SONIDOS DEL MUNDO
viernes, 3 de abril de 2026
EL SANTO SEPULCRO: La tumba vacía de Jesucristo
Cuando se llega a Jerusalén en busca del santuario más importante de la Cristiandad, se esperaría encontrar un edificio claramente delimitado. Sin embargo, la iglesia del Santo Sepulcro aparece como una amalgama de estructuras adosadas, de aspecto caótico y oscuro, recorridas por innumerables peregrinos y visitantes de todo tipo. Sólo si se considera la larga y tormentosa historia de los cristianos en Jerusalén, puede comprenderse este monumento, producto de constantes construcciones y reconstrucciones, desde tiempos del Imperio Romano hasta la época contemporánea. Cada período ha dejado su huella en la arquitectura del edificio, al igual que en la organización de sus espacios rituales, repartidos al milímetro entre los diversos cristianismos que históricamente han confluido en Jerusalén: católicos, ortodoxos, armenios, coptos, sirios y etíopes, más dos familias musulmanas originarias de Jerusalén, la familia Nuseibeh - que custodia la llave de la puerta - y la familia Joudeh Al-Goudia, que es la encargada de abrir y cerrar la puerta diariamente desde hace ocho siglos, desde el 1187, de manera ininterrumpida. Alberga además la sede del patriarca ortodoxo griego de Jerusalén y es la catedral del Patriarcado latino de Jerusalén. El origen del Santo Sepulcro se remonta a principios del siglo IV, a los años de expansión de la Iglesia cristiana bajo el patrocinio del emperador Constantino. Aprovechando la celebración del concilio de Nicea en el año 325, Macario, el obispo de Jerusalén, pidió al emperador que ordenara exhumar la tumba de Jesús, la cual, según la tradición, se encontraba en un lugar extramuros de la antigua Jerusalén. Ello obligó a demoler dos templos romanos que se habían erigido justo encima: el de Júpiter Capitolino y, principalmente, el de Venus. Sin oposición alguna, y según el testimonio vivo de Eusebio de Cesarea, biógrafo de Constantino, se comenzó la tarea con precisión, determinación y máximo cuidado, ya que la solidez de las técnicas de construcción romanas complicaba mucho la tarea de desmontar un templo consolidado sobre el terreno por medio de un podio. Al poco tiempo se anunció la localización del ansiado sepulcro de Cristo, excavado en la roca debajo de la plataforma del antiguo templo de Venus. Casi al mismo tiempo se anunció el hallazgo del Gólgota, el montículo rocoso con forma de cráneo (de ahí su nombre hebraico, así como el latino: Calvario) en el que fue crucificado Jesucristo. Informado del hallazgo de la tumba, Constantino ordenó a Macario que erigiera en el mismo lugar, en el menor plazo posible y sin reparar en gastos, una espléndida iglesia, de forma que «todo lo que pueda haber de eximia belleza en cualesquiera urbes sea derrotado en parangón con esta construcción». La iglesia empezó a erigirse en el año 326 y fue dedicada el 17 de septiembre de 335, aunque las obras terminaron medio siglo más tarde. El complejo estaba compuesto por una serie de espacios que se extendían de este a oeste y configuraban una especie de vía procesional. La entrada al complejo se realizaba desde el antiguo cardo máximo, la avenida que articulaba la Jerusalén romana de norte a sur. Lo primero que se encontraba era un atrio, para cuya construcción se aprovechó parte del témenos o gran patio del templo de Venus construido en época de Adriano. Representaba un primer espacio de meditación que permitía a los fieles dejar atrás el bullicio de las calles. A continuación, se pasaba a la basílica, edificio alargado característico de la arquitectura civil romana que los cristianos adoptaron para sus primeras grandes iglesias. Aunque esta basílica fue destruida en el siglo XI por los persas, se han hallado algunos restos que permiten imaginar cómo era originalmente. En efecto, tras un muro de la actual capilla de Santa Elena se han identificado otros muros de varias decenas de metros de longitud y casi tres de grosor que pueden atribuirse a una parte de la basílica constantiniana. Se ha averiguado que para la construcción de este edificio se utilizaron sillares provenientes del templo de Venus, que a su vez procedían del Segundo Templo tal como fue reconstruido por Herodes el Grande a finales del siglo I a.C. Debido a su gran calidad, estas piedras se emplearon para los muros subestructurales importantes, pero no para la cimentación menor. Se cree que las dimensiones de la basílica del Santo Sepulcro eran relativamente modestas: 46 metros de largo – apenas una tercera parte de la basílica de San Juan de Letrán en Roma, por ejemplo – y 38 de ancho. Los testimonios de la época, sin embargo, destacan su suntuosa decoración. Eusebio de Cesarea, que la visitó luego de su inauguración, comenta que «su interior estaba revestido de lajas de diferentes clases de mármol» y el techo estaba cubierto por un «artesonado con placas de cuarterones cabalmente acoplados que se extendían como un imponente piélago por toda la basílica [...] y como todo él estaba revestido de esplendente oro, hacía que el templo todo resplandeciese como con rayos de luz». Dos galerías laterales daban paso al tercer espacio que configuraba el complejo del Santo Sepulcro: el Jardín Sagrado. Llamado así porque evocaba el huerto en el que fue visto Jesús tras la Resurrección, formaba un cuadrado a cielo abierto de unos 28 metros de largo por 40 de ancho. Era allí donde se encontraba parte de la roca madre venerada como el Gólgota. La roca estaba modelada y decorada con piedras preciosas para acoger la cruz, cubierta con un ciborio (especie de baldaquino) para protegerla. Por último, se llegaba al edificio que daba sentido a todo el conjunto: la rotonda que cubría el lugar de la resurrección de Cristo, llamada por ello Rotonda de la Anastasis o de la Resurrección. También esta construcción fue destruida por los musulmanes, pero se conservaron los muros fundacionales, por lo que es posible conocer sus dimensiones y estructura. Se trataba de un elemento circular, según la tradición del mausoleo romano, de 36,50 metros de diámetro, al que se accedía a través de un pórtico columnado. El cilindro inferior se apoyaba sobre una base octogonal y el superior tenía ocho ventanas para aligerar el peso de la bóveda que cubría los espacios de enterramiento en su interior. En la cúspide había un óculo por el que penetraba la luz, igual que en el Panteón de Roma. Así, un testimonio del año 530 explicaba: «La tumba, que tiene la forma de un cono, está cubierta de plata y tiene un altar colocado delante de la tumba bajo los rayos dorados del sol». En el centro de la Rotonda, exactamente en el lugar donde se había encontrado la tumba de Cristo, se construyó un pequeño edificio de mármol, el llamado Edículo. Estaba compuesto de dos estancias: una antecámara de uso devocional y la cámara funeraria, sobre el lugar en que habría reposado el cuerpo de Cristo según la tradición. En el año 614, los persas sasánidas se establecieron brevemente en Palestina y ocuparon Jerusalén. La iglesia del Santo Sepulcro fue saqueada e incendiada, aunque no totalmente destruida. El fuego consumió el contenido de la iglesia y sus partes de madera, incluido el techo, pero la estructura se mantuvo esencialmente intacta. A los pocos años, bajo el patriarca Modesto, se emprendió la restauración del conjunto, pero la gloria original no pudo recuperarse. En 628, las fuerzas del Imperio bizantino lograron expulsar a los persas y una vez más recuperaron el control del país, pero sólo brevemente, pues apenas diez años más tarde los árabes musulmanes ocupaban Tierra Santa. Bajo el dominio musulmán, los cristianos de Jerusalén disfrutaron de una relativa tolerancia religiosa, y el Santo Sepulcro siguió abierto al culto y a la multitud de peregrinos que llegaban de toda la Cristiandad. Todo cambió radicalmente en 1009, cuando el califa fatimí al-Hakim, como represalia contra ciertas actuaciones del emperador bizantino, ordenó destruir totalmente el Santo Sepulcro, «hasta que desaparezca todo rastro suyo y se arranquen hasta sus fundamentos». La orden se llevó a efecto: la basílica fue totalmente arrasada y de la Rotonda sólo resistió una parte de los muros fundacionales. La comunidad cristiana de Jerusalén no se resignó a la destrucción, y ya en 1012 emprendió una restauración a pequeña escala del monumento. A la muerte de al-Hakim, su sucesor llegó a un acuerdo con Bizancio por el que el gobierno de Constantinopla obtenía el derecho de reconstruir el Santo Sepulcro. Tras su acceso al trono en 1042, Constantino IX Monómaco asignó fondos imperiales para culminar el proyecto, que duró seis años. Las dimensiones del nuevo complejo se redujeron notablemente, ya que no se reconstruyó la antigua basílica. Monómaco debió limitarse a rehacer la Rotonda y su cúpula. En su recreación de la Rotonda, los ingenieros del emperador bizantino utilizaron piezas rescatadas de la iglesia en ruinas de Constantino el Grande, lo que se refleja, por ejemplo, en las columnas desproporcionadamente cortas y gruesas que se ven hoy en este espacio. En su lado este, Monómaco levantó un nuevo ábside mientas que en el crucero norte (el área de las capillas franciscanas actuales), el impresionante piso de mármol blanco y negro es una réplica exacta de un pavimento del siglo XI que fue colocado como parte de la restauración de Monómaco. El emperador reemplazó la mampostería del Edículo, ya que la base de la tumba había desaparecido. La siguiente gran transformación del Santo Sepulcro fue resultado de las Cruzadas. Cuando los cruzados liberaron Jerusalén bajo el mando de Godofredo de Bouillon, el 15 de julio de 1099, ejecutaron a numerosos residentes de la ciudad, musulmanes, judíos y cristianos orientales, muchos de los cuales se habían refugiado en la humilde iglesia del Santo Sepulcro. Los clérigos griegos, que habían sido los señores del Santo Sepulcro, se vieron ahora abruptamente desplazados por los religiosos católicos recién llegados. Los nuevos dueños de Jerusalén practicaron varias intervenciones arquitectónicas en el Santo Sepulcro. Así, crearon la capilla subterránea de Santa Elena, ligada con una tradición que se consolidó probablemente en esa misma época: la de que Elena, la madre del emperador Constantino, había hecho un viaje a Jerusalén en el que descubrió el Lignum Crucis, un fragmento de la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Y también erigieron un monasterio para los clérigos agustinos encargados del oficio diario de la iglesia en el rito occidental. En la Rotonda, los cruzados reemplazaron completamente el Edículo. Y alzaron un campanario junto a la fachada del transepto sur. Con todo, el cambio más significativo fue la construcción de una gran estructura de planta cruciforme, que reunía en su interior el antiguo tripórtico y la rotonda de la Anástasis. Los dos espacios quedaron comunicados mediante un gran arco que vino a reemplazar el ábside oriental de la Rotonda erigido por Constantino Monómaco. La nueva fachada con sus portales ahora se localizó en el sur; es el acceso que se utiliza hoy en día. La iglesia terminada es la expresión clásica de la arquitectura francesa medieval, interpretada por el arquitecto de los cruzados, el maestro Jourdain, ejecutada en un estilo que se ha llamado de «transición» entre el románico y el gótico, con un peculiar almohadillado que decoraba los arcos góticos de la fachada. Aunque la evidencia sugiere que la construcción aún no estaba terminada en ese momento, la dedicación oficial de la iglesia se llevó a cabo en la fecha simbólica del 15 de julio de 1149, a cincuenta años de la primera llegada de los cruzados a Jerusalén. Bajo los gobernantes musulmanes que siguieron al dominio cruzado – los ayubíes, los mamelucos y, desde 1517 hasta la primera guerra mundial, los turcos otomanos – la iglesia del Santo Sepulcro fue objeto de continuas reformas y restauraciones. En 1808, un incendio obligó a reconstruir gran parte de la estructura, y en 1927 un terremoto la amenazó de nuevo. Desde la década de 1960 se han desarrollado diversas campañas de restauración. La última data del 2016, y se ha centrado especialmente en el Edículo: los especialistas retiraron la cubierta de mármol que se colocó en el siglo XIX, han revisado la estructura de época de los cruzados y, finalmente, han reparado las grietas en la tumba excavada en la roca que se descubrió en época de Constantino. En efecto, luego de siete décadas sostenida por vigas de acero, la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA) declaró que la estructura del Edículo, visiblemente deteriorado, era inseguro. Se acordó su restauración, que se llevó a cabo entre mayo del 2016 y marzo del 2017. Gran parte del proyecto, cuyo coste ascendió a 4 millones de dólares, fue financiado por el World Monuments Fund, además de 1,3 millones de dólares aportados por Mica Ertegün y 4 millones de dólares del rey Abdullah II de Jordania. Se confirmó la existencia de las paredes originales de piedra caliza de la cueva dentro del Edículo y se creó una ventana para poder verlas desde el interior. La presencia de humedad llevó al descubrimiento de un pozo subterráneo parecido a un túnel de escape excavado en la roca, que parecía conducir desde la tumba. Por primera vez desde al menos 1555, el 26 de octubre del 2016 se retiró el revestimiento de mármol que protege la tumba de Jesús. Inicialmente, solo se veía una capa de escombros. Al día siguiente se retiró y se descubrió una losa de mármol parcialmente rota con una cruz tallada al estilo de los cruzados. En la noche del 28 de octubre, se comprobó que el lecho funerario original de piedra caliza estaba intacto. La tumba fue sellada de nuevo al poco tiempo. El mortero de la parte superior del lecho funerario fue datado posteriormente a mediados del siglo IV. Bajo el statu quo, las iglesias ortodoxa oriental, católica romana y apostólica armenia tienen derechos sobre el interior de la tumba, y las tres comunidades celebran allí la Divina Liturgia/Santa Misa diariamente. También se utiliza para otras ceremonias en ocasiones especiales, como la ceremonia del Sábado Santo del Fuego Sagrado dirigida por el patriarca ortodoxo griego, con la participación de los patriarcas copto y armenio. En su parte trasera, en la Capilla Copta, construida con celosías de hierro, se encuentra el altar utilizado por los ortodoxos coptos.] Históricamente, los ortodoxos georgianos también conservaron la llave del edículo. A la derecha del sepulcro, en el borde noroeste de la rotonda, se encuentra la Capilla de la Aparición, reservada para uso católico romano. Aunque no se encuentra dentro del recinto de la Iglesia del Santo Sepulcro, directamente adyacente a ella se encuentra la Iglesia del Redentor, que marca la presencia luterana en el lugar. En estos días en lo que se celebra la Semana Santa, la Basílica se encuentra cerrada y sin peregrinos, por orden del régimen sionista que no permite que se celebre ceremonia alguna, por causa de la criminal guerra de agresión que realiza junto con EE.UU. contra Irán. “No hay turistas ni peregrinos, es una ciudad muerta, por lo que no hay nada que festejar. Esperamos que la guerra acabe y vengan días felices” declaro el sacerdote polaco Jakub Bogacki, quien se encuentra atrapado en la zona de conflicto. "Hay que vivir siempre con esperanza y preparado porque como dijo nuestro Señor, no sabemos cuándo nos llega el día y la hora", puntualizó.
viernes, 27 de marzo de 2026
EL CABALLO VOLADOR DE GANSU: La esencia de la antigua escultura china
De gran virtuosismo, esta escultura de bronce hallada el siglo pasado ha aportado datos sobre la caballería en la China de la época Han, que conectó su imperio con Asia Central. Se trata de una pequeña escultura de bronce de la época Han oriental (25-220 d. C.) hallada en 1969 en una tumba de Wuwei (provincia de Gansu). Representa un caballo de raza “celestial” de Asia Central, captado en pleno galope, apoyado de forma milagrosa sobre una sola pezuña que pisa un ave en vuelo, y destaca tanto por su virtuosismo técnico como por su fuerte carga simbólica dentro de la cultura Han (206 a. C.-220 d. C). Su descubrimiento se debió a una casualidad. La primera versión habla que fue hallada por un campesino cuando cavaba un pozo en busca de agua. Otra, probablemente más exacta, tiene un contexto menos pacífico. En aquella época, las relaciones entre China y Rusia eran algo más que tirantes. Tanto que el gobierno provincial de Gansu recibió órdenes de construir refugios antiaéreos para proteger a las tropas y población de la ciudad de Wuwei que entonces rondaba los 25.000 habitantes. Wuwei dista más de 1.500 kilómetros de la frontera rusa, pero la tensa situación aconsejaba adoptar precauciones. Durante seis meses, entre marzo y septiembre de 1969, ambas potencias intercambiarían duelos artilleros en el río Ussuri. Hubo casi un millar de bajas entre ambos bandos y se llegó a temer una escalada del conflicto que desembocase en el empleo de armas atómicas. Por fortuna no fue así, y en Wuwei los preparativos para la guerra condujeron a un fantástico descubrimiento: al cavar en un terraplén de tierra sobre el que se había alzado un antiguo monasterio, apareció la tumba de un general de la época Han con un rico ajuar de presentes funerarios. Ese periodo de la historia china abarca unos 400 años, aproximadamente coetáneos del Imperio romano. Comparada con los enterramientos en Occidente e incluso con la mayoría de tumbas egipcias, la de Gansu era enorme: una cámara abovedada de paredes de ladrillo (una técnica que se había originado precisamente durante la época Han) de más de diez metros de altura, en cuyo centro estaban los sarcófagos del general y su consorte. A su alrededor se abrían dos estancias más con objetos rituales funerarios. La tumba había sido saqueada. Los ladrones se introdujeron en ella excavando un pasadizo lateral, robaron los objetos que creyeron más valiosos y huyeron posteriormente, tras sellar de nuevo la entrada. Imposible decir si pensaban regresar a terminar el trabajo, si fueron sorprendidos en su huida o si simplemente respetaban algún código de honor que les exigía cierto respeto al difunto. En una de las cámaras laterales dejaron un verdadero tesoro arqueológico: doscientas pequeñas figuras de bronce (45 guerreros, 39 caballos y 14 carros de combate en disposición de cortejo). Entre ellos, el caballito volador que al momento adquiriría fama mundial. Y aún había más: un bronce con aspecto de unicornio que protegía el pasadizo de entrada, unas tres mil monedas, piezas de seda, cerámica y objetos de metales preciosos, indicativos del alto estatus del ocupante de la tumba. Uno de ellos, un disparador de ballesta metálico. El ejército Han había sido pionero en utilizar esas armas, para defenderse de la caballería mongola y escita. La infantería china estaba tan en desventaja frente a las cargas a caballo que pronto empezaron a buscar donde proveerse de monturas similares. Algunos textos antiguos atribuyen esa iniciativa al emperador Wudi (156-87 a. C.), quien envió expediciones al valle de Ferganá (entre los actuales Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán) donde se criaba una raza de “caballos celestiales”. Y, de paso, conseguir semillas de alfalfa que contribuyesen a mejorar los pastos locales. La escultura del caballo volador se entiende como una representación de esos animales exóticos de gran prestigio político y militar. La pieza no es grande, mide solo unos 45 centímetros de longitud. Pesa poco más de siete kilos, lo que indica que se trataba de una escultura destinada a decorar una mesa o altar. Está fundida en bronce mediante técnicas similares a la de la cera perdida, en uso en China desde tiempos muy remotos. Ello permitía detalles muy finos en crin, músculos y estructura de la cabeza. La pátina le ha dado un tono verdoso, pero originalmente es posible que fuera dorado, para asemejarse más a los caballos reales en los que se inspiraba. El caballo aparece con tres patas en el aire y solo se sostiene con la trasera derecha, que a su vez apoya la pezuña sobre el lomo de un pájaro de naturaleza ambigua. Al principio se identificó con una golondrina, pero carece de la típica cola bifurcada. Otros lo asimilan a un águila, símbolo de poder, con lo cual la escultura sería en realidad una conmemoración de alguna victoria sobre una tribu enemiga. Otra hipótesis lo asemeja a un cuervo, basándose en una antigua raza equina muy veloz cuyo nombre se traducía como “cazacuervos”, así que tal vez lo único que representa la estatua es un episodio de uno de estos animales pisoteando a su presa. O quizá es simplemente un pájaro simbólico que, con la cabeza vuelta hacia atrás, parece preguntarse de dónde ha salido esa bestia enorme que vuela más rápido que el viento. La estatua está equilibrada de tal forma que todo el peso descansa en ese punto mínimo sin deformarse ni volcar, un logro extraordinario de cálculo de masas y gruesos de pared en la fundición. Y a todo esto, ¿quién fue inhumado en esa tumba con semejante demostración de lujo? No se ha identificado ninguna inscripción al respecto, pero sí cuatro sellos de plata con cuatro títulos honoríficos de generalato. Solo hay registros de un personaje que reuniera las cuatro nominaciones: el general Zhang Gui, fallecido en el año 314 de nuestra era. Como referencia, en esa época el Imperio romano estaba gobernado por Constantino el Grande, que acababa de promulgar el famoso edicto de Milán, por el que se legalizaba en sus dominios la práctica del cristianismo. El caballo volador se encuentra en el Museo Provincial de Gansu. Declarado inexportable, no se le permite salir en préstamo para exposiciones en el extranjero. Como podéis suponer, su imagen se ha adoptado como logo identificador del turismo chino. El diseño, estilizado, es tan habitual que muchos turistas están más familiarizados con él que con la escultura en sí. Y obviamente, ha servido de modelo para infinidad de reproducciones, desde las muy fieles – y caras – hasta prácticos pisapapeles, pies de lámpara o imanes de cocina. Es un tributo a la habilidad de aquel primitivo artesano el que ninguna de esas copias haya igualado la gracia alada del original.
viernes, 20 de marzo de 2026
VECINOS Y ENEMIGOS: La compleja relación entre Irán y las corruptas petromonarquías del golfo Pérsico
Los ataques de misiles y drones iraníes contra los estados del golfo Pérsico - cómplices de la agresión criminal que sufre a manos de EE.UU. e Israel - son un episodio más de una larga historia de rivalidad entre Teherán y sus vecinos. El factor religioso - la pugna entre sunníes y chiíes dentro del islam - es importante, pero constituye únicamente una pieza en unas relaciones profundamente marcadas por la geopolítica. Para entender lo que ocurre hoy en Medio Oriente, debemos alejarnos de la idea de que el mundo islámico es un bloque uniforme. Aunque árabes y persas comparten la fe islámica, sus raíces históricas, sus lenguas y sus visiones políticas revelan identidades que no solo son distintas, sino que a menudo están en abierto contraste. Por un lado, tenemos el mundo árabe, históricamente organizado en torno a clanes y tribus, que hoy oscila entre el pragmatismo y las alianzas estratégicas con Occidente para modernizar su imagen. Por el otro, encontramos a Irán, heredero de una tradición milenaria de grandes imperios, que, desde 1979, ha adoptado una postura de confrontación y resistencia revolucionaria. Esta no es solo una disputa teológica entre sunnitas y chiitas (las dos corrientes mayoritarias del islam); es una lucha por la hegemonía regional que utiliza la religión para estructurar alianzas, conflictos y el destino de una de las zonas más sensibles del planeta. Con mayor o menor poder, Irán (o Persia) siempre ha sido una potencia en la región. En épocas más contemporáneas, desde mediados del siglo XX, y con el auge del petróleo como recurso estratégico global, el golfo Pérsico pasó a ser un punto vital para Occidente. En un principio la seguridad de la región dependió de Gran Bretaña, que tenía varios “protectorados” en las monarquías de la región y una gran influencia sobre el corrupto Sha Mohamed Reza Pahlevi. Todo cambió en la segunda mitad de los años sesenta. Ante la necesidad de recortar gastos en defensa, Londres se retiró de la región. Pero el golfo Pérsico ya era un punto estratégico, y EE. UU. quería mantener el control sobre sus recursos. Sin embargo, Washington estaba empantanado en Vietnam y tenía que delegar el papel de gendarme en la zona. Así que apostó por la doctrina de los “pilares gemelos”, apoyarse en sus dos aliados en la región, Irán y Arabia Saudí, para contener la influencia de Egipto, Siria e Irak, más próximas a Rusia. EE. UU. mantenía una alianza con la casa Saud desde 1945, y el Sha se había mostrado como un aliado fiable cuando ofreció tropas para luchar contra la insurgencia comunista en Omán, que tanto les estaba costando someter a los británicos. La aplicación de esta doctrina fue un tanto asimétrica. La administración Nixon demostró preferir al régimen del Sha (más abierto a la influencia occidental que la monarquía saudí). Por ello, EE. UU. vendió a Irán armas muy modernas, transformando al Ejército Imperial Iraní en la fuerza dominante de la región. Esta asimetría despertó los recelos en Riad, la gran potencia sunnita en la zona. A los recelos saudíes, se sumaron casi en paralelo los de Emiratos Árabes Unidos (EAU). En 1971, esta federación accedió a la independencia tras el fin del protectorado británico. Mientras estos estados terminaban de acordar su configuración política, Irán, aprovechando su superioridad militar, libero las islas de Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor, en el estrecho de Ormuz. El Sha justificó su acción asegurando que habían formado parte del antiguo Imperio persa. Estos recelos se convirtieron en una hostilidad abierta con la revolución de 1979, que derrocó a la corrupta monarquía de los Pahlevi y abrió paso a la República Islámica. Los ayatolás escalaron en sus reclamaciones, que fueron mucho más allá de puntuales disputas territoriales. El discurso del régimen de Jomeini pasó a ser extremadamente agresivo con sus vecinos. A poco de subir al poder, Jomeini acusó a las petromonarquías del Golfo de ser gobiernos corruptos, serviles con los estadounidenses, y realizó llamamientos a todos los musulmanes a derrocar a sus líderes. La capacidad de influencia de la joven República Islámica quedó clara a finales de noviembre de 1979, cuando estalló una revuelta en Qatif, provincia saudí donde vive una importante comunidad chiíta y que alberga importantes yacimientos petrolíferos. Riad se alarmó y desencadenó una dura represión que dejó miles de muertos. El clima de desconfianza generado por la revolución islámica se alimentó más con el estallido de la guerra Irán-Irak (1980-1988). Las monarquías del Golfo se declararon neutrales, pero Arabia Saudita y Kuwait dejaron atrás la rivalidad con Saddam Hussein y le apoyaron financieramente para que derrotara al régimen de los ayatolás. Este movimiento alimentó la sensación en Teherán de que una alianza internacional al servicio de EE. UU. operaba en contra suya. Desde la perspectiva de las petromonarquías, cuando Irán pasó a tener la iniciativa en la guerra contra Irak, la posibilidad de que extendiese su revolución pareció más real que nunca. La respuesta de las monarquías suníes llegó en 1981 con la creación del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), compuesto por Arabia Saudíta, Kuwait, EAU, Bahréin, Qatar y Omán. El organismo, bajo el liderazgo de Riad, buscaba garantizar la seguridad en la región, particularmente frente a las ambiciones de Teherán. El conflicto irano-iraquí se estancó en tierra, así que ambos bandos buscaron interrumpir las exportaciones de crudo del enemigo. Lo hicieron atacando las instalaciones y los buques que exportaban hidrocarburos en la que se llamó la “guerra de los petroleros”, y muy pronto salpicó a las monarquías del Golfo. Por su limitada salida al mar, Irak recurrió a buques y oleoductos de bandera saudí y kuwaití para exportar su petróleo. En paralelo, Riad aumentó su producción para contrarrestar la subida de precios provocada por la guerra. Todos estos movimientos convencieron a Teherán de que sus vecinos trataban de hundir su economía, así que apostó por la escalada. En la primavera de 1984, la aviación iraní atacó los primeros petroleros en aguas saudíes y kuwaitíes. Riad respondió rápido al declarar en sus aguas territoriales una zona de exclusión aeronaval, la “Línea Fahd” (por el monarca que entonces gobernaba en este país), que dio lugar a varias escaramuzas aéreas. De todas formas, Irán siguió hostigando la navegación en otros puntos del golfo Pérsico echando mano de todos sus recursos militares. Ante la renuencia de EE. UU. de verse arrastrado al conflicto, Kuwait pidió ayuda a Rusia para escoltar sus petroleros. Entonces Washington cambió de opinión por temor a que Moscú adquiriese mayor influencia en región y envió sus buques de guerra. En paralelo al despliegue de efectivos aeronavales en el golfo Pérsico, el enfrentamiento entre Irán y sus vecinos se libró en otros lugares y de otras formas. En 1987, durante el Hajj, la peregrinación anual a La Meca, fieles chiitas organizaron protestas en favor de los ayatolás. La policía saudí respondió con dureza y mató a cientos de manifestantes, en su mayoría iraníes. Como consecuencia de todo ello, el ayatolá Jomeini llamó al derrocamiento de la monarquía saudita, y ambos países rompieron relaciones diplomáticas hasta 1991. La guerra con Irak terminó en 1988, y pasado dos años, con la invasión de Kuwait, Saddam pasó a ser el nuevo elemento desestabilizador de Oriente Medio. En cambio, Irán comenzó a ofrecer otra cara, con las presidencias reformistas de Akbar Rafsanyani (1989-1997) o Mohammad Jatamí (1997-2005), quienes propiciaron un clima de acercamientos con sus vecinos en el Golfo. Pese a la nueva cordialidad, la desconfianza perduró. Iraníes y saudíes fueron consolidando su liderazgo en sus respectivos campos político-teológicos. Teherán ganó influencia en lugares como Líbano o Siria. Los saudíes, por su parte, apoyaban a grupos wahabíes, que cada vez emitían un discurso más incendiario contra los chiitas. De nuevo, una guerra transformó el frágil equilibrio entre las dos orillas del Golfo. La invasión de Irak en el 2003 acabó con la dictadura de Saddam Hussein, pero permitió a Irán extender su influencia en un país que, de hecho, era de mayoría cita. Además, el gobierno de Teherán inició un giro hacia posturas menos aperturistas, y su programa nuclear también fue un motivo de preocupación para los saudíes y otras monarquías. Para describir este marco de pujanza iraní desde Irak hasta Líbano, el rey Abdalá II de Jordania acuñó la expresión “Creciente chiita” en el 2004. Arabia Saudita se reafirmó en su papel de ‘paladín’ del sunnismo e incrementó la ayuda a sus aliados. Poco a poco, las dos potencias regionales se fueron enfrentando a través de terceros en escenarios como las guerras civiles de Yemen y Siria. Al contrario de lo visto en los años ochenta, en esta nueva ronda de discordias, la respuesta de las petromonarquías del Golfo no fue de seguimiento total a Riad. Kuwait, Omán y Qatar mostraron agendas propias. Solamente Bahréin ha aceptado una subordinación total a los saudíes, porque su dinastía reinante es sunnita y porque teme una revuelta de la mayoría de sus habitantes, que son chiitas, con gran simpatía con Irán. Hasta el actual conflicto, Kuwait optó por una postura dialogante. Un 30% de la población del pequeño emirato profesa el chiismo, así que su gobierno ha preferido el entendimiento con Irán, y más desde el aumento de la influencia de los ayatolás sobre el vecino Irak. Omán también prefirió dejar atrás tensiones pasadas. Esta postura le ha permitido servir como mediador en muchas negociaciones entre Irán y EE. UU., como las que dieron lugar al acuerdo nuclear del 2015 o las que han tenido lugar en los últimos meses. En tanto, Qatar ha sido la monarquía del Golfo que se ha acercado más a Irán en las últimas décadas. Aunque, hasta el 2025, también ha sabido mantener ciertos equilibrios. Por un lado, mantenía una estrecha colaboración económica con los ayatolás (destaca la explotación de importantes yacimientos de gas). Por otro, también ha sabido conservar una buena sintonía con EE. UU., ya que alberga la importante base de Al Udeid. La relación de Qatar con Irán le ha valido momentos de alta tensión con Arabia Saudita, como en el 2017, cuando Riad impuso un bloqueo a este país que duró tres años y medio. No obstante, desde el 2025, el vínculo con Teherán se ha enfriado a raíz de los ataques contra la base de Al Udeid. El caso más complejo es el de EAU. Su visión de las relaciones con la República Islámica ha fluctuado según los intereses del momento de los dos emiratos principales de esta federación: Dubái y Abu Dhabi. Durante muchos años, primó el desarrollo económico que defendía Dubái. Este emirato cuenta con una importante minoría de origen iraní que contribuyó al crecimiento de su sector terciario gracias a las relaciones con Irán, al otro lado del estrecho de Ormuz. En cambio, una vez consolidado el desarrollo económico, Abu Dhabi impulsó un mayor rol político internacional de EAU. Este nuevo posicionamiento implicó ir contra la influencia iraní en la zona, y llegó a intervenir junto a los saudíes en Yemen contra los huttíes - aliados de Teherán - donde, sin embargo, terminaron derrotados. Además, los emiratíes no han renunciado a recuperar las islas recuperadas por Irán en 1971 y han buscado apoyos internacionales en sus absurdas reclamaciones, sin resultado alguno. No cabe duda que la guerra actual, en la que estas corruptas petromonarquías se ven implicadas por su apoyo a la agresión estadounidense contra Irán, puede abrir una fase distinta en las relaciones entre ambas orillas del Golfo.
viernes, 13 de marzo de 2026
RAMSES AND THE PHARAOHS´GOLD: Reviviendo el esplendor del Antiguo Egipto
La exposición itinerante titulada Ramses and the Pharaohs’ Gold (Ramses y el oro de los faraones) con tesoros del Museo Egipcio de El Cairo, se presenta en Londres, en el espacio cultural de la antigua usina eléctrica Battersea Power Station (inmortalizada en la tapa del álbum Animals, de Pink Floyd), marcando el regreso público de Ramsés II como figura central del antiguo Egipto. El evento, organizado a partir de una colección sin comparación en años recientes, no incluye la famosa momia del faraón, pero sí exhibe el ataúd original en que se encontró su cuerpo, estableciendo un punto de atracción museística que apunta a superar el impacto global alcanzado históricamente por Tutankamón, el más insignificante y oscuro de los faraones, famoso únicamente porque se encontró su tumba intacta. El traslado y exhibición de parte del selecto inventario arqueológico, centrado en Ramsés II y en artefactos vinculados a su largo reinado de 66 años, reabre además discusiones sobre el posicionamiento de los principales faraones en la industria cultural global. Mientras la figura de Tutankamón ha dominado la fascinación moderna gracias al hallazgo intacto de su tumba en 1922, la muestra en Battersea reactiva la competencia simbólica dentro de la egiptomanía museística, con Ramsés ocupando nuevamente el protagonismo en la agenda de grandes instituciones y circuitos de exhibición europeos. La muestra se concibe como una oportunidad inédita para reposicionar a Ramsés como referente absoluto del fasto faraónico, tras décadas de primacía mediática de Tutankamón. Si bien no incluye la momia del rey, sí expone el ataúd original recuperado en el siglo XIX y relicarios de alto valor cultural, permitiendo al público general y a la industria museística, acceder a elementos históricamente reservados a los circuitos académicos internacionales. Esta decisión curatorial impacta directamente en el flujo de visitantes y en la generación de nuevas alianzas institucionales para futuras itinerancias en Europa y América del Norte. El núcleo de la exposición y de la revisión académica reside en el uso sistemático de la monumentalidad para la fabricación de la imagen real. Ramsés no solo dictó la ejecución de estatuas colosales - como la serie de figuras sedentes de 20 metros en el Gran Templo de Abu Simbel - sino que estableció una política de autorretrato ritualizado sin precedentes en la historia dinástica. Estas esculturas, encargadas y modeladas bajo estrictos códigos de estilización, muestran una representación idealizada, distante de los trazos identificados por la arqueología en su momia, como la nariz aguileña y la expresión tensa del rostro. El énfasis en la despersonalización escultórica respondió a la necesidad política de restaurar la tradición tras el convulso reinado de Akenatón, que instauro la religión monoteísta en torno al disco solar, denominado Aton y que desapareció con su muerte. Ramsés II implementó así, mediante la arquitectura y las artes visuales, una estrategia propagandística para fundir su imagen con los cánones del pasado, solidificándose como símbolo de continuidad y estabilidad. El ejemplo paradigmático aparece en Abu Simbel: el templo, excavado en la roca y dedicado enteramente a él, exhibe cuatro figuras colosales idénticas, mientras las estatuas menores de familiares recalcan la jerarquía vertical del poder. De esta manera, la narrativa oficial del régimen, reproducida en relieves y pinturas, transformó hechos reales - como la Batalla de Kadesh - en epopeyas personales. El propio Ramsés aparece conduciendo personalmente la ofensiva y capturando enemigos, un ejercicio de glorificación militar y propaganda que anticipa mecanismos de arte estatal en imperios posteriores. Más allá de Egipto, Ramsés II ha sido a partir de la “adquisición” - robo es la palabra adecuada - de la colosal estatua por el Museo Británico en 1817, un campo de batalla discursivo para la cultura occidental moderna. El traslado del busto, recuperado por el arqueólogo Giovanni Battista Belzoni y casi destruido por los franceses en el proceso, desató una competencia intelectual en la poesía romántica inglesa. El poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, inspirado en este acontecimiento y en la inscripción que la tradición griega atribuyó al coloso, convirtió a Ramsés en sinónimo de la decadencia de la grandeza y de la ironía del poder efímero. La voluntad del propio Ramsés de asegurar su perdurabilidad inscribiendo su nombre con relieve sobresaliente en esculturas y monumentos, anticipando la lógica de la propaganda política moderna. Estos detalles, documentados por la historiografía desde Diodoro Sículo, han exacerbado el debate sobre el tipo de memoria que sobrevive en el tiempo: la glorificación activa promovida por el poder frente a la imagen desvanecida, satirizada o resignificada por las artes y la museografía occidental. La exposición en Battersea Power Station confirma la vigencia de Ramsés II como activo estratégico en la circulación internacional de patrimonio faraónico. Al exhibirse en el núcleo financiero y turístico de Londres, la muestra no solo capitaliza la fascinación milenaria por el antiguo Egipto, sino que reequilibra el reparto de centralidad museística - y, por extensión, de explotación simbólica y económica - que hasta ahora ha protagonizado injustamente la figura del mediocre Tutankamón.
viernes, 6 de marzo de 2026
CIRO EL GRANDE: Rey de Reyes
También conocido como Ciro II (m. 530 a.C.), fue el cuarto rey de Anshan y el primer rey del Imperio aqueménida, quien dirigió varias campañas militares contra los reinos más poderosos de la época, como Media, Lidia y Babilonia. Mediante estas campañas, unificó gran parte de Oriente Medio bajo la hegemonía persa, manteniendo la administración local prácticamente intacta. Al garantizar cierta continuidad y ganarse así la lealtad de la élite, sentó las bases del Imperio aqueménida. No se sabe mucho sobre la vida temprana de Ciro. Las diversas tradiciones orales relacionadas con su nacimiento y juventud se conservan solo en las obras de autores griegos como Heródoto, Ctesias y Jenofonte, quienes presentan relatos contradictorios de naturaleza mayoritariamente legendaria. Según el relato más conocido de Heródoto, Ciro era hijo del rey persa Cambises (c. 580-559 a. C.) y la princesa meda Mandane, hija del rey medo Astiages (585-550 a. C.). Sin embargo, Ctesias contradice explícitamente a Heródoto, afirmando en cambio que Ciro era hijo de un bandido persa llamado Artadates y su esposa, la cabrera Argoste. Según Ctesias, Ciro sirvió en la corte de Astiages como copero jefe antes de derrocarlo. Luego de su golpe de estado, Ciro adoptó a Astiages como su padre y se casó con su hija Amytis. Según inscripciones aqueménidas contemporáneas, como el Cilindro de Ciro y la Inscripción de Behistún, Ciro era rey de Anshan (un reino en Fars con una población mixta elamita y persa) e hijo de Cambises. Sin embargo, cabe señalar que las inscripciones aqueménidas nunca mencionan ninguna relación genética entre Ciro y Astiages. Aunque el matrimonio entre familias reales persas es ciertamente una posibilidad, también es posible que Ciro solo afirmara ser nieto de Astiages para obtener legitimidad (según Heródoto) y que se casara con la hija de Astiages, Amytis, por la misma razón (según Ctesias). Finalmente, Heródoto, Ctesias y Jenofonte coinciden en que Ciro pasó parte de su juventud en la corte de Astiages. Esto puede basarse en la verdad histórica, pero, de nuevo, también puede ser simplemente un motivo legendario. El primer gran logro de Ciro fue la conquista de Ecbatana, la capital meda gobernada por Astiages. Este acontecimiento se menciona por primera vez en dos fuentes babilónicas contemporáneas: el Cilindro de Nabonido de Sippar y la Crónica de Nabonido. Heródoto también nos ofrece un relato detallado de este acontecimiento. Según el Cilindro de Nabonido de Sippar, Ciro, rey de Anshan, se alzó contra su señor, el rey medo Astiages, en el 553 a. C. Tras derrotar a las vastas hordas medas con su pequeño ejército, capturó a Astiages y lo llevó de vuelta a su patria. La Crónica de Nabonido afirma, en cambio, que Astiages marchó sobre Ciro en el 550 a. C., pero su ejército se rebeló contra él, lo tomó prisionero y lo entregó a Ciro, quien tomó entonces Ecbatana y se apoderó del botín. La discrepancia en las fechas entre estas dos fuentes puede explicarse asumiendo que Ciro inició su rebelión en 553 a. C., que Astiages marchó contra Ciro en 550 a. C. y que la revuelta en el ejército medo ocurrió durante esa campaña. El relato de Heródoto concuerda en gran medida con la Crónica de Nabónido. Heródoto afirma que Harpago, un noble medo, animó a Ciro a rebelarse contra Astiages, quien lo había perjudicado en el pasado. Harpago buscó el apoyo de los demás nobles medos, quienes también estaban descontentos con el gobierno de Astiages. Astiages, al enterarse de la rebelión de Ciro, nombró a Harpago para liderar el ejército medo contra él. Cuando los ejércitos medo y persa se encontraron, Harpago y los demás nobles se unieron a Ciro como estaba previsto. Todas las fuentes coinciden en que Ciro perdonó la vida a Astiages. Si creemos a Ctesias, Ciro incluso adoptó a Astiages como su padre y se casó con su hija Amytis, presentándose como el legítimo sucesor de Astiages como rey de los medos. Se suele asumir que Ciro se apoderó de todas las tierras conquistadas por los medos, que según Heródoto abarcaban toda Asia excepto Asiria. Sin embargo, investigaciones recientes concluyen que el territorio de los medos era mucho menor o incluso que no existía un Imperio Medo. Aun así, parece probable que el poder y el prestigio de Ciro en la meseta persa aumentaran considerablemente tras esta victoria. Tras su victoria sobre Astiages, Ciro fundó la ciudad de Pasargada en el lugar de la batalla. Pasargada sirvió como capital ceremonial del Imperio aqueménida temprano y nunca estuvo destinada a albergar una gran población. La ciudad consta de varios edificios monumentales repartidos por la llanura de Murghab, entre los que destacan Tall-e Takht (una ciudadela de piedra en la cima de una empinada colina), el Palacio P (un edificio residencial), el Palacio S (una sala de audiencias con columnas) y, finalmente, las tumbas de Ciro y su hijo Cambises. Los monumentos de Pasargada contienen influencias de todo el mundo conocido, incluyendo esculturas de estilo asirio y mampostería de estilo jónico. Se cree que la Tumba de Ciro representa un zigurat mesopotámico o elamita con una cella de estilo urartiano en la cima. Pasargada prosperó solo durante un breve periodo, y Persépolis asumió su papel como capital ceremonial en el 515 a. C. Asimismo, Ciro conquistó Lidia en algún momento entre la caída de Ecbatana (550 a. C.) y la caída de Babilonia (539 a. C.). La Crónica de Nabonido afirma que Ciro dirigió una campaña al oeste del Tigris en 547 a. C.; sin embargo, la mayoría de los eruditos coinciden en que esta campaña tenía un objetivo diferente. Heródoto afirma que fue Creso (560-547 a. C.), rey de Lidia, quien inició la guerra cruzando el río Halis y saqueando Pteria, una ciudad capadocia dentro de la esfera de influencia meda. Creso era aliado y cuñado de Astiages, así que al enterarse de que Ciro había depuesto a Astiages, juró vengarlo. Los dos ejércitos se encontraron cerca de Pteria, pero la batalla terminó en un punto muerto. Cuando Creso decidió marchar con su ejército a casa para pasar el invierno, Ciro lo persiguió hasta Lidia y lo enfrentó por segunda vez cerca de Thymbra. Ciro desplegó dromedarios para dispersar a la caballería lidia, obligando a Creso a retirarse a su capital, Sardes, que cayó luego de un asedio de 14 días. Existe cierta discusión sobre lo que le sucedió a Creso tras su derrota final. Heródoto, Ctesias y Jenofonte coinciden en que Ciro amenazó con castigar a Creso primero, pero que se apiadó de él e incluso lo nombró su consejero personal. Hasta ahora, parece plausible que Creso sobreviviera a la caída de Sardes. Sin embargo, algunos eruditos consideran que tales relatos son legendarios y creen que Ciro efectivamente ejecutó a Creso. Luego de la caída de Sardes, Ciro puso a un lidio llamado Pacties a cargo del tesoro de Creso. El trabajo de Pacties era enviar estos tesoros a Persia, pero, en cambio, organizó una revuelta, contratando mercenarios. Ciro envió entonces a su general Mazares para sofocar la rebelión, pero debido a su prematura muerte, fue Hárpago quien completó la conquista de Asia Menor, capturando las ciudades de Licia, Cilicia y Fenicia mediante la construcción de fortificaciones. En algún momento de la década del 540 a. C., Ciro debió conquistar a los bactrianos y a los sacae. Según Ctesias, cuando los bactrianos oyeron que Ciro había tratado a Astiages con respeto, se sometieron voluntariamente a ellos, lo que implicaba que los bactrianos habían sido súbditos o aliados de Astiages. Tras fortalecer su influencia sobre la parte oriental de la meseta persa, Ciro centró su atención en los nómadas sacae. Capturó a su rey Amorges, pero la esposa de Amorges, Sparetra, reunió un ejército de 300.000 hombres y 200.000 mujeres y derrotó a Ciro en batalla. Ciro liberó a Amorges y los dos reyes se aliaron, atacando juntos Lidia. Si este relato es cierto, Ciro pudo haber conquistado a los bactrianos y a los sacae antes de conquistar Lidia. Finalmente, Ciro debió haber conquistado la región de Armenia a mediados del siglo VI a. C., posiblemente instalando a su aliado Tigranes Oróntida como rey de Armenia. En el 539 a. C., Ciro invadió el Imperio babilónico, siguiendo las orillas del Gyndes (Diyala) en su camino hacia Babilonia. Al parecer, cavó canales para desviar la corriente del río, facilitando su cruce. Ciro se enfrentó y derrotó al ejército babilónico en una batalla cerca de Opis, donde el Diyala desemboca en el Tigris. Luego de esto, el pueblo de Sippar le abrió sus puertas sin resistencia. El rey babilonio Nabonido huyó, y Ciro envió a su sirviente Ugbaru, gobernador de Gutium, a capturar Babilonia. Ugbaru capturó las afueras de Babilonia, quedando solo el distrito del templo de Esagil bajo control babilónico. Luego de dos semanas, Ciro fue recibido en Babilonia con festividades. Con Babilonia bajo control persa, Ciro pudo añadir el título de «rey de Babilonia» a su nombre. Heredó todos los territorios que habían pertenecido al Imperio babilónico y, al parecer, no tuvo problemas para pacificar estas regiones. De hecho, es posible que Hárpago ya hubiera conquistado gran parte de la costa mediterránea antes de que Ciro atacara Babilonia. Ciro ahora gobernaba los fértiles valles fluviales de Mesopotamia, además de la rica costa mediterránea. Precisamente, luego de la conquista de Babilonia, Ciro encargó que se escribiera una inscripción en su nombre. Esta inscripción, más conocida como el Cilindro de Ciro, sirvió para explicar y justificar la conquista de Babilonia por parte de Ciro ante el público babilónico. El documento apela con fuerza a los ideales babilónicos de la realeza. Nabonido es descrito como un rey incompetente e impío, mientras que Ciro es descrito como un salvador designado por Dios. El Cilindro de Ciro comienza afirmando que Nabonido descuidó el culto a Marduk, el dios patrón de Babilonia. De hecho, Nabonido prefería al dios lunar Sin sobre el dios nacional Marduk, por lo que podría haber algo de cierto en esto. Aun así, es probable que el descuido del culto a Marduk fuera muy exagerado. Nabonido también impuso trabajos forzados a su pueblo, quizás como preparación para la invasión persa. Marduk, compadecido por el pueblo de Babilonia, recorre todas las tierras en busca de un rey verdaderamente justo, y finalmente elige a Ciro de Anshan. Marduk lidera a Ciro hacia la victoria contra los medos y le ayuda a capturar Babilonia sin batalla. Ciro se presenta entonces como rey de Babilonia, rey de Anshan, descendiente de Teispes y favorito de Marduk. Afirma no haber saqueado la ciudad, no haber asustado a nadie, haber adorado a Marduk a diario y haber liberado al pueblo de Babilonia del duro trabajo que Nabonido les había impuesto. También afirma haber devuelto a sus templos los ídolos que Nabonido había traído a Babilonia desde templos de toda Mesopotamia, junto con el personal correspondiente. Ciro concluye su discurso con una oración a Marduk y una descripción de sus actividades de construcción. Aunque a menudo se asume que Ciro era zoroastriano, no existen fuentes contemporáneas que lo describan como seguidor de Zaratustra, ni siquiera como adorador de Ahura Mazda. De hecho, el zoroastrismo, tal como lo conocemos hoy, podría no haber existido durante su vida. Las creencias y prácticas asociadas con el zoroastrismo no se estandarizaron hasta finales del período sasánida. Antes de esa época no existía la ortodoxia y los persas se adherían a una amplia gama de creencias y prácticas vagamente asociadas. Ahura Mazda era solo uno entre muchos dioses, y Zaratustra era solo un profeta que favorecía a Ahura Mazda por encima de todos los demás. Teniendo esto en cuenta, es probable que Ciro fuera un politeísta que creció adorando a los dioses tradicionales iraníes. Jenofonte lo describe haciendo un juramento a Mitra, el dios persa de los juramentos, pero es posible que recurriera a otros dioses con otros fines. Por lo tanto, no debería sorprendernos que Ciro ofreciera sacrificios a los dioses babilónicos Marduk y Nabu. Esta era su manera de aplacar a los dioses de las tierras que conquistaba. Al igual que con su nacimiento y juventud, no se sabe mucho sobre los últimos nueve años de la vida de Ciro. Heródoto afirma que Ciro murió luchando contra los masagetas, un pueblo nómada que vivía al otro lado del Iaxartes. La reina Tomiris de los masagetas aparentemente decapitó a Ciro para vengar la muerte de su hijo a manos de él. Ctesias afirma en cambio que Ciro murió tratando de sofocar una revuelta de los derbices, otro pueblo nómada de Asia Central, mientras que Beroso afirma que Ciro murió luchando contra los nómadas dahae. Es probable que Ciro muriera de hecho en Asia Central mientras intentaba expandir su influencia sobre la región. De las cartas babilónicas, se sabe que Ciro murió antes de diciembre de 530 a. C. Fue enterrado en su mausoleo levantado en Pasargadae - que aún existe - en un sarcófago de oro, junto con su capa, sus armas y sus joyas. A su muerte, Ciro fue sucedido por su hijo Cambises II. En cuanto a su legado, entre el inicio de su revuelta contra Astiages en el 553 a. C. y su muerte en el 530 a. C., Ciro unificó bajo su dominio todas las tierras comprendidas entre el mar Egeo y el Yaxartes. Mediante varias campañas rápidas, destronó a numerosos reyes poderosos, ya sea nombrando sátrapas persas en su lugar o atribuyéndose el título de rey. De esta forma, estableció el dominio persa sobre todo Oriente Medio. Al conquistar un reino, Ciro solía permitir que los funcionarios locales mantuvieran su cargo. De esta manera, la infraestructura administrativa se mantenía intacta. También adaptó las prácticas culturales y religiosas de las tierras que conquistaba, ganándose así el respeto de sus súbditos y la lealtad de las élites tradicionales de los reinos que conquistaba, como la nobleza meda y el sacerdocio babilónico. Para comprender verdaderamente la importancia de la política de Ciro hacia la población sometida, conviene recordar que el Imperio aqueménida, en aquel entonces, era poco más que un conjunto personal de reinos conquistados por Ciro. Este imperio se mantenía unido principalmente gracias a la lealtad personal al rey. Con el tiempo, la estructura imperial del Imperio aqueménida se estandarizó, especialmente tras las reformas de Darío, pero fue Ciro quien, mediante sus conquistas y su capacidad para inspirar lealtad entre sus súbditos, sentó las bases del Imperio aqueménida. Ahora que Irán (como se denomina Persia desde mediados del siglo pasado) se encuentra bajo ataque del Criminal de Guerra, maldito pedófilo y violador de niños Donald Trump, junto a las ratas sionistas, es de esperar que el legado de Ciro inspire a los iranies a vencer a sus más encarnizados enemigos.
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