SONIDOS DEL MUNDO
viernes, 29 de mayo de 2026
EL VATICANO: Una guerra contra el Diablo
Si alguien pensaba que la llegada del estadounidense Robert Prevost al trono del Vaticano iba a mejorar las agrietadas relaciones que Donald Trump tuvo con el hereje Francisco I, se han equivocado completamente, ya que por el contrario estas diferencias se han profundizado aún más desde el ataque criminal que EE.UU. e Israel han realizado contra Irán. No es casualidad que la figura que emerge como su principal rival, sea un sacerdote vestido de blanco, conocido como el Papa León XIV. En las últimas semanas, el Papa ha emitido una serie de denuncias apenas veladas contra el presidente estadounidense, quien lo ataco acusándolo de “ser pésimo en política exterior” y exigiendo su destitución, a lo que Prevost le contesto “no te tengo miedo”, prometiendo seguir hablando en contra de la guerra. Ya no es descabellado pensar que lo que un pontífice polaco, Juan Pablo II, hizo al enfrentarse al imperio soviético en la década de 1980, un Papa nacido en Estados Unidos podría hacerlo en la década del 2020 al atreverse a decirle la verdad al aspirante a emperador en la Casa Blanca. Obviamente, varios jefes de gobierno también se han opuesto a Trump. Mark Carney, de Canadá, lo ha hecho de forma más explícita, mientras que sus homólogos europeos han tomado postura negándose a unirse a su guerra contra Irán. Pero ninguno tiene el alcance global del líder de los 1.400 millones de católicos del mundo. Sin embargo, la cuestión va más allá de las cifras. Carney ha expuesto con contundencia el argumento geopolítico contra Trump, dejando al descubierto su destrucción del orden posterior a 1945. Pero esto no refleja la objeción más profunda que gran parte del mundo ha sentido hacia Trump desde hace mucho tiempo. Esa antipatía reside menos en el ámbito político y más en la esfera de la moral, el carácter y la decencia humana. Y ese es el terreno del Papa, quien ha decidido enfrentarse al demonio en persona, representado por Trump. De esta manera, cuando León XIV arremete contra la guerra, no lo hace en términos de rutas marítimas estratégicas ni del precio mundial del petróleo. Más bien habla de «amos de la guerra» cuyas manos están tan «llenas de sangre» que Dios no escucha sus plegarias. Habla de un mundo «asolado por un puñado de tiranos» y lamenta a quienes arrastran «lo sagrado a la oscuridad y la inmundicia». JD Vance intentó defender a su desquiciado jefe, ganándose con razón el desprecio mundial por la desfachatez que demostró cuando, siendo católico desde hace apenas siete años, le pidió al papa que tuviera más cuidado al hablar de "asuntos teológicos”. Pero igual de reveladora fue su exigencia de que León XIV "se ciñera a cuestiones de moral", lo que confirma que Vance no comprende que la repulsión generalizada que provoca Trump es de índole moral. Desde que Abraham Lincoln acuñó la frase en su primer discurso inaugural, los presidentes estadounidenses se han sentido obligados, al menos en cierta medida, a apelar a lo mejor de la naturaleza humana. Pero Trump siempre ha hecho lo contrario, apelando a los peores demonios de los estadounidenses, a sus instintos más bajos. En los debates televisivos de 2016, Hillary Clinton afirmó que Trump no había pagado impuestos federales sobre la renta durante años. Él no lo negó, sino que dijo: «Eso me hace inteligente». En otras palabras, sé egoísta. Aprovecha lo que puedas. Solo un necio antepondría el bien común a su propio beneficio. Es la misma mentalidad que llevó a Trump a cancelar una visita a un cementerio militar en el 2018, porque consideraba a los caídos en guerra de Estados Unidos como "perdedores" e "idiotas”. Si hubieran sido inteligentes, como él, habrían evitado el servicio militar obligatorio, tal como lo hizo él. Menciona la peor cualidad humana, y Trump la demostrará y se regodeará en ella. ¿Codicia? Trump ha utilizado su alto cargo para enriquecerse a sí mismo y a su familia, obteniendo ganancias de la presidencia por un valor de al menos 1.400 millones de dólares (1.000 millones de libras), según un análisis del New York Times de enero, y esa cifra seguramente habrá aumentado desde entonces. El "conflicto de intereses" es un arcaísmo pintoresco en el Washington de Trump, donde el yerno del presidente solicita miles de millones para su firma de inversión a los mismos gobiernos de Oriente Medio con los que negocia en nombre de Estados Unidos, y donde especuladores anónimos, pero misteriosamente bien informados, obtienen millones en ganancias apostando por las decisiones presidenciales de guerra y paz. ¿Y qué hay de la deshonestidad? Trump miente como quien respira. El Washington Post calculó que hizo 30.573 declaraciones falsas y engañosas durante los cuatro años de su primer mandato: más de 21 al día. Nunca lo ha abandonado. Sirva de ejemplo, por citar un caso casi al azar, sus afirmaciones de que una guerra que ha fortalecido a los sectores más intransigentes de Irán ha logrado, contrariamente a toda evidencia, su objetivo de cambio de régimen. O consideremos la crueldad de Trump. Esta se manifiesta de la forma más grave en su sed de sangre, amenazando a través de las redes sociales con que "una civilización morirá esta noche" o utilizando el Domingo de Pascua para decirle a Teherán: "Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno". Pero la crueldad también es personal y directa. Cuando el actor y director Rob Reiner fue asesinado en circunstancias horribles junto a su esposa a finales del año pasado, Trump publicó una serie de insultos contra el difunto, aparentemente motivados por el hecho de que Reiner no era partidario de Trump. Cuando el exdirector del FBI y veterano funcionario público Robert Mueller falleció el mes pasado, a los 81 años, Trump declaró: "Bien, me alegro de que esté muerto". Sin duda, no es exagerado decir que Trump encarna lo peor de nosotros. Está repleto de defectos - antes los llamábamos pecados - que la mayoría de la gente intenta reprimir. Aunque su egocentrismo y vanidad son más que deplorables, de alguna manera nos hemos acostumbrado a ellos. Este es el hombre que tomó un monumento a un joven presidente asesinado por los sionistas en la plenitud de su carrera y le puso su propio nombre: he aquí el Centro Trump-Kennedy. Este es el hombre que planea construir un arco de la victoria dorado, un Arco de Trump, tan gigantesco como grotesco, una abominación de 76 metros de altura, que se alzará imponente sobre Washington D.C. Este es el hombre que publicó una imagen suya como una figura similar a Jesús, y que además no oculta su deseo de ser reelegido por tercera vez en el 2028 - a pesar de que la Constitución lo prohíbe - e incluso, ha dado a entender que buscara la manera de que las elecciones legislativas de noviembre (donde todas las encuestas prevén su aplastante derrota) no se realicen, ya que puede ser destituido por la nueva mayoría demócrata. Todo encaja. El racismo que provocó que, de los 4499 “refugiados” admitidos en Estados Unidos desde octubre del 2025, todos menos tres fueran sudafricanos blancos. La misoginia que, naturalmente, lo llevó a ser amigo del pederasta judío Jeffrey Epstein. La estupidez bovina que lo condujo a lanzar una guerra contra Irán sin pensar en las consecuencias, sorprendiéndose al descubrir que había entregado una poderosa arma económica a un temible adversario. Todo esto ha originado que se haya ganado la enemistad de un líder que se opone a la guerra, los prejuicios, la vanidad, la indecencia, la insensibilidad, la mentira y la avaricia. Tiene todo el sentido que sea el Papa quien se haya erigido como el anti-Trump, porque este representa el polo opuesto del cristianismo. No le importan los pobres, pero venera a los ricos. Cuando habla de fe, se refiere a la autoconfianza: la seguridad en su propia grandeza. Esta es una de las razones por las que la interpretación accidental de Pete Hegseth del evangelio según Quentin Tarantino, citando erróneamente Pulp Fiction en lugar de Ezequiel, tuvo tanta repercusión: dejó al descubierto que el cristianismo de Trump y su círculo es, como la decoración de Mar-a-Lago, ostentoso y falso. Se desprenden dos conclusiones. Primero, que el cónclave acertó al elegir a Prevost, quien tomó su nombre de León XIII, el «papa del trabajo» que defendió los derechos de los trabajadores pobres en medio de las convulsiones de la Revolución Industrial. Y segundo, que es fundamental que la presidencia de Trump se entienda y se recuerde como un fracaso rotundo; que perdure como una advertencia para las generaciones futuras, un recordatorio de que quienes son deshonestos, crueles y codiciosos no prosperan, serán tachados de perdedores y olvidados para siempre.
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