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viernes, 16 de octubre de 2026

LA INDUDABLE ESPAÑOLIDAD DE CEUTA Y MELILLA: Siglos de historia y soberanía efectiva lo avalan

En los orígenes de los límites territoriales de España existía una zona borrosa que era el norte de África. En la Reconquista, los reyes cristianos estimaban que su lucha no debía terminar en el estrecho de Gibraltar, sino continuar en lo que fue romano y godo, la Mauritania Tingitana. Porque antes del 711, la franja norte del actual Marruecos, como la península, era un territorio con población hispano-romana y bárbara y algunas tribus bereberes, donde se hablaba el latín africano. Con unas vinculaciones políticas cambiantes y poco claras. Castellanos y aragoneses no deseaban llevar a África las luchas civiles y Sancho IV y Jaime II decidieron en 1291, en el convenio de Soria o Monteagudo, que el río Muluya fuera el límite de la futura expansión africana de Aragón al este y Castilla al oeste. El Rey aragonés Pedro III tenía un buen sentido de la diplomacia; ejemplo de ello fueron las embajadas enviadas a Fez y Tremecén en 1276, buscando buenas relaciones para que los musulmanes norteafricanos no ayudaran a los moriscos valencianos. Los intereses de este Rey en Sicilia, le llevaron a cambiar de atención preferente e interesarse por lo que sucedía en Túnez (Ifriqiya). En 1279 mandó una embajada capitaneada por Conrado Lanza que quiso someter el reino y cobrar tributos del sultán. Su intención oculta era tener una base para preparar la anexión de Sicilia. El almirante Lanza recorrió las costas tunecinas y obtuvo importantes victorias, pero no consiguió el sometimiento del sultán. Pedro III anunció una expedición contra Túnez, pero la negativa del Papa Martín IV en 1281 a darle una bula de cruzada le hizo desistir, por el momento, de la idea. Sin embargo, los acontecimientos sicilianos que acaparaban su atención, acabaron definitivamente con el proyecto. La revolución interna en Sicilia fue favorable para el aragonés, a quien ofrecieron la corona del reino. El 30 de agosto desembarcó en Trapani, para ir a Palermo a coronarse. Roger de Lauria, el almirante de su flota, consiguió en julio de 1283 la ocupación de las islas de Malta y Djerba frente a la costa tunecina. Con esto, obtuvo finalmente el derecho a cobrar un tributo y la mitad de la contribución sobre el vino, a tener un alcalde en la capital para los cristianos y cónsules en Bugía y Túnez. Por cierto, otro gran reino peninsular, el de Portugal, también tenía intereses en África y, libre su territorio de musulmanes antes que los vecinos, iniciaron una larga serie de viajes y exploraciones. A los Reyes Católicos les interesaba hostilizar las posesiones portuguesas y en 1475, una armada al mando de Carlos de Varela llegó a la Guinea, derrotando a los portugueses y obteniendo más de 400 esclavos. El Tratado de Trujillo de 1479 estableció la paz. A raíz de esto, los Reyes Católicos y el monarca portugués se dividieron las zonas de influencia en África. A los hispanos les interesaba en Magreb para evitar una nueva invasión de los moriscos expulsados y se dejó a Portugal el derecho a Guinea y lo que pudiera descubrirse de las Canarias hacia el sur y contra Guinea. También la posibilidad del conquistar el reino de Fez, al que entonces pertenecía Melilla. Esto se firmó en el Tratado de Toledo de 1480. El peligro africano no era solo el temor a una nueva conquista musulmana, sino también a la piratería que albergaba sus costas e islas. Por eso, en 1400 Enrique III mandó una flota que atacó río Martín y saqueó Tetuán. Hubo dos hechos más que truncaron la expansión al sur. Uno, que los portugueses ya estaban instalados en Ceuta y tenían buenas relaciones con el reino de Fez; dos, que Juan de Bethencourt, descubridor de Canarias, se declaró vasallo del Rey Enrique III en 1403. Bethercourt solo había logrado posesionarse de Lanzarote, Fuerteventura e Hierro, pero fue suficiente para que los reyes declararan el señorío sobre todo el archipiélago. Cuando los portugueses pretendieron ocuparlas, el Papa las declaró españolas en el Concilio de Basilea, precisamente porque consideraba que la Tingitana siempre fue hispana. Luego de muchas disputas, Portugal admitió el dominio castellano sobre Canarias en el Tratado de Alcaçovas en 1479. Una vez dominado el archipiélago, los castellanos se dieron cuenta de que su expansión natural era el continente africano, pero que estaba asignado a Portugal, que ya tenía las plazas de Ceuta, Tánger o Arcila. Tenían libre el terreno entre los cabos de Agur y Bojador, ya que se consideraba que este último era el límite sur del reino de Fez. Los castellanos de Canarias establecieron una pequeña fortaleza en Bojador, que llamaron Santa Cruz de Mar Pequeña. Fue Diego García de Herrera en 1476 el que edificó esa base de comercio y cabalgadas. Cuando siglos más tarde se buscó el emplazamiento para ponerlo bajo soberanía española, Fernández Duro prefirió pensar que era Sidi Ifni porque lo consideraba estratégicamente mejor y de mejor acceso por mar. En 1497, los castellanos ocuparon Melilla ante las protestas portuguesas porque consideraban que pertenecía al reino de Fez. Por el contrario, no se opuso a la ocupación de Vélez de la Gomera en 1509. El impulso definitivo a la acción africana de los españoles llegó de la mano del cardenal Cisneros. Muerta la reina Isabel, el Rey Fernando no tenía muchas simpatías por el cardenal regente de Castilla. A las ideas expansionistas del clérigo, el Rey oponía un sinfín de trabas, ya que sus intereses se concentraban en Sicilia y el Rosellón. Luego de muchas divergencias, Cisneros consiguió la autorización para tomar Mazalquivir en septiembre de 1505, como preparatoria de la de Orán que, finalmente, se produjo en 1509. Estas dos ciudades fueron españolas hasta 1792. Y la expansión, completada al año siguiente con las conquistas de Bugía y Trípoli y el sometimiento a vasallaje de los reyes de Túnez y Argel, podría haberse consolidado definitivamente si no fuera porque el descubrimiento de América en 1492 cambió radicalmente la política. El caso de Ceuta es un poco diferente, ya que fue conquistada inicialmente por Portugal en el año 1415. Décadas más tarde la unión dinástica de las coronas española y portuguesa integró la ciudad en el dominio hispánico. Cuando ambas naciones volvieron a separarse en 1640, Ceuta decidió mantenerse bajo la protección de España. El control de estos territorios respondía a la necesidad estratégica de dominar el paso marítimo del Estrecho de Gibraltar y proteger las rutas comerciales. A principios del siglo XX, España y Francia establecieron un protectorado en la región norafricana, pero tanto Ceuta como Melilla quedaron excluidas de ese acuerdo porque ya eran consideradas territorio español de pleno derecho. Como sabéis, Marruecos logró su independencia de Francia recién en 1956 y desde entonces ha reclamado de forma recurrente la soberanía de ambas ciudades apelando a la disparatada idea del “Gran Marruecos” que nunca existió. Incluso llegó a presentar el caso ante la Organización de Naciones Unidas (ONU) para exigir su descolonización, pero la petición internacional fue desestimada. El derecho internacional da la razón a España y establece que ninguno de los dos enclaves es una colonia. A nivel legal, las dos localidades están perfectamente integradas en la Constitución española con un estatus de ciudad autónoma que le otorga competencias a medio camino entre un ayuntamiento y una comunidad autónoma. En tanto, el Gobierno español ha rechazado cualquier tipo de negociación sobre este asunto y defiende la soberanía ininterrumpida de sus fronteras. Por ese motivo, quedan pocas dudas – por no decir ninguna - de que la entrada masiva de ilegales a Ceuta, el pasado 30 de julio, se hizo con el impulso explícito de Marruecos. En un régimen policial como el de ese país es imposible que se reúnan 80.000 personas en una ciudad, Castillejos, que tiene 77.000 habitantes, sin que las autoridades lo sepan y lo consientan. Y no era la primera vez que ocurría, sucedió ya en mayo del 2021. El rey corrupto Mohamed VI, asesorado por el majzén - su gobierno en la sombra - utiliza a civiles, incluidos menores, con absoluto desprecio de su vida - que en este caso perdieron 142 personas - para lanzarlos hacia las ciudades de soberanía españolas cuando le interesa políticamente, o para probar la respuesta de España. Detrás está la permanente reivindicación de Ceuta y Melilla cuya pertenencia a España se ha negado a reconocer Marruecos, desde su independencia en 1956. En 1976, Rabat llevó el caso de estas ciudades a Naciones Unidas, pero la ONU desestimó la petición y nunca las ha incluido en su lista de territorios pendientes de descolonización. Y es que Marruecos solo puede alegar que Ceuta y Melilla están en África, y eso no es un argumento válido, hay países que están en dos continentes como Rusia o Turquía, incluso Estados Unidos (Hawái). Hay más casos: la península del Sinaí está en Asia y pertenece a Egipto. Melilla es española desde 1497 y Ceuta desde 1580, más de 200 años antes de que Marruecos existiera como Estado, por lo cual, reiteramos, nunca han sido marroquíes. El Tratado de Wad-Ras -firmado en 1860 por el sultán de Marruecos, y que tiene plena validez - reconoció la plena soberanía española y a perpetuidad sobre ambas ciudades. Y si se hicieran referendos es más que probable que su población, votara masivamente a favor de seguir siendo española - y europea - antes que marroquí, por lo que la absurda reclamación del sátrapa de Rabat no tiene fundamento alguno. Marruecos no necesita Ceuta y Melilla para nada. Tiene Tánger a un lado y Nador al otro, con su enorme puerto. Esta es una reivindicación que intenta promover el nacionalismo -como suelen hacer los regímenes autoritarios como el de Mohamed - para distraer a la población de la nefasta situación interna tanto en derechos humanos como en las condiciones de vida que empujan a la mayoría de los ciudadanos a la pobreza, mientras crecen los despilfarros del rey, respaldado ahora por Trump y Netanyahu, que, en su odio a España, están detrás del asalto a Ceuta. En 1975, tras la muerte del Generalísimo Francisco Franco, el Gobierno que lo sucedió aceptó la anexión del Sáhara Occidental por Marruecos creyendo ilusamente que eso arreglaría su situación, pero no ha sido así, ya que desde entonces está sometida a una brutal ocupación por Rabat -donde 170.000 saharauis han sido expulsados de sus tierras y viven un infierno desde hace 50 años como apátridas en campamentos instalados al otro lado de la frontera, en el desierto argelino - por lo que una situación parecida en Ceuta y Melilla no puede darse, ni ahora ni nunca. Mohamed VI debe convencerse de que España no va a ceder jamás la soberanía de ambas ciudades. Su futuro no es negociable.
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