, por causas desconocidas. Ya en tiempo de los Incas su capital estaba en ruinas, para darles una idea de su antigüedad. No se sabe el nombre que tenía, pero según el cronista peruano Inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales de los Incas, cuenta un episodio que involucra al por entonces soberano Mayta Capac, quien visitaba la zona, cuando un mensajero proveniente del Cuzco le trajo noticias importantes. Por la rapidez de su llegada, el Inca al recibirlo, noto el cansancio del mensajero que se encontraba parado frente al él, por lo que le dijo amablemente: “Tia huanacuy” (“siéntate huanaco”) a modo de elogio, ya que este camélido es muy veloz y difícil de atrapar. Desde entonces, las ruinas de la ciudad y por ende el de su civilización, quedaron bautizadas así, aunque de forma españolizada, se le denomina Tiahuanaco. Los vestigios de sus monumentos atestiguan la importancia cultural y política de una civilización netamente diferenciada de las restantes culturas prehispánicas de América. Este imperio - regido por los antepasados de los aymaras - es conocido como la "cultura madre" de América del Sur. El centro espiritual y político de la cultura se sitúa en la ciudad-estado de Tiwanaku, a unos 74 km al oeste de La Paz, cerca del lago Titicaca. A casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, se elevan la ciudad planificada con el mismo nombre, que tuvo fuerte carácter religioso y desplegó toda su grandeza entre el 400 d.C. y el 900 d.C, para ir desapareciendo gradualmente. “Los vestigios de sus monumentos atestiguan la importancia cultural y política de una civilización netamente diferenciada de las restantes culturas prehispánicas de América”, afirma la UNESCO sobre el sitio arqueológico. El conjunto monumental de edificios de piedra y las pirámides está construido con colosales monolitos tallados con precisión milimétrica. Aún no está claro cómo lograron levantar las estructuras o traer las piedras necesarias, ya que la civilización carecía del concepto de la rueda. “Era una ciudad brillante, de unos 4 a 6 kilómetros cuadrados. Uno de ellos estaba lleno de pirámides de piedra, palacios y residencias para la élite. Más allá se construyeron las viviendas para el resto de la gente que llegaban hasta el lago. Eso son unos 20 kilómetros. Un espacio bastante extenso”, explicó Charles Stanish, antropólogo de la Universidad del Sur de Florida. La pirámide de Akapana es, por ejemplo, la mayor y más antigua de las construcciones prehispánicas de Sudamérica. Tenía un gran significado espiritual y los arqueólogos creen que fue erigida hace unos 2.500 años. Como todo el conjunto arquitectónico está bellamente tallado. La ciudad fue diseñada para atraer gente de todas partes y los expertos están bastante seguros de que tenía barrios distintos y gente multiétnica. “La ciudad probablemente era multilingüe y se oían distintos idiomas. Se organizaban grandes ceremonias y festivales, y tratan de atraer gente y comerciar. Sus textiles son absolutamente impresionantes. Su alfarería hermosa”, afirma Stanish. Construyeron su economía sobre la base del comercio y de la agricultura. La metrópoli estaba dotada de un complejo sistema de drenaje subterráneo que controlaba el flujo de las aguas pluviales. Sus casi 50.000 campos agrícolas, conocidos localmente como sukakollos, tenían una tecnología de riego -asombrosa para la época- que les permitió adaptarse fácilmente a las duras condiciones climáticas del altiplano boliviano. A su alrededor construyeron terrazas artificiales que hicieron posible una forma sostenida de cultivo y ayudaron a la evolución cultural del imperio. “Estas innovaciones fueron adoptadas por civilizaciones posteriores y se extendieron hasta el Cuzco”, explica la UNESCO. Y es que los Tiwanaku establecieron colonias alrededor de su enclave estratégico, extendiendo su dominio por los Andes. Así, instauraron su poder político y económico: controlando enclaves o pequeñas unidades políticas y comerciando con los locales. Usaban además distintos materiales para la arquitectura, la alfarería, los textiles, los metales y la cestería. “Se comportaron como un imperialismo clásico en el que traían materias primas y fabricaban productos terminados, particularmente cerámica y textiles. Tenían compuestos alucinógenos que eran muy populares en aquella época. Trabajaban la piedra y el metal. Tenían toda una gama de actividades. Y sobrevivieron durante varios cientos de años”, explica el antropólogo. “Eran una sociedad jerárquica. Esto está bastante claro. Tenían realeza y una élite entroncada con el sacerdocio que usaba símbolos y estructuras de poder tradicionales andinos. Es casi seguro que los Tiwanaku hablaban una forma ancestral de aymara, que llamamos jaqi”, afirma. Y pese a la grandiosidad y la influencia de los Tiwanaku, de su fuerza económica y política, la civilización desapareció misteriosamente sin dejar muchas pistas sobre las razones. “Tenemos varios misterios que resolver, como su desaparición y colapso o la tecnología con la que transportaron piedras que sobrepasan las 140 toneladas desde canteras a más de 50 kilómetros de la ciudad”, expresó Stanish. Parte de su cultura o de sus tecnologías fueron absorbidas por civilizaciones que lo sucedieron como los Wari - que se desarrollaron en los Andes centrales del Perú y que al igual que la cultura matriz desapareció misteriosamente - y especialmente por los Incas, de los cuales se decía que provinieron de Tiwanaku. Existen muchas hipótesis para explicar el colapso y la desaparición de esta civilización. Desgraciadamente, fue saqueada a lo largo de los siglos y gran parte de su valioso patrimonio desapareció. Numerosos documentos históricos muestran que el sitio arqueológico se convirtió en una cantera, de la cual se extraían materiales para construir edificios modernos. La evidencia de esto, según la UNESCO, es aún es visible en el centro de la ciudad cercana, e incluso en La Paz, la capital de Bolivia. Además, la ciudad solo ha sido excavada en torno a un 10% por lo que todavía queda mucho por hacer. Por eso es difícil saber qué pasó exactamente. La tesis más sostenida es la de una crisis ambiental que generó una prolongada sequía. Stanish apunta a que las causas de su desaparición fueron varias. “Su colapso no sucedió de la noche a la mañana. Tardó al menos 200 años en pasar”. Tampoco se trató de un colapso biológico. Es decir, la población no murió en un breve período de tiempo. Es probable que los pobladores fueran poco a poco dispersándose. Primero fuera de la gran ciudad, luego más allá de los límites cercanos. “Sabemos que no fue una enfermedad que diezmara a la población. Se habla de que se debió a una sequía que afectó a los sistemas agrícolas en la cuenca del Titicaca. Y también que hubo invasores por el sur. Esa fue la leyenda registrada por muchos historiadores españoles”, explica el arqueólogo. Para él, no hubo una sola causa, sino que fue la confluencia de muchas. Entre ellas probablemente esté también una rebelión campesina debido a la fuerte insatisfacción con los gobernantes y la élite. “Se parece mucho a lo que ocurrió con los mayas, donde la gente simplemente se dispersó. Cualquiera que fuera el sistema político y económico que mantenía a Tiwanaku, se vino abajo”, dice. Y de esta forma, la agricultura y la riqueza que producía, que durante siglos fue el eje que mantuvo unido su sistema político, cayó gradualmente en desuso y se produjeron cambios considerables con respecto a la salud general, la demografía y las estrategias de subsistencia del pueblo, provocando una diáspora. “La primera etapa fue una diáspora colonizadora y limitada a unos sitios de altura intermedia, como la cuenca media del Osmore cerca a Moquegua, y probablemente Cochabamba”. “La segunda etapa fue una diáspora mucho más extensa, impulsada por la desintegración violenta de las colonias alrededor de 1000 d.C., contemporáneo con el colapso de la ciudad de Tiwanaku o su reorientación radical por una élite militar”, afirma Bruce D. Owen en su estudio “Distant Colonies and Explosive Collapse: The Two Stages of the Tiwanaku Diaspora in the Osmore Drainage”. Las poblaciones de la segunda etapa, que se asentaron en áreas poco pobladas, establecieron aldeas pequeñas, dispersas, y defendibles. Los que se asentaron entre una población mayor o mejor establecida se integraron como una minoría de menor estatus. “Este colapso explosivo sugiere que Tiwanaku estaba compuesto por múltiples grupos cuyos intereses diversos no podían ser contenidos”, añade Owen. “Cuando las civilizaciones colapsan, normalmente hay múltiples razones: crecimiento demográfico, enfermedades, invasores o guerras. Todas ellas se unen y engullen civilizaciones enteras” puntualizó.
viernes, 20 de febrero de 2026
INTENTANDO BORRAR SU HISTORIA: Museo Británico elimina la palabra “Palestina” de sus exhibiciones
El British Museum ha generado controversia internacional tras anunciar que ha eliminado la palabra “Palestina” de varios paneles, mapas y textos informativos en sus exhibiciones sobre el antiguo Medio Oriente. La decisión, que se tomó hace unos días, ha reavivado debates sobre cómo las instituciones culturales representan el pasado y las implicaciones políticas de la terminología histórica. El cambio afecta principalmente galerías dedicadas al "Levante antiguo" y "Egipto", donde anteriormente se utilizaba el término “Palestina” para describir regiones geográficas o identificar grupos culturales de épocas prehistóricas hasta tiempos clásicos. El museo ha iniciado una revisión de paneles y etiquetas, reemplazando el uso generalizado de “Palestina” por nombres como Canaán, Judá o Israel - términos asociados a entidades políticas y culturales específicas en diferentes momentos históricos - según el periodo en cuestión. Según la institución, la decisión responde a preocupaciones sobre exactitud histórica y claridad: los responsables del museo consideraron que aplicar el término “Palestina” a periodos y culturas tan antiguos puede resultar anacrónico y dar un impresión errónea de continuidad histórica. En una declaración recogida por la prensa, se explicó que “en contextos antiguos puede ser más apropiado referirse a regiones por nombres que reflejen mejor la realidad de esas épocas, como Canaán en el segundo milenio antes de Cristo”. El cambio se dio tras una carta enviada por UK Lawyers for Israel (UKLFI) - un lobby sionista con sede en el Reino Unido - que argumentó falazmente que el uso de “Palestina” en mapas y paneles “borra los cambios históricos” y puede crear una “impresión falsa de continuidad” que no refleja la complejidad de los antiguos reinos y culturas de la región también conocida como Oriente medio. Según informa The Telegraph, los cambios afectan a mapas y paneles informativos sobre el antiguo Egipto y los navegantes fenicios, donde la costa oriental del Mediterráneo era designada como Palestina y algunos pueblos eran descritos como "de ascendencia palestina". El museo ha modificado también exposiciones sobre Egipto y planea revisar otros paneles “para garantizar que el término no vuelva a aparecer” agrega The Guardian. En una carta dirigida al director del museo, Nicholas Cullinan, el grupo de abogados al servicio de los genocidas del pueblo palestino argumentó que "aplicar un solo nombre (Palestina) retrospectivamente a toda la región, a lo largo de miles de años, borra los cambios históricos y crea una falsa impresión de continuidad". La misiva añade que el uso del término tiene "el efecto multiplicador de borrar los reinos de Israel y Judea, que surgieron alrededor del año 1000 a.C., y de replantear los orígenes de los israelitas y el pueblo judío como si se derivaran erróneamente de Palestina". El British Museum ha aceptado estas tesis sionistas del grupo sin someterlas a ningún debate académico. Diversas fuentes históricas recuerdan que el nombre de Palestina fue impuesto por el emperador romano Adriano en el año 135 d.C. sobre los territorios de Samaria y Judea, como parte de la romanización de la provincia y tras sofocar la revuelta judía. La decisión de borrar el término precisamente ahora, cuando Israel mantiene una ofensiva genocida que ha causado más de 72.000 muertos confirmados en Gaza según el Ministerio de Sanidad local y la propia entidad sionista, y mientras el régimen criminal de Netanyahu acelera la colonización de Cisjordania con el registro masivo de tierras, revela la dimensión política de una operación aparentemente "filológica". La medida del British Museum, uno de los mayores museos del mundo y depositario de los saqueos cometidos por los británicos a través de la historia (más del 90% de sus colecciones son producto del expolio a gran escala), se suma a una larga serie de iniciativas para intentar reescribir la historia de la región para alimentar los mitos sionistas, en un contexto donde la llamada "comunidad internacional" asiste impasible a los actos de genocidio, que suman miles de asesinados en Gaza - la mayor cárcel a cielo abierto del mundo - desde el falso "alto el fuego". Mientras los abogados sionistas celebran la eliminación de Palestina de los mapas antiguos, los palestinos siguen siendo borrados del mapa contemporáneo a base de bombas y ametrallamientos de hombres, mujeres y niños en forma indiscriminada, para que a continuación los “colonos” se apropien de sus tierras, ante la total indiferencia del mundo que avala sus crímenes. La medida, como podéis imaginar, ha despertado reacciones encontradas. La gran mayoría de académicos y curadores consideran la decisión como controvertida y problemática, argumentando que puede contribuir a debates políticos actuales sobre identidad y reconocimiento, y que las narrativas culturales tienen un peso simbólico más allá de la estricta cronología histórica. Además, organizaciones y activistas que defienden la representación de la historia palestina han criticado la medida, señalando que eliminar el término de exhibiciones públicas en una institución global puede leerse como una forma de borrar una parte de la memoria cultural, especialmente en el contexto de un conflicto geopolítico que sigue siendo profundamente divisivo. De esta manera, el museo londinense, que alberga algunos de los tesoros arqueológicos más importantes de la humanidad, robados desde todos los puntos del globo, acaba de ofrecer otra demostración de su revisionismo histórico. De esta manera, mientras los criminales sionistas arrasan con sus monumentos y patrimonio arqueológico, el museo quiere borrarlos de la mente de las personas, como si nunca hubiesen existido. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, no lograran reescribir la historia. A que no.
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