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viernes, 20 de marzo de 2026

VECINOS Y ENEMIGOS: La compleja relación entre Irán y las corruptas petromonarquías del golfo Pérsico

Los ataques de misiles y drones iraníes contra los estados del golfo Pérsico - cómplices de la agresión criminal que sufre a manos de EE.UU. e Israel - son un episodio más de una larga historia de rivalidad entre Teherán y sus vecinos. El factor religioso - la pugna entre sunníes y chiíes dentro del islam - es importante, pero constituye únicamente una pieza en unas relaciones profundamente marcadas por la geopolítica. Para entender lo que ocurre hoy en Medio Oriente, debemos alejarnos de la idea de que el mundo islámico es un bloque uniforme. Aunque árabes y persas comparten la fe islámica, sus raíces históricas, sus lenguas y sus visiones políticas revelan identidades que no solo son distintas, sino que a menudo están en abierto contraste. Por un lado, tenemos el mundo árabe, históricamente organizado en torno a clanes y tribus, que hoy oscila entre el pragmatismo y las alianzas estratégicas con Occidente para modernizar su imagen. Por el otro, encontramos a Irán, heredero de una tradición milenaria de grandes imperios, que, desde 1979, ha adoptado una postura de confrontación y resistencia revolucionaria. Esta no es solo una disputa teológica entre sunnitas y chiitas (las dos corrientes mayoritarias del islam); es una lucha por la hegemonía regional que utiliza la religión para estructurar alianzas, conflictos y el destino de una de las zonas más sensibles del planeta. Con mayor o menor poder, Irán (o Persia) siempre ha sido una potencia en la región. En épocas más contemporáneas, desde mediados del siglo XX, y con el auge del petróleo como recurso estratégico global, el golfo Pérsico pasó a ser un punto vital para Occidente. En un principio la seguridad de la región dependió de Gran Bretaña, que tenía varios “protectorados” en las monarquías de la región y una gran influencia sobre el corrupto Sha Mohamed Reza Pahlevi. Todo cambió en la segunda mitad de los años sesenta. Ante la necesidad de recortar gastos en defensa, Londres se retiró de la región. Pero el golfo Pérsico ya era un punto estratégico, y EE. UU. quería mantener el control sobre sus recursos. Sin embargo, Washington estaba empantanado en Vietnam y tenía que delegar el papel de gendarme en la zona. Así que apostó por la doctrina de los “pilares gemelos”, apoyarse en sus dos aliados en la región, Irán y Arabia Saudí, para contener la influencia de Egipto, Siria e Irak, más próximas a Rusia. EE. UU. mantenía una alianza con la casa Saud desde 1945, y el Sha se había mostrado como un aliado fiable cuando ofreció tropas para luchar contra la insurgencia comunista en Omán, que tanto les estaba costando someter a los británicos. La aplicación de esta doctrina fue un tanto asimétrica. La administración Nixon demostró preferir al régimen del Sha (más abierto a la influencia occidental que la monarquía saudí). Por ello, EE. UU. vendió a Irán armas muy modernas, transformando al Ejército Imperial Iraní en la fuerza dominante de la región. Esta asimetría despertó los recelos en Riad, la gran potencia sunnita en la zona. A los recelos saudíes, se sumaron casi en paralelo los de Emiratos Árabes Unidos (EAU). En 1971, esta federación accedió a la independencia tras el fin del protectorado británico. Mientras estos estados terminaban de acordar su configuración política, Irán, aprovechando su superioridad militar, libero las islas de Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor, en el estrecho de Ormuz. El Sha justificó su acción asegurando que habían formado parte del antiguo Imperio persa. Estos recelos se convirtieron en una hostilidad abierta con la revolución de 1979, que derrocó a la corrupta monarquía de los Pahlevi y abrió paso a la República Islámica. Los ayatolás escalaron en sus reclamaciones, que fueron mucho más allá de puntuales disputas territoriales. El discurso del régimen de Jomeini pasó a ser extremadamente agresivo con sus vecinos. A poco de subir al poder, Jomeini acusó a las petromonarquías del Golfo de ser gobiernos corruptos, serviles con los estadounidenses, y realizó llamamientos a todos los musulmanes a derrocar a sus líderes. La capacidad de influencia de la joven República Islámica quedó clara a finales de noviembre de 1979, cuando estalló una revuelta en Qatif, provincia saudí donde vive una importante comunidad chiíta y que alberga importantes yacimientos petrolíferos. Riad se alarmó y desencadenó una dura represión que dejó miles de muertos. El clima de desconfianza generado por la revolución islámica se alimentó más con el estallido de la guerra Irán-Irak (1980-1988). Las monarquías del Golfo se declararon neutrales, pero Arabia Saudita y Kuwait dejaron atrás la rivalidad con Saddam Hussein y le apoyaron financieramente para que derrotara al régimen de los ayatolás. Este movimiento alimentó la sensación en Teherán de que una alianza internacional al servicio de EE. UU. operaba en contra suya. Desde la perspectiva de las petromonarquías, cuando Irán pasó a tener la iniciativa en la guerra contra Irak, la posibilidad de que extendiese su revolución pareció más real que nunca. La respuesta de las monarquías suníes llegó en 1981 con la creación del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), compuesto por Arabia Saudíta, Kuwait, EAU, Bahréin, Qatar y Omán. El organismo, bajo el liderazgo de Riad, buscaba garantizar la seguridad en la región, particularmente frente a las ambiciones de Teherán. El conflicto irano-iraquí se estancó en tierra, así que ambos bandos buscaron interrumpir las exportaciones de crudo del enemigo. Lo hicieron atacando las instalaciones y los buques que exportaban hidrocarburos en la que se llamó la “guerra de los petroleros”, y muy pronto salpicó a las monarquías del Golfo. Por su limitada salida al mar, Irak recurrió a buques y oleoductos de bandera saudí y kuwaití para exportar su petróleo. En paralelo, Riad aumentó su producción para contrarrestar la subida de precios provocada por la guerra. Todos estos movimientos convencieron a Teherán de que sus vecinos trataban de hundir su economía, así que apostó por la escalada. En la primavera de 1984, la aviación iraní atacó los primeros petroleros en aguas saudíes y kuwaitíes. Riad respondió rápido al declarar en sus aguas territoriales una zona de exclusión aeronaval, la “Línea Fahd” (por el monarca que entonces gobernaba en este país), que dio lugar a varias escaramuzas aéreas. De todas formas, Irán siguió hostigando la navegación en otros puntos del golfo Pérsico echando mano de todos sus recursos militares. Ante la renuencia de EE. UU. de verse arrastrado al conflicto, Kuwait pidió ayuda a Rusia para escoltar sus petroleros. Entonces Washington cambió de opinión por temor a que Moscú adquiriese mayor influencia en región y envió sus buques de guerra. En paralelo al despliegue de efectivos aeronavales en el golfo Pérsico, el enfrentamiento entre Irán y sus vecinos se libró en otros lugares y de otras formas. En 1987, durante el Hajj, la peregrinación anual a La Meca, fieles chiitas organizaron protestas en favor de los ayatolás. La policía saudí respondió con dureza y mató a cientos de manifestantes, en su mayoría iraníes. Como consecuencia de todo ello, el ayatolá Jomeini llamó al derrocamiento de la monarquía saudita, y ambos países rompieron relaciones diplomáticas hasta 1991. La guerra con Irak terminó en 1988, y pasado dos años, con la invasión de Kuwait, Saddam pasó a ser el nuevo elemento desestabilizador de Oriente Medio. En cambio, Irán comenzó a ofrecer otra cara, con las presidencias reformistas de Akbar Rafsanyani (1989-1997) o Mohammad Jatamí (1997-2005), quienes propiciaron un clima de acercamientos con sus vecinos en el Golfo. Pese a la nueva cordialidad, la desconfianza perduró. Iraníes y saudíes fueron consolidando su liderazgo en sus respectivos campos político-teológicos. Teherán ganó influencia en lugares como Líbano o Siria. Los saudíes, por su parte, apoyaban a grupos wahabíes, que cada vez emitían un discurso más incendiario contra los chiitas. De nuevo, una guerra transformó el frágil equilibrio entre las dos orillas del Golfo. La invasión de Irak en el 2003 acabó con la dictadura de Saddam Hussein, pero permitió a Irán extender su influencia en un país que, de hecho, era de mayoría cita. Además, el gobierno de Teherán inició un giro hacia posturas menos aperturistas, y su programa nuclear también fue un motivo de preocupación para los saudíes y otras monarquías. Para describir este marco de pujanza iraní desde Irak hasta Líbano, el rey Abdalá II de Jordania acuñó la expresión “Creciente chiita” en el 2004. Arabia Saudita se reafirmó en su papel de ‘paladín’ del sunnismo e incrementó la ayuda a sus aliados. Poco a poco, las dos potencias regionales se fueron enfrentando a través de terceros en escenarios como las guerras civiles de Yemen y Siria. Al contrario de lo visto en los años ochenta, en esta nueva ronda de discordias, la respuesta de las petromonarquías del Golfo no fue de seguimiento total a Riad. Kuwait, Omán y Qatar mostraron agendas propias. Solamente Bahréin ha aceptado una subordinación total a los saudíes, porque su dinastía reinante es sunnita y porque teme una revuelta de la mayoría de sus habitantes, que son chiitas, con gran simpatía con Irán. Hasta el actual conflicto, Kuwait optó por una postura dialogante. Un 30% de la población del pequeño emirato profesa el chiismo, así que su gobierno ha preferido el entendimiento con Irán, y más desde el aumento de la influencia de los ayatolás sobre el vecino Irak. Omán también prefirió dejar atrás tensiones pasadas. Esta postura le ha permitido servir como mediador en muchas negociaciones entre Irán y EE. UU., como las que dieron lugar al acuerdo nuclear del 2015 o las que han tenido lugar en los últimos meses. En tanto, Qatar ha sido la monarquía del Golfo que se ha acercado más a Irán en las últimas décadas. Aunque, hasta el 2025, también ha sabido mantener ciertos equilibrios. Por un lado, mantenía una estrecha colaboración económica con los ayatolás (destaca la explotación de importantes yacimientos de gas). Por otro, también ha sabido conservar una buena sintonía con EE. UU., ya que alberga la importante base de Al Udeid. La relación de Qatar con Irán le ha valido momentos de alta tensión con Arabia Saudita, como en el 2017, cuando Riad impuso un bloqueo a este país que duró tres años y medio. No obstante, desde el 2025, el vínculo con Teherán se ha enfriado a raíz de los ataques contra la base de Al Udeid. El caso más complejo es el de EAU. Su visión de las relaciones con la República Islámica ha fluctuado según los intereses del momento de los dos emiratos principales de esta federación: Dubái y Abu Dhabi. Durante muchos años, primó el desarrollo económico que defendía Dubái. Este emirato cuenta con una importante minoría de origen iraní que contribuyó al crecimiento de su sector terciario gracias a las relaciones con Irán, al otro lado del estrecho de Ormuz. En cambio, una vez consolidado el desarrollo económico, Abu Dhabi impulsó un mayor rol político internacional de EAU. Este nuevo posicionamiento implicó ir contra la influencia iraní en la zona, y llegó a intervenir junto a los saudíes en Yemen contra los huttíes - aliados de Teherán - donde, sin embargo, terminaron derrotados. Además, los emiratíes no han renunciado a recuperar las islas recuperadas por Irán en 1971 y han buscado apoyos internacionales en sus absurdas reclamaciones, sin resultado alguno. No cabe duda que la guerra actual, en la que estas corruptas petromonarquías se ven implicadas por su apoyo a la agresión estadounidense contra Irán, puede abrir una fase distinta en las relaciones entre ambas orillas del Golfo.
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