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viernes, 3 de abril de 2026

EL SANTO SEPULCRO: La tumba vacía de Jesucristo

Cuando se llega a Jerusalén en busca del santuario más importante de la Cristiandad, se esperaría encontrar un edificio claramente delimitado. Sin embargo, la iglesia del Santo Sepulcro aparece como una amalgama de estructuras adosadas, de aspecto caótico y oscuro, recorridas por innumerables peregrinos y visitantes de todo tipo. Sólo si se considera la larga y tormentosa historia de los cristianos en Jerusalén, puede comprenderse este monumento, producto de constantes construcciones y reconstrucciones, desde tiempos del Imperio Romano hasta la época contemporánea. Cada período ha dejado su huella en la arquitectura del edificio, al igual que en la organización de sus espacios rituales, repartidos al milímetro entre los diversos cristianismos que históricamente han confluido en Jerusalén: católicos, ortodoxos, armenios, coptos, sirios y etíopes, más dos familias musulmanas originarias de Jerusalén, la familia Nuseibeh - que custodia la llave de la puerta - y la familia Joudeh Al-Goudia, que es la encargada de abrir y cerrar la puerta diariamente desde hace ocho siglos, desde el 1187, de manera ininterrumpida. Alberga además la sede del patriarca ortodoxo griego de Jerusalén y es la catedral del Patriarcado latino de Jerusalén. El origen del Santo Sepulcro se remonta a principios del siglo IV, a los años de expansión de la Iglesia cristiana bajo el patrocinio del emperador Constantino. Aprovechando la celebración del concilio de Nicea en el año 325, Macario, el obispo de Jerusalén, pidió al emperador que ordenara exhumar la tumba de Jesús, la cual, según la tradición, se encontraba en un lugar extramuros de la antigua Jerusalén. Ello obligó a demoler dos templos romanos que se habían erigido justo encima: el de Júpiter Capitolino y, principalmente, el de Venus. Sin oposición alguna, y según el testimonio vivo de Eusebio de Cesarea, biógrafo de Constantino, se comenzó la tarea con precisión, determinación y máximo cuidado, ya que la solidez de las técnicas de construcción romanas complicaba mucho la tarea de desmontar un templo consolidado sobre el terreno por medio de un podio. Al poco tiempo se anunció la localización del ansiado sepulcro de Cristo, excavado en la roca debajo de la plataforma del antiguo templo de Venus. Casi al mismo tiempo se anunció el hallazgo del Gólgota, el montículo rocoso con forma de cráneo (de ahí su nombre hebraico, así como el latino: Calvario) en el que fue crucificado Jesucristo. Informado del hallazgo de la tumba, Constantino ordenó a Macario que erigiera en el mismo lugar, en el menor plazo posible y sin reparar en gastos, una espléndida iglesia, de forma que «todo lo que pueda haber de eximia belleza en cualesquiera urbes sea derrotado en parangón con esta construcción». La iglesia empezó a erigirse en el año 326 y fue dedicada el 17 de septiembre de 335, aunque las obras terminaron medio siglo más tarde. El complejo estaba compuesto por una serie de espacios que se extendían de este a oeste y configuraban una especie de vía procesional. La entrada al complejo se realizaba desde el antiguo cardo máximo, la avenida que articulaba la Jerusalén romana de norte a sur. Lo primero que se encontraba era un atrio, para cuya construcción se aprovechó parte del témenos o gran patio del templo de Venus construido en época
de Adriano. Representaba un primer espacio de meditación que permitía a los fieles dejar atrás el bullicio de las calles. A continuación, se pasaba a la basílica, edificio alargado característico de la arquitectura civil romana que los cristianos adoptaron para sus primeras grandes iglesias. Aunque esta basílica fue destruida en el siglo XI por los persas, se han hallado algunos restos que permiten imaginar cómo era originalmente. En efecto, tras un muro de la actual capilla de Santa Elena se han identificado otros muros de varias decenas de metros de longitud y casi tres de grosor que pueden atribuirse a una parte de la basílica constantiniana. Se ha averiguado que para la construcción de este edificio se utilizaron sillares provenientes del templo de Venus, que a su vez procedían del Segundo Templo tal como fue reconstruido por Herodes el Grande a finales del siglo I a.C. Debido a su gran calidad, estas piedras se emplearon para los muros subestructurales importantes, pero no para la cimentación menor. Se cree que las dimensiones de la basílica del Santo Sepulcro eran relativamente modestas: 46 metros de largo – apenas una tercera parte de la basílica de San Juan de Letrán en Roma, por ejemplo – y 38 de ancho. Los testimonios de la época, sin embargo, destacan su suntuosa decoración. Eusebio de Cesarea, que la visitó luego de su inauguración, comenta que «su interior estaba revestido de lajas de diferentes clases de mármol» y el techo estaba cubierto por un «artesonado con placas de cuarterones cabalmente acoplados que se extendían como un imponente piélago por toda la basílica [...] y como todo él estaba revestido de esplendente oro, hacía que el templo todo resplandeciese como con rayos de luz». Dos galerías laterales daban paso al tercer espacio que configuraba el complejo del Santo Sepulcro: el Jardín Sagrado. Llamado así porque evocaba el huerto en el que fue visto Jesús tras la Resurrección, formaba un cuadrado a cielo abierto de unos 28 metros de largo por 40 de ancho. Era allí donde se encontraba parte de la roca madre venerada como el Gólgota. La roca estaba modelada y decorada con piedras preciosas para acoger la cruz, cubierta con un ciborio (especie de baldaquino) para protegerla. Por último, se llegaba al edificio que daba sentido a todo el conjunto: la rotonda que cubría el lugar de la resurrección de Cristo, llamada por ello Rotonda de la Anastasis o de la Resurrección. También esta construcción fue destruida por los musulmanes, pero se conservaron los muros fundacionales, por lo que es posible conocer sus dimensiones y estructura. Se trataba de un elemento circular, según la tradición del mausoleo romano, de 36,50 metros de diámetro, al que se accedía a través de un pórtico columnado. El cilindro inferior se apoyaba sobre una base octogonal y el superior tenía ocho ventanas para aligerar el peso de la bóveda que cubría los espacios de enterramiento en su interior. En la cúspide había un óculo por el que penetraba la luz, igual que en el Panteón de Roma. Así, un testimonio del año 530 explicaba: «La tumba, que tiene la forma de un cono, está cubierta de plata y tiene un altar colocado delante de la tumba bajo los rayos dorados del sol». En el centro de la Rotonda, exactamente en el lugar donde se había encontrado la tumba de Cristo, se construyó un pequeño edificio de mármol, el llamado Edículo. Estaba compuesto de dos estancias: una antecámara de uso devocional y la cámara funeraria, sobre el lugar en que habría reposado el cuerpo de Cristo según la
tradición. En el año 614, los persas sasánidas se establecieron brevemente en Palestina y ocuparon Jerusalén. La iglesia del Santo Sepulcro fue saqueada e incendiada, aunque no totalmente destruida. El fuego consumió el contenido de la iglesia y sus partes de madera, incluido el techo, pero la estructura se mantuvo esencialmente intacta. A los pocos años, bajo el patriarca Modesto, se emprendió la restauración del conjunto, pero la gloria original no pudo recuperarse. En 628, las fuerzas del Imperio bizantino lograron expulsar a los persas y una vez más recuperaron el control del país, pero sólo brevemente, pues apenas diez años más tarde los árabes musulmanes ocupaban Tierra Santa. Bajo el dominio musulmán, los cristianos de Jerusalén disfrutaron de una relativa tolerancia religiosa, y el Santo Sepulcro siguió abierto al culto y a la multitud de peregrinos que llegaban de toda la Cristiandad. Todo cambió radicalmente en 1009, cuando el califa fatimí al-Hakim, como represalia contra ciertas actuaciones del emperador bizantino, ordenó destruir totalmente el Santo Sepulcro, «hasta que desaparezca todo rastro suyo y se arranquen hasta sus fundamentos». La orden se llevó a efecto: la basílica fue totalmente arrasada y de la Rotonda sólo resistió una parte de los muros fundacionales. La comunidad cristiana de Jerusalén no se resignó a la destrucción, y ya en 1012 emprendió una restauración a pequeña escala del monumento. A la muerte de al-Hakim, su sucesor llegó a un acuerdo con Bizancio por el que el gobierno de Constantinopla obtenía el derecho de reconstruir el Santo Sepulcro. Tras su acceso al trono en 1042, Constantino IX Monómaco asignó fondos imperiales para culminar el proyecto, que duró seis años. Las dimensiones del nuevo complejo se redujeron notablemente, ya que no se reconstruyó la antigua basílica. Monómaco debió limitarse a rehacer la Rotonda y su cúpula. En su recreación de la Rotonda, los ingenieros del emperador bizantino utilizaron piezas rescatadas de la iglesia en ruinas de Constantino el Grande, lo que se refleja, por ejemplo, en las columnas desproporcionadamente cortas y gruesas que se ven hoy en este espacio. En su lado este, Monómaco levantó un nuevo ábside mientas que en el crucero norte (el área de las capillas franciscanas actuales), el impresionante piso de mármol blanco y negro es una réplica exacta de un pavimento del siglo XI que fue colocado como parte de la restauración de Monómaco. El emperador reemplazó la mampostería del Edículo, ya que la base de la tumba había desaparecido. La siguiente gran transformación del Santo Sepulcro fue resultado de las Cruzadas. Cuando los cruzados liberaron Jerusalén bajo el mando de Godofredo de Bouillon, el 15 de julio de 1099, ejecutaron a numerosos residentes de la ciudad, musulmanes, judíos y cristianos orientales, muchos de los cuales se habían refugiado en la humilde iglesia del Santo Sepulcro. Los clérigos griegos, que habían sido los señores del Santo Sepulcro, se vieron ahora abruptamente desplazados por los religiosos católicos recién llegados. Los nuevos dueños de Jerusalén practicaron varias intervenciones arquitectónicas en el Santo Sepulcro. Así, crearon la capilla subterránea de Santa Elena, ligada con una tradición que se consolidó probablemente en esa misma época: la de que Elena, la madre del emperador Constantino, había hecho un viaje a Jerusalén en el que descubrió el Lignum Crucis, un fragmento de la cruz en la que fue crucificado Jesucristo. Y también erigieron un monasterio para los clérigos agustinos encargados del oficio diario de la iglesia en el rito occidental. En la Rotonda, los cruzados reemplazaron completamente el Edículo. Y alzaron un campanario junto a la fachada del transepto sur. Con todo, el cambio más significativo fue la construcción de una gran estructura de planta cruciforme, que reunía en su interior el antiguo tripórtico y la rotonda de la Anástasis. Los dos espacios quedaron comunicados mediante un gran arco que vino a reemplazar el ábside oriental de la Rotonda erigido por Constantino Monómaco. La nueva fachada con sus portales ahora se localizó en el sur; es el acceso que se utiliza hoy en día. La iglesia terminada es la expresión clásica de la arquitectura francesa medieval, interpretada por el arquitecto de los cruzados, el maestro Jourdain, ejecutada en un estilo que se ha llamado de «transición» entre el románico y el gótico, con un peculiar almohadillado que decoraba los arcos góticos de la fachada. Aunque la evidencia sugiere que la construcción aún no estaba terminada en ese momento, la dedicación oficial de la iglesia se llevó a cabo en la fecha simbólica del 15 de julio de 1149, a cincuenta años de la primera llegada de los cruzados a Jerusalén. Bajo los gobernantes musulmanes que siguieron al dominio cruzado – los ayubíes, los mamelucos y, desde 1517 hasta la primera guerra mundial, los turcos otomanos – la iglesia del Santo Sepulcro fue objeto de continuas reformas y restauraciones. En 1808, un incendio obligó a reconstruir gran parte de la estructura, y en 1927 un terremoto la amenazó de nuevo. Desde la década de 1960 se han desarrollado diversas campañas de restauración. La última data del 2016, y se ha centrado especialmente en el Edículo: los especialistas retiraron la cubierta de mármol que se colocó en el siglo XIX, han revisado la estructura de época de los cruzados y, finalmente, han reparado las grietas en la tumba excavada en la roca que se descubrió en época de Constantino. En efecto, luego de siete décadas sostenida por vigas de acero, la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA) declaró que la estructura del Edículo, visiblemente deteriorado, era inseguro. Se acordó su restauración, que se llevó a cabo entre mayo del 2016 y marzo del 2017.
Gran parte del proyecto, cuyo coste ascendió a 4 millones de dólares, fue financiado por el World Monuments Fund, además de 1,3 millones de dólares aportados por Mica Ertegün y 4 millones de dólares del rey Abdullah II de Jordania. Se confirmó la existencia de las paredes originales de piedra caliza de la cueva dentro del Edículo y se creó una ventana para poder verlas desde el interior. La presencia de humedad llevó al descubrimiento de un pozo subterráneo parecido a un túnel de escape excavado en la roca, que parecía conducir desde la tumba. Por primera vez desde al menos 1555, el 26 de octubre del 2016 se retiró el revestimiento de mármol que protege la tumba de Jesús. Inicialmente, solo se veía una capa de escombros. Al día siguiente se retiró y se descubrió una losa de mármol parcialmente rota con una cruz tallada al estilo de los cruzados. En la noche del 28 de octubre, se comprobó que el lecho funerario original de piedra caliza estaba intacto. La tumba fue sellada de nuevo al poco tiempo. El mortero de la parte superior del lecho funerario fue datado posteriormente a mediados del siglo IV. Bajo el statu quo, las iglesias ortodoxa oriental, católica romana y apostólica armenia tienen derechos sobre el interior de la tumba, y las tres comunidades celebran allí la Divina Liturgia/Santa Misa diariamente. También se utiliza para otras ceremonias en ocasiones especiales, como la ceremonia del Sábado Santo del Fuego Sagrado dirigida por el patriarca ortodoxo griego, con la participación de los patriarcas copto y armenio. En su parte trasera, en la Capilla Copta, construida con celosías de hierro, se encuentra el altar utilizado por los ortodoxos coptos.] Históricamente, los ortodoxos georgianos también conservaron la llave del edículo. A la derecha del sepulcro, en el borde noroeste de la rotonda, se encuentra la Capilla de la Aparición, reservada para uso católico romano. Aunque no se encuentra dentro del recinto de la Iglesia del Santo Sepulcro, directamente adyacente a ella se encuentra la Iglesia del Redentor, que marca la presencia luterana en el lugar. En estos días en lo que se celebra la Semana Santa, la Basílica se encuentra cerrada y sin peregrinos, por orden del régimen sionista que no permite que se celebre ceremonia alguna, por causa de la criminal guerra de agresión que realiza junto con EE.UU. contra Irán. “No hay turistas ni peregrinos, es una ciudad muerta, por lo que no hay nada que festejar. Esperamos que la guerra acabe y vengan días felices” declaro el sacerdote polaco Jakub Bogacki, quien se encuentra atrapado en la zona de conflicto. "Hay que vivir siempre con esperanza y preparado porque como dijo nuestro Señor, no sabemos cuándo nos llega el día y la hora", puntualizó.
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