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viernes, 30 de octubre de 2026
CACERIA DE BRUJAS: La sombra del demonio sobre Europa
Se considera a la brujería como una actividad que tiene como común denominador el ejercicio de un poder sobrenatural siniestro, ejercido por personas que vivían sometidas al demonio. Generalmente sus practicantes eran mujeres. También se le conocía como hechicería o magia negra. Entre las principales razones para acudir a la ayuda de las brujas eran para suscitar calamidades y daños contra enemigos o rivales, invocar a los muertos y, en general, para resolver todo tipo de problemas. Si bien no todas las brujas seguían las mismas prácticas, las más comunes eran aquellas que reniegan de Cristo y los sacramentos realizando un pacto con el demonio, en cuyo honor realiza ritos diabólicos en los que hace una parodia de la Santa Misa o de los oficios de la Iglesia, adorando a Satanás, príncipe de las tinieblas, al cual le ofrece su alma a cambio que le diese poderes sobrenaturales. Es el llamado aquelarre. De esta manera, la brujería está directamente relacionada con el satanismo, y por lo cual fue perseguida implacablemente. La hechicería se vivía como una verdadera amenaza en el seno de la comunidad, las convicciones relativas a la magia estaban profundamente arraigadas en la vida social. Para el hombre común la hechicería resulta un complejo ideológico capaz de aportar soluciones a gran parte de los problemas cotidianos. La acción del hechicero se desarrolla en dos direcciones, magia de protección y magia destructora: sanar enfermedades, deshacer hechizos, adivinar, proteger de los ataques, preparar filtros. Su posición social es ambivalente, el paso de una categoría benefactora a otra malhechora es producto del temor y sospechas que este poder produce entre sus vecinos. De acuerdo con este credo, los males no son un castigo de Dios por nuestros pecados, sino los ataques malintencionados de ciertas personas que tenían pacto con el diablo, y, en consecuencia, se tomaba muy en serio el peligro que representaban. Quién mejor que el enemigo o el marginado para hacerse responsable del infortunio imprevisto, de su envidia o resentimiento, por lo que podían ser víctimas no sólo personas adultas. Cabe precisar que este tipo de actividades se remonta a épocas inmemoriales y a las más diversas regiones del mundo a través de toda la historia de la humanidad. Coinciden con una concepción dualista. Según esta cada día y en cada lugar se enfrentan las fuerzas del bien (hijos de Dios) con las del mal (servidores del diablo). Cada una de estas tendencias efectúa sus ritos, tiene su organización, sus jerarquías y sus prácticas. Las brujas resultaban siendo servidoras del demonio, a quien le debían sus dones excepcionales. Se les solía atribuir una serie de poderes, considerándolas capaces de producir plagas en las cosechas, tormentas, enfermedades o diversos tipos de daños en los enemigos de sus clientes incluyendo la muerte. Asimismo, se creía que podían transformarse o transformar a otros en animales, realizar vuelos nocturnos, hacerse invisibles, acceder a cualquier lugar por más lejano y seguro que fuese y que eran las responsables de todas las desgracias. Para realizar sus atrocidades se reunían, generalmente por la noche, en los llamados aquelarres, reuniones orgiásticas en las que se daba rienda suelta a todo tipo de abominaciones y que tenían como invitado de honor al propio Lucifer, representado por un macho cabrío. La brujería era una de las actividades más antisociales por lo cual, como sostenían Lutero y Calvino, se hacía merecedora de los más severos castigos. "Las consecuencias que trae a una sociedad el hecho de que se crea objeto de actos mágicos constantemente son incalculables, ya que todo su sistema de sanciones religiosas o legales, debe ajustarse al que podríamos llamar sentido mágico de la existencia". En el Antiguo Testamento se ordenaba que a las brujas se le condenase a muerte (Éxodo, XXII, 18). Platón sostenía que a las personas que usasen de ella para hacer el mal se les debería aplicar igual sanción. Desde las más antiguas leyes romanas hasta las últimas previas a su cristianización, se mantiene la condena más enérgica para estas actividades. Por mencionar tan sólo algunas persecuciones en contra de las brujas, que datan de entonces, podemos señalar las realizadas en la época de Constancio, Valente y Valentiniano I. Aunque la creencia en la brujería está documentada desde épocas muy remotas de la historia de Europa, fue a partir del siglo XIII cuando la idea se convirtió en una auténtica obsesión y empezaron a desencadenarse persecuciones organizadas por la Iglesia. La razón de ello se encuentra, seguramente, en la aparición, precisamente en ese tiempo, de un poderoso movimiento herético en amplias zonas del continente, sobre todo en el sur de Francia: los cátaros. Para reprimirlos, la Iglesia de Roma puso a punto una institución de gran poder, la Inquisición, que con el tiempo se encargaría de controlar a quienes realizaban prácticas mágicas. La persecución contra las brujas fue una de las páginas más negras de la historia de la humanidad, que solamente en el siglo XVII la Inglaterra anglicana acabó con más de 50,000 personas quemadas en la hoguera mientras que en la Alemania luterana la cifra se estima en 100,000, en tanto que la España católica y sus colonias, gracias al Santo Oficio - como también se le denominaba al Tribunal de la Santa Inquisición - no se quedaban atrás en realizar esas mismas atrocidades. Es así como las brujas ‘acompañaban’ a los judíos y los herejes a la hoguera. No puede sorprender el que la Iglesia defensora del Dogma tuviese que adoptar una postura contra quienes se dedicaban al ejercicio de las artes o ciencias ocultas. Tal estudio podía crear la duda sobre lo que los libros sagrados indican sobre la historia de la creación; los pensamientos sobre espíritus astrales y humanos podían conducir a herejías, a buscar el trato con demonios o seres malignos, como brujos y magos intentaron hacerlo repetidas veces, y dar lugar a sectas que les rindieran culto. Para contrarrestarlo, estalló con singular fuerza entre los siglos XVI y XVII la caza de brujas. La locura colectiva provocada por aquella fue causa de la muerte de centenares de miles de ellas, sobre todo en las zonas rurales, donde el fanatismo religioso alimentaba todo tipo de supersticiones, especialmente en Inglaterra. Esta también se dio en sus colonias del nuevo mundo, por lo que vale la pena recordar por ejemplo que, en 1692, en Salem (Massachusetts), una sangrienta persecución contra las brujas, con procesos amañados y condena anticipada, cobro muchas víctimas. Indudablemente el puritanismo, con su remarcado énfasis en el pecado original y en el rol que desempeña el diablo, sirvió que las condenadas terminasen de alimento a las hogueras: "Las racionalistas Inglaterra y Escocia (con un total calculado en 300,000 víctimas), e incluso las colonias inglesas de América, quemaban brujas alegremente tras unos preliminares de repugnante crueldad, y Sir William Blackstone dictaba una ley en el sentido de que “negar la posibilidad, mejor dicho, la existencia real de la brujería es al mismo tiempo contradecir rotundamente la palabra revelada de Dios”. Quienes se “salvaron” de semejante destino, fueron colgadas de los árboles o descuartizadas. Lo importante para ellos es que debían desaparecer como sea y si era de la forma más cruel, tanto mejor “Todas eran servidoras del diablo y, por lo tanto, merecen morir. Que no quede ninguna” dictaminaron los jueces. Sin duda, se trató de una época oscura donde en nombre de Dios, se cometieron los más atroces crímenes.
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