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viernes, 7 de agosto de 2026

LA ANTIGUA ROMA FRENTE A CHINA: Contactos olvidados entre dos grandes imperios

Esta historia empieza como probablemente ya sospechen, hace dos mil años, cuando miles de kilómetros de obstáculos geográficos y militares separaban a dos imperios que, sin embargo, habían empezado a establecer contactos comerciales a través de la Ruta de la Seda. A través de aquella larga vía comercial, el vidrio, las telas y las alfombras bordadas con oro salían de Roma, pasando por múltiples manos, hasta llegar al lejano Oriente, desde donde, a su vez, a partir del siglo I a. C., penetraba en Occidente la apreciada seda. Aquel objeto de lujo, denominado serica en latín, era muy codiciado por la aristocracia romana y sirvió para bautizar a los chinos en Roma con el nombre de ‘seres’. Por su parte, los chinos, mucho más poéticos, dieron a los romanos el nombre de Da Qin, o Gran Qin, considerando aquel lejano imperio un reflejo del suyo propio, que, en sus orígenes, había sido unificado por la dinastía Qin. Pero en todo este encantador intercambio existía un problema fundamental. Entre Roma y China, kilómetros y accidentes geográficos aparte, se asentaban hace dos mil años dos pueblos complicados de manejar. Uno, el Imperio parto, que compartió frontera y conflictos con Roma durante siglos. El otro, el kushán, que hizo lo propio con los chinos. Es cierto que aquellos pueblos no siempre estuvieron en guerra con sus vecinos y que su potencial bélico varió a lo largo de los siglos que duraron las relaciones comerciales entre Roma y China, pero tanto partos como kushanos supieron aprovechar las relaciones entre los dos grandes imperios para sacar buenas ganancias. Y es que la Ruta de la Seda no era una vía de contactos directos, sino que las mercancías chinas y romanas tenían que pasar por el Imperio kushán y el Imperio parto, de comerciante en comerciante, hasta su destino final. Una forma de comercio indirecto que beneficiaba con plusvalías e impuestos a los pueblos intermedios. Saltarse a estos intermediarios fue una de las motivaciones que llevaron a algunos exploradores visionarios a plantear la posibilidad de contactar con el imperio espejo. Entre China y el Imperio Romano, habría sido el primero quien más interés tuvo en establecer relaciones con Roma. Quizá buena parte de la culpa la tuvieron los xiongnu, un imperio compuesto por una confederación de pueblos nómadas surgidos en el territorio que ocupa la actual Mongolia, y que algunos historiadores han identificado con los hunos, aunque otros ponen muchos peros a esta teoría. Durante el reinado del emperador Wu (141-87 a. C.), las incursiones de aquellos a quienes los chinos llamaban xiongnu hicieron comprender a las autoridades imperiales que necesitaban una buena caballería con la que enfrentarlos. Automáticamente se buscó a un hombre de confianza, llamado Zhang Qian, a quien se encomendó la misión de rastrear los conocidos como caballos de Ferganá, o “caballos celestiales”, adquirir un buen número de ellos para reproducirlos en China y, por el camino, tantear a algún que otro pueblo sobre la posibilidad de establecer alianzas contra los xiongnu. La misión fue un fracaso en cuanto a los caballos, pero Zhang Qian llevó informes sobre territorios situados en el lejano occidente, de donde llegaban historias de la existencia de un gran imperio que, naturalmente, era Roma. Por su parte, los romanos empezaron a recoger en sus textos la existencia de los ‘seres’. Uno de los primeros autores en hacer referencia a ellos fue Plinio el Viejo, quien, en su Historia natural, escrita durante el siglo I d. C., describía la seda como el “vellón de sus bosques” y afirmaba que este producto, “según un cálculo hecho por lo bajo”, provocaba junto a otras importaciones procedentes de la India o la península arábiga el que Roma se gastase “todos los años cien millones de sestercios. Así de caros nos cuestan los refinamientos y las mujeres”. Plinio el Viejo también hablaba de los ‘seres’ como gentes “apacibles”, pero insistía en que llegar a ellos no era cosa fácil. Su descripción del camino a seguir realmente quitaría las ganas al explorador más intrépido: “Hay una zona en el este impenetrable por las nieves, seguida de otra salvaje por la brutalidad de quienes la habitan, escitas antropófagos que se alimentan de carne humana”. Y eso es solo el principio; luego el camino se complica con terribles desiertos y animales salvajes que pugnan por el control del territorio con “hombres igualmente crueles”. Al poco tiempo, Lucio Anneo Floro iría unos cuantos pasos más allá al escribir en su Epítome de Tito Livio cómo en tiempos de Octaviano, ascendido a Augusto, llegó a Roma una embajada china junto a indios, escitas y sármatas tras “cuatro años de viaje”. Como señala el latinista Jean-Noël Robert en su imprescindible De Roma a China. La Ruta de la Seda en la época de los césares, si algo tan notable hubiera ocurrido qué duda cabe que Augusto, experto en propaganda, lo habría publicitado en su Res Gestae, ese texto dedicado a ensalzar las hazañas del emperador. Así que esta afirmación de Floro tiene pinta de ser más un cuento que una realidad. No obstante, fue precisamente en tiempos de Floro cuando se produjo el que podemos considerar el episodio central de esta historia: el épico viaje de Gan Ying. A finales del siglo I d. C. los chinos seguían sufriendo el acoso de los pueblos esteparios. Esto llevó al general Ban Chao, comandante en jefe de las regiones occidentales y veterano de décadas en la guerra contra los xiongnu, a seleccionar a uno de sus hombres para encargarle la importantísima misión de lograr aliados. El elegido fue Gan Ying, que recibió el encargo de buscar Da Qin (Roma) y entablar relaciones diplomáticas con aquel imperio y, llegado el caso, proponer un frente común contra sus respectivos enemigos. El viaje de este emisario iba a durar entre dos y cuatro años, y lo llevó a atravesar multitud de territorios desconocidos, al menos, para los embajadores chinos, ya que no podemos descartar que, previamente, comerciantes y aventureros originarios del país asiático hubieran llegado hasta lejanas tierras sin que quedara constancia de sus andanzas. El Libro de Han posterior, sin embargo, sí recoge las peripecias de Gan Ying. Escrita hacia el siglo V, esta obra, fundamental para conocer la historia china, recoge la información que presumiblemente Gan Ying facilitó a sus superiores tras el regreso de su aventura. Tras recorrer miles de kilómetros, el embajador chino logró llegar hasta el Imperio parto. Allí se topó con un grupo de marineros, que en realidad podrían ser un grupo de agentes secretos partos, a quienes preocupaba que un chino trabase contacto con el enemigo romano. Aquellos marineros, espías o lo que fueran en realidad, informaron a Gan Ying de que, si quería llegar hasta Roma, su Da Qin, chocaría con un vasto y terrible mar: “Quienes lo cruzan - le dijeron - tardan tres meses con vientos favorables y dos años con vientos flojos. Por lo tanto, quienes se hacen a la mar llevan provisiones para tres años. El mar hace que la gente sienta nostalgia y muchos mueren”. Gan Ying recibió aquel aviso en una ciudad que los chinos llamaron Tiaozhi, sobre cuya ubicación concreta ha habido cierto debate, aunque, actualmente, hay cierto consenso en que se trataba de Charax Spasinou. Si el embajador hubiera tomado el Éufrates, habría llegado en apenas dos semanas a Zeugma, el cuartel general de la legión IV Scythica, en la frontera de la provincia romana de Siria. Quizá Gan Ying fue engañado, pero hay historiadores que especulan con la posibilidad de que, en realidad, se dejó engañar. Había recopilado mucha información durante su viaje, y era mejor fingir ante Partia que estaba desmoralizado, volviendo a casa vivo, sin arriesgarse a sufrir una cuchillada traicionera en un callejón oscuro por parte de los partos, temerosos de su posible contacto con los romanos. Pasaron décadas hasta que se produjo un nuevo intento de contacto. Esta vez partió, al parecer, de territorio romano. Hacia el año 166 d. C. apareció en las costas de Vietnam un grupo de viajeros con un cargamento de marfil, cuernos de rinoceronte y caparazones de tortuga. La idea era depositar aquellas mercancías, probablemente adquiridas durante el viaje, a los pies del entonces emperador de los chinos, Huan de Han. Durante su presentación, el grupo afirmó venir de la lejana Roma en calidad de embajadores, si bien la mayoría de los investigadores sospechan que, en realidad, se dieron esa categoría con el objetivo de tener acceso privilegiado al emperador. Lo más probable es que procedieran de algún punto situado en el Imperio romano, sí, pero como comerciantes. No obstante, el Libro de Han posterior sí se refiere a ellos como enviados del “rey Andun de Da Qin”, o sea, Marco Aurelio. Eso sí, los cronistas chinos se muestran extrañados al recibir de tan gran emperador un tributo tan pobre como el marfil o los caparazones de tortuga, ya que esto no era “particularmente raro o precioso”. Para entonces, los conocimientos de los chinos sobre Roma, aunque imprecisos, eran bastante más abundantes de los que los romanos tenían sobre los chinos. Nuevamente, el Libro de Han posterior recoge descripciones detalladas sobre lo que pensaban de Da Qin, cuyo “territorio abarcaba varios miles de li, con más de cuatrocientas ciudades. Docenas de estados más pequeños les servían de súbditos”. Una visión no demasiado descabellada, e incluso combinada con cierto conocimiento de lo que era la Roma republicana, donde “el rey no era un cargo regular, siempre era seleccionado entre los virtuosos y capaces. Siempre que se producían desastres naturales o mal tiempo en el país, el rey era depuesto y reemplazado, y los depuestos aceptaban su destino sin quejarse”. Bueno, quizá en eso de que los depuestos no se quejaban no andaban acertados los chinos, que no sabían de las andanzas de Mario, César y compañía. Luego del 166 d. C., el comercio entre China y Roma continuaría con mayor o menor éxito, pero no tenemos constancia de que las relaciones diplomáticas se buscaran con ahínco. Al fin y al cabo, ambos territorios estaban separados por múltiples enemigos, miles de kilómetros y problemas muy distintos. Además, las mercancías de cada uno, que eran lo que al final importaba, llegaban bien por tierra, bien por mar, independientemente de los intermediarios requeridos en cada momento de la historia. Sí parece que los mercaderes romanos - o, mejor dicho, procedentes del Imperio romano - atracaron frecuentemente en Camboya, dejando allí sus mercaderías e intercambiándolas por productos asiáticos, pero, a partir del siglo III d. C., esto se volvió más esporádico. La Ruta de la Seda empezó a tener ciertos problemas de estabilidad, con los partos y los kushanos entrando en un declive que dificultaría mantener abiertas las rutas comerciales en condiciones de seguridad. Además, Roma y China tampoco disfrutaban de su mejor momento histórico, y, aunque los chinos sobrevivieron, Da Qin fue engullida por una espiral de decadencia en la que mantener el territorio cercano era mucho más importante que alimentar visionarias expediciones en busca de reinos lejanos casi legendarios. Para la historia, quedan las aventuras Gan Ying y la multitud de comerciantes y aventureros anónimos que recorrieron la Ruta de la Seda en aquellos siglos.
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