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viernes, 9 de julio de 2021

THE TREASURE OF THE OXUS: Una colección envuelta en polémica

Compuesto por unas ciento ochenta piezas de oro y plata, el tesoro del Oxus es la mayor colección conocida de objetos de oro y plata pertenecientes al primer gran imperio de la Antigüedad, el persa aqueménida (550-330 a. C.) pero tanto su origen como su autenticidad generan controversia. Se le llama así por el lugar donde se cree que se encontró, en la orilla del río Oxus (hoy Amu Daria), situado en la antigua región de Bactriana, actual Tayikistán. Este territorio del Asia Central, por donde pasaba la ruta comercial que comunicaba el Mediterráneo con la India y Extremo Oriente, fue incorporado al Imperio por su fundador, el rey Ciro II el Grande, probablemente durante la campaña militar que llevó a cabo entre 545 y 540 a. C. A partir de ese momento, como aparece mencionado en la inscripción de Behistún, la región de Bactriana se convirtió en una satrapía, o provincia, más del Imperio. La mayor parte del tesoro del Oxus se encuentra en el Museo Británico, salvo algunas piezas que se custodian en el Museo Victoria and Albert de Londres. El relato de cómo llegó hasta Inglaterra se lo debemos a O. M. Dalton, conservador del Museo Británico que en 1905 publicó The Treasure of the Oxus. En ella, Dalton cuenta que el tesoro lo encontraron unos lugareños en la orilla norte del río entre 1876 y 1880. Ese último año pasaron por la región tres comerciantes provenientes del emirato de Bujará, en el actual Uzbekistán. Al enterarse de la existencia del tesoro, lo compraron y continuaron su camino hacia la India británica. Antes de llegar a su destino, los comerciantes tenían que atravesar el convulso Afganistán, un territorio en el que, desde 1878, se enfrentaban británicos y afganos en la segunda guerra anglo-afgana. Según sus testimonios, en los que se basó Dalton para escribir su relato, a los pocos días de salir de Kabul fueron asaltados por tribus locales, quienes les secuestraron y robaron el tesoro. Gracias a uno de sus sirvientes, que pudo escapar y avisar a las autoridades británicas, los comerciantes fueron liberados y el tesoro devuelto. En agradecimiento, vendieron una de las mejores piezas (uno de los dos brazaletes de oro que se conservan) al capitán Francis Charles Burton, oficial al mando en la zona.
Este lo vendió a su vez al Victoria and Albert, donde actualmente se custodia junto al otro brazalete. Los comerciantes siguieron hasta la ciudad de Rawalpindi, un importante centro comercial situado en el actual Pakistán. Allí vendieron el resto del tesoro en distintos bazares. Posteriormente, entre 1881 y 1883, las piezas fueron compradas y recopiladas por dos arqueólogos británicos: Alexander Cunningham, director del Servicio Arqueológico de la India, y Augustus Wollaston Franks, conservador del Museo Británico. Este último compró su parte al primero y, a su muerte en 1897, donó todo el tesoro a la institución en la que trabajó. Pero ¿de dónde proviene el tesoro del Oxus? Al no haberse hallado en una excavación arqueológica, la respuesta es complicada. Existen principalmente dos teorías. La primera y más antigua lo relaciona con el yacimiento de Takht-i Kuwad, en la orilla septentrional del Oxus, una zona poblada desde antiguo. El río se ha llevado ya una cuarta parte del yacimiento, por lo que se cree que pudo haber arrastrado también las piezas del tesoro hasta donde las encontraron los habitantes de la zona. Una segunda teoría lo conecta con un yacimiento más reciente, el de Takht-i Sangin. Situado a pocos kilómetros del anterior, fue excavado por arqueólogos rusos entre 1976 y 1991. Allí se encontró una ciudadela fortificada de finales de la época aqueménida, y en su interior, un templo, o ayadana. Dentro del santuario se hallaron más de cinco mil objetos, posiblemente ofrendas, datados entre los siglos VI a. C. y III d. C. ¿Pertenecen las piezas del tesoro del Oxus a las encontradas en este templo? Así lo sugieren algunos expertos. Pero hay un problema: la mayoría de las piezas que se hallaron en este yacimiento son de bronce y marfil, no de oro y plata. Solo hay algunas de oro (tres placas votivas), pero de un estilo muy diferente a las del Oxus. Para explicar esta contradicción, se ha apuntado la posibilidad de que los sacerdotes del templo hubieran enterrado los objetos de más valor para protegerlos ante un posible saqueo. Luego, por alguna razón desconocida, no habrían vuelto a desenterrarlos. La homogeneidad e incluso la autenticidad del tesoro del Oxus (compuesto de joyas, vajilla, miniaturas y estatuillas y placas votivas) han sido puestas en cuestión en varias ocasiones. Lo incierto y “novelesco” de su descubrimiento, la variedad estilística que presentan las distintas piezas y su comercialización en bazares de “dudosa reputación”, como dejó escrito el propio O. M. Dalton en su narración del periplo del tesoro, han alimentado el escepticismo de muchos investigadores. La voz más crítica al respecto es la de Oscar White Muscarella, del MET, el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Este veterano arqueólogo criticó en un artículo en The Times en el 2003 lo que llamó “arqueología de bazar”, y cuestionó tanto la narración del descubrimiento del tesoro (tachándola de fantasías de comerciantes) como su carácter unitario y su completa autenticidad. Muscarella dudaba, sobre todo, de las placas votivas, que consideraba sospechosas, dado su tosco acabado y la dificultad para ponerlas en relación con otros hallazgos del período aqueménida.
El Museo Británico se defendió aportando pruebas científicas y análisis históricos y aludiendo a la aparición de nuevos paralelismos que refuerzan su autenticidad. Además de las joyas, piezas de vajilla, miniaturas, estatuillas y placas votivas, también se han conservado los restos de una vaina de oro para akinakes (espada persa) decorada en relieve con escenas de caza de leones. Algunos autores incluyen también como parte del tesoro una serie de monedas (de doscientas a mil quinientas, según las fuentes) pertenecientes a diversas épocas. Sin embargo, esta conexión no está clara. Entre las muchas joyas que se han conservado se encuentran pendientes, anillos, pulseras, torques, brazaletes y atavíos como placas o medallones. De entre todas ellas destacan dos: los mencionados brazaletes de oro que se pueden ver en el Museo Victoria and Albert. Son dos joyas de una gran perfección técnica compuestas por varias partes que se trabajaron por separado y luego se soldaron. Lo más característico son sus remates en forma de león grifo y la presencia de varios alvéolos que se utilizaban para incrustar esmaltes y piedras preciosas. Este tipo de brazaletes eran uno de los regalos más apreciados por las élites persas. En cuanto a la vajilla, la componen varios vasos de oro y plata (lisos o con el interior repujado); una magnífica jarra de oro, de cuerpo acanalado y asa terminada en cabeza de león; y un pez hueco de oro con un orificio en la boca, que podría haber servido como recipiente para guardar aceite o, dado que tiene un gancho sobre la aleta izquierda, como parte de un colgante. Se sabe por los textos griegos que los reyes y aristócratas persas empleaban habitualmente este tipo de vajilla de lujo en la mesa. De hecho, solo servían en platos de cerámica cuando querían ofender a un comensal. Respecto a las miniaturas, se conservan dos piezas de oro que están entre las más célebres del tesoro del Oxus. Representan dos carros ligeros tirados por caballos. La más completa mide 18,8 cm de largo y está compuesta por un carro con ruedas de gran tamaño tirado por cuatro caballos medos o “neseos” (criados en la llanura Nesea y famosos por su resistencia y velocidad).
La cabina está decorada en su parte frontal con una cabeza de Bes (deidad egipcia incorporada por los persas como protectora de los jóvenes), y en su interior alberga a dos figuras humanas vestidas al estilo medo (con túnica y capucha). Este tipo de carro ligero, muy similar a los que se pueden ver en los relieves de Persépolis, era un vehículo de muy alta categoría social. Se utilizaba usualmente como transporte y, en menor medida, para la guerra. La función de estas miniaturas no se conoce, pero el hecho de que aparezca la cabeza de Bes ha alimentado la teoría de que fueran elaboradas como exvotos para un niño. Las estatuillas se utilizaban como ofrendas votivas para depositar en los templos. Esta práctica, muy común en el mundo antiguo, servía para dar las gracias a una deidad (exvotos), ganarse su favor o como señal de respeto. Las hay de diferente tamaño (de 5 a 29 cm) y distinta fisonomía (barbadas y vestidas al estilo persa o imberbes y desnudas a la manera griega), todas ellas elaboradas en oro y plata. También se cree que son de carácter votivo las cincuenta y una placas de oro que forman parte del tesoro. Son de forma rectangular y todas muestran representaciones humanas salvo cuatro (una de ellas es lisa y las tres restantes tienen figuras de animales). La mayoría representan a hombres vestidos a la manera meda portando en una de sus manos flores, lanzas o barsoms, el atado de ramas sagradas que se utilizaba en señal de devoción y que los sacerdotes o “magos” mazdeístas (los aqueménidas adoraban al dios Ahura Mazda) usaban para encender el fuego sagrado y con fines adivinatorios. La existencia de estos objetos votivos avala la tesis de que pudieran haber pertenecido al templo excavado en Takht-i Sangin. ¿Son estas piezas todas las que completan el tesoro del Oxus? Según Igor Pichikyan, arqueólogo del yacimiento de Takht-i Sangin, no. Faltan algunas, las que componen el que se ha dado en llamar “segundo tesoro del Oxus”. Un conjunto de objetos, la mayoría placas y monedas de oro y plata, que supuestamente serían las que no devolvieron los ladrones cuando fueron detenidos. Este “segundo tesoro” salió al mercado de antigüedades durante los años noventa y fue adquirido por el Museo Miho de Japón. En el 2002 se presentó en una exposición llamada “Tesoros de la antigua Bactria”. ¿Realidad o simple maniobra publicitaria?
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